Voz y Voto en línea

Ser mujer en la política

Mujeres en el poder

Por: Margarita Zavala*

Inicio con un agradecimiento especial a Voz y Voto por permitirme escribir estas líneas. Escribo sobre la última campaña presidencial en la que tuve el honor de ser la primera candidata independiente para la Presidencia de la República (semanas después se aceptó el registro de un hombre).

Durante la etapa previa a la campaña para la Presidencia de la República –y durante la campaña electoral–, ¿saben cuántas veces me preguntaron los jóvenes que si era un obstáculo ser mujer para lograr ser presidente de la República? ¿Saben cuántas? Ninguna. En dos años asistí a más de 30 universidades y preparatorias y en ninguna ocasión me hicieron esa pregunta. Para los jóvenes ese no era tema, ni siquiera se lo planteaban.

Pero, durante ese mismo tiempo, ¿saben cuántas veces me hicieron esa misma pregunta los mayores de 50 años?  Siempre, de verdad. En cada reunión, cada plática, cada conferencia… había un hombre o una mujer cuestionando el hecho de ser mujer. Algunas veces era la experiencia la que hablaba, pero en la mayoría de las ocasiones se escondía un rechazo a la idea de que una mujer pudiera enfrentar los problemas de un presidente de la República. Y eso que era 2018. Supongo que en la época de Josefina Vázquez Mota, Patricia Mercado, Marcela Lombardo, Cecilia Soto y de Rosario Ibarra de Piedra, era peor.

El anuncio previo de mi intención de buscar la presidencia me permitió ir construyendo una red que, si crecía, podría colocarme arriba en las encuestas. Y lo logramos. Fui la única persona que llegó a estar arriba de Andrés Manuel López Obrador. Estábamos listos para la precampaña.

Para mí, el proceso de construcción de mi candidatura fue muy difícil. Me llenó de dudas respecto a la posible influencia de mi condición de ser mujer. Siempre me pregunté qué hubiera pasado si yo hubiera sido hombre y el presidente del Partido Acción Nacional (pan), mujer. En fin.

El proceso interno en la organización política nunca se pudo dar porque quien decidía todo en mi organización también quería la misma candidatura y decidió que le estorbaba la competencia, así que logró que todos se fueran para jugar solo. Pero ese ridículo democrático, que parece no tener que ver con el hecho de ser mujer, escondió una serie de actitudes y conductas verdaderamente machistas como las últimas que tuve que experimentar. Enviaron al mejor negociador del pan para decirme: “no hay nada para ti ni para tu equipo, a lo más, te puedo contratar a tus muchachos (estaba lleno de jóvenes)”.  “¿Y qué hago?”, le pregunté, a lo que respondió: “Te repliegas elegantemente como dama que eres, y ni modo, te tocará ver el cine desde la butaca de atrás. …”. Pero dejaré para otra ocasión la lista de agravios y verdaderos actos de poder ilimitado, de manipulación y de imposición que ya desearía tener cualquier dictadorsucho y dictadorsote