Voz y Voto en línea

Con silla pero sin lugar

Mujeres en el poder

Por: Patricia Mercado Castro*

Alicia Lavalle Urbina, una de las dos primeras mujeres que llegaron al Senado, solía decir: “Los hombres me dan la silla, pero no me dan el lugar”. La entrada de las mujeres a la política es una historia de cortesías excluyentes, de separación tajante entre lo público y lo privado.

La reflexión desde la Agrupación Política Feminista Diversa que nos animó a entrar directamente a la política fue la siguiente: las mujeres no estuvimos presentes en el pacto post revolucionario, no fuimos convocadas al debate y a la toma de decisiones que crearon la Constitución mexicana. Los hombres –como sucedió también tras la Revolución Francesa–  decidían el destino del país entre ellos, sin que la ausencia de nuestras voces les significara un acto de exclusión. Las mujeres parecíamos destinadas a permanecer en el orden de lo íntimo: la vida doméstica y los hijos. No la toma de decisiones, no la participación política. No había en ellos –abundaban y abundan los discursos al respecto– ningún afán discriminatorio, al contrario, no hacían sino “protegernos”, salvaguardar nuestras fragilidades, potenciar nuestras “virtudes” que brillaban sólo del umbral hacia adentro.

 Las feministas hicimos una elección: que un nuevo pacto social no podía darse sin nosotras. Los avances han sido considerables. Hemos pasado de un concepto público del “hada del hogar” sin derecho a voto, hasta tener la paridad en las cámaras. El largo trayecto entre esas décadas en las que casi nadie nos reconocía como interlocutoras, al día de hoy, en el que la perspectiva de género atraviesa el espacio público. La lucha por ser parte activa en los pactos sociales nos muestra las enormes dimensiones de lo que hemos avanzado, pero también de lo que nos falta. Llegamos con dignidad a ocupar los espacios –ahora es bastante más difícil que nos miren como antes y murmuren que tenemos una “agenda rosita”– como si los problemas de la infancia y la calidad de vida de niñas y niños fueran un mero asunto doméstico, como si lo privado no tuviera tanto que ver con la legislación y las políticas públicas.

El orden de lo íntimo que ha sido hasta ahora responsabilidad, sobre todo, de las mujeres, nos ha enseñado a mirar al mundo de una manera distinta. No con un esencialismo “femenino”, sino con aprendizajes y entrenamientos: conocemos la vida cotidiana, la cocina, las hijas e hijos, la escuela, la comunidad. Nos hemos formado en lo público y sabemos de lo privado. Desde este vínculo inmediato con las realidades diarias, las mujeres podemos aportar una visión política que coloque en el centro el esfuerzo por atender y resolver los dolores de la vida cotidiana en la familia. Ante lo que hemos padecido por problemas de salud, dificultades en la educación, conflictos, ahora se abre la posibilidad de impulsar políticas públicas para conciliar el trabajo y la familia. El salario de las mujeres reduce la pobreza, y hay estudios que muestran que ese ingreso lo invierten en sus hogares en mayor proporción que los hombres. Millones de mujeres son cabeza de familia, la mayor parte trabajando turnos completos, ampliados o dobles. En cada circunstancia, ¿quién se ocupa de las labores de cuidado y del trabajo doméstico?

Las mujeres no sólo aspiramos a una paridad en lo público, también la necesitamos en el hogar. Sin importar el partido, tenemos una responsabilidad urgente: crear leyes y políticas públicas para el cuidado. Hay quien afirma que “las mujeres no quieren ir más lejos”. No es así, sino que no podemos en estas circunstancias, porque atendemos hijas e hijos, personas adultas mayores, familiares dependientes. El cuidado tiene que ser una corresponsabilidad de mujeres y hombres y el Estado debe estar presente.

Las activistas de organizaciones sociales y militantes de partidos planteamos una agenda de derechos básicos por el bienestar igualitario de las familias, estructuras que –en su mayoría– han reproducido injusticias. Si los actores políticos se alejan de las/los ciudadanas/os, la respuesta es también de un alejamiento. La política se convierte en un territorio aislado, desapegado de las personas. No es que nosotras seamos esencialmente “buenas” porque somos mujeres y la virtud nos corre por las venas –podemos optar por las buenas o por las malas decisiones–, pero nuestra llegada masiva a los espacios públicos nos llama a tomar un compromiso distinto.

Las mujeres no damos por hecho que el poder está constituido de cierta forma; hemos luchado durante demasiado tiempo para acceder a él. Por ello, nos hacemos con mucho más frecuencia y detenimiento la pregunta: ¿el poder para qué? Para acercarlo a las personas. Una gran diferencia con el histórico entrenamiento en el poder como una maquinaria muy bien engrasada en la que la pregunta es cómo lo obtengo, lo uso y lo conservo en una sólida tradición del intercambio de favores, intereses y complicidades. Las mujeres no hemos sido –y la mayoría no queremos ser– parte de esa maquinaria. Los muchos años de experiencia nos indican que la política de los intereses tiene que ir cediendo cada vez más ante la política de los principios y la acción estratégica por una agenda. En mi caso, ese ha sido uno de los objetivos en mi empeño que comenzó en la adolescencia con mi pertenencia al movimiento progresista de la iglesia católica y, después, en el movimiento feminista. Allí me formé, en las primeras organizaciones civiles que lucharon por los derechos de las mujeres en la Ciudad de México.

