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El punk no era tan punk

Cultura y lectura

Por: Fito Montes*

El movimiento punk –especialmente el británico–, aunque breve, siempre se considera como un movimiento político, social y revolucionario que cimbró a la sociedad británica conservadora encabezada por la «Dama de Hierro», Margaret Tatcher, primero como lideresa del Partido Conservador y, posteriormente, como primera ministra de Inglaterra, a mediados y finales de la década de los 70. Pero detrás del punk, como con cualquier movimiento exitoso, había otros intereses y una gran campaña mediática.

La historia del punk británico se remonta a un viaje emprendido, en agosto de 1973, por dos empresarios del mundo de la moda vanguardista de aquella época a la ciudad de Nueva York para participar en la National Boutique Fair: Malcolm McLaren y su pareja, Vivienne Westwood, dueños de la boutique SEX ubicada en el barrio del Chelsea londinense. Durante uno de los paseos nocturnos por el entonces underground (Metro) de Nueva York, los entrepeneurs fashionistas quedan fascinados por la propuesta musical de la banda protopunk de culto, New York Dolls. McLaren, un visionario de los negocios –y adepto a la Internacional Situacionista– que gusta de escandalizar y provocar por medio de sus diseños, ve en la música de los Dolls el elemento perfecto para generar alarido y acompañar sus retadores diseños de ropa; le propone al entonces líder de la banda, Johnny Thunders, trabajar como su mánager y gestionar algunos viajes a Inglaterra para promoverlos en el continente europeo, además de fungir como su asesor conceptual y de modas. Es en este contexto que McLaren los lleva a tocar en repetidas ocasiones a Londres y comienzan a crear una fanbase, además de los elementos esenciales para la escena del punk inglés.

En 1975, McLaren le propone a los Dolls vestir de charol rojo y usar elementos como la hoz y el martillo en su parafernalia, esto con el fin de levantar polémica y escandalizar a los norteamericanos y pegarles donde más les duele –su amor incondicional por el capitalismo rampante–, pero dicha campaña resulta un fracaso y precipita a la banda a la ruptura, lo que lleva a McLaren y Westwood a regresar a Londres. El descontento social, la crisis económica y el hartazgo político son el caldo de cultivo ideal para crear un producto musical que genere identidad con la juventud desesperanzada y enojada que ronda la ciudad, buscando identidad en un mundo que los ha olvidado. Esto se vuelve cada vez más evidente para McLaren, quien identifica a varios jóvenes que son perfectos –por su estilo y actitud– para formar «su» propia banda de punk, una que dependa al cien por ciento de sus contactos, su habilidad para los negocios y su excepcional capacidad para crear exitosas campañas comerciales.

Glen Matlock, quien trabaja como intendente en la tienda propiedad de Malcolm, es contactado por medio de este con dos clientes frecuentes, Paul Cook y Steve Jones –quienes forman una banda junto con Wally Nightingale llamada The Strands–, a los que convence de correr a este último para sustituirlo por otro cliente que suele portar una playera modificada por él mismo que lee «I Hate Pink Floyd» (Odio a Pink Floyd). Dicho cliente, de nombre John Lydon, es rebautizado como Johnny Rotten. Es así como McLaren crea –en su laboratorio– a la banda que iniciará la breve fiebre punk en el Reino Unido.

El proyecto va tomando la forma ideal que McLaren ha planeado, pero faltan algunos detalles por añadir para llegar al resultado soñado. Es así como, después de mucho analizarlo, Malcolm llega a la conclusión de que con ese nombre la banda no llegará lejos y concibe el nombre ideal para atraer a la gente, en sus propias palabras «algo que suene sexy y juvenil, pero peligroso». Así nacen The Sex Pistols.

McLaren aún no está satisfecho, y en medio de la grabación del primer y único disco de la banda, decide correr a Glen Matlock, el bajista, y sustituirlo por alguien más atractivo, rebelde y, a la vez, maleable. Así que coloca en su lugar a un joven fanático que conoce todas las canciones y nunca falta a un ensayo, sin talento musical, pero con la actitud perfecta: John Simmon Ritchie, mejor conocido como Sid Vicious, quien con su actitud nihilista, antisistema, autodestructiva y su adicción a las drogas, encarna el arquetipo del muchacho punk anárquico y la actitud «no hay futuro y la vida no vale nada» de muchas de las letras de The Sex Pistols.

Pese a ser la primera banda inglesa en formarse, no son la primera en grabar. The Damned se les adelanta por meses con «New Rose», pero sí son los que convulsionan y escandalizan a la sociedad británica con su primer sencillo, «Anarchy In The U.K.», ya que liga por primera vez al punk con la revuelta política.

De ahí viene después el zafarrancho: en la televisión nacional, en el programa de Bill Grundy, que los veta de la TV de por vida; su portada en el Daily Mirror con la pregunta que bautizará al movimiento como «Who Are This Punks?» (¿Quiénes son estas basuras?), lo que lleva a EMI a romper el contrato; la firma con A&M afuera del Palacio de Buckingham; la ruptura de contrato ahora con A&M y la firma con Virgin Records; el lanzamiento del sencillo «God Save The Queen» en pleno jubileo de la reina, y un sinfín de escándalos más perfectamente perpetrados en tiempo y forma por su gran cerebro, Malcolm McLaren.

Remata esta historia con el documental musical producido y dirigido por McLaren en 1979 poco antes de la muerte de Sid Vicious, «The Great Rock N’ Roll Swindle» (La Gran Estafa del Rock N’ Roll), documental realizado ya con la banda disuelta y en el que confiesa cómo todo fue una tomada de pelo, una serie de sucesos orquestados a la perfección que surtieron el efecto deseado y convirtieron a The Sex Pistols en una banda que, con tan solo cuatro sencillos, un LP y dos años y medio de duración, pasó a los anales de la historia como el producto mercadológico que se convirtió en el detonador de las revueltas y la voz de toda una generación de jóvenes descontentos.

El punk no era tan punk. Era un producto de mercadotecnia más como Levis o Coca Cola, pero se terminó convirtiendo en EL PUNK –así, con mayúsculas–, un movimiento revolucionario que cimbró hasta a la realeza británica, aún a pesar o quizás gracias a Malcolm McLaren.


Aficionado a la música. DJ e ilustrador.

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