Aprendimos que podíamos y necesitábamos ser aliadas en causas que nos concernían de manera muy directa, que teníamos que estar presentes para posicionarlas y defenderlas, que nadie lo iba a hacer por nosotras. Trabajamos en lo urgente que es reconocer los talentos de cada una, apoyar nuestros liderazgos, en especial aquellos que corresponden a nuestras convicciones. A veces no es fácil. Como analizó la filósofa Celia Amorós, fuimos educadas en “la lógica de las idénticas” que nos obliga a permanecer acuerpadas en un mismo lugar, y si alguna de nosotras sobresale, hay que denostarla. Como si sobresalir entre mujeres significara una traición a un pacto asumido. Aprendemos cada vez más a construir lazos solidarios, alianzas duraderas y sobre todo, plurales.

Esto ha sido tangible en esfuerzos en que he participado, como Iniciativa suma y en Mujeres en Plural: como en muy pocas áreas, en la agenda por la igualdad de género se ha podido ver una representación tan amplia de ideologías y militancias políticas. Se trata de sumarnos, no de restarnos. Hemos aprendido herramientas para negociar. Sabemos ya que no podemos retirarnos de la mesa de debate indignadas, no podemos vivir una diferencia de manera personal, estamos en la mesa para argumentar y defender nuestras posiciones. No podemos temer al conflicto, porque la política es conflicto, pero también diálogo, escucha y acuerdo. No podemos darnos por vencidas cuando tenemos una agenda precisa e indispensable por defender.

Las reglas del juego fueron construidas con parámetros cuestionables, pero no por ello son perversas por definición. Sanarlas ha sido y será un proceso muy largo que requiere eficacia. Un cambio notable en los nuevos tiempos es una participación ciudadana cada vez más exigente e informada.  Las cámaras del Congreso son ahora una vitrina: cada votación, cada intervención es comentada al segundo por miles de personas. Existe una nueva exigencia ciudadana que se manifiesta. Los clásicos “acuerdos en lo oscurito”, tan célebres como “los acuerdos que se cierran en las cantinas”, dan paso a una mayor obligación de transparencia que cambia las coordenadas de los acuerdos políticos en México. Nuestra llegada a los espacios de toma de decisiones puede lograr que se prioricen las políticas públicas, las decisiones legislativas, las inversiones de presupuesto que atiendan los dolores de la vida cotidiana con un espíritu de inclusión. La batalla por la no discriminación, la igualdad de oportunidades y de trato, y el reconocimiento de los derechos humanos para todas las personas independientemente de su condición, clase social, trabajo, orientación sexual, etcétera, son parte de los avances más importantes de las últimas dos décadas. Logros que, en mucho, han tenido que ver con nosotras.

El empoderamiento de las mujeres es una parte central de mi agenda, una convicción que me ha permitido sostenerme en tiempos de vientos contrarios muy fuertes. Cuando fuimos expulsadas/os de Alternativa Social Demócrata y Campesina (con lujo de violencia), me pareció indispensable retomar mi punto de partida para rearticular el trabajo en una organización feminista. Desde el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir y, con el apoyo de onu Mujeres, nos dedicamos a trabajar con grupos de compañeras que deseaban formarse para acceder a candidaturas y cargos de elección popular en lo que sería la Iniciativa suma. Las alianzas entre mujeres han sido nuestra fuerza y, en el Senado, lo compruebo todos los días.

Cuando fui candidata a la Presidencia de la República por el Partido Alternativa Social Demócrata y Campesina, tuvimos la oportunidad de colocar nuestra agenda en el debate público. Entendimos que esa agenda precisaba de tiempo para ser comprendida y para que se ampliara su margen de aceptación, pero que ese momento se estaba gestando. ¿Viví descalificaciones y escollos durante mi candidatura por el hecho de ser mujer? Sí, como me sucedió antes y después en otros espacios y nos sucede a casi todas las mujeres cuando intentamos cambiar las reglas, aventurarnos del umbral hacia afuera. ¿Qué aprendí en mi experiencia partidista? Que no podemos tolerar que gane la política de los intereses a la política de los principios. Que vamos por la política de las convicciones. Que al ser elegidas somos corresponsables de ese dolor que daña la vida de las personas y les impide realizarse. Tenemos la obligación de cumplirles. Y si bien las reglas del juego han sido perversas, también aprendí que las mujeres “buenas” no rompen las reglas que les imponen, pero las mujeres exitosas las transforman.


* Senadora de la República por el partido Movimiento Ciudadano. Fue candidata a la Presidencia de la República por el Partido Alternativa Social Demócrata y Campesina en 2006, entre otros cargos importantes.

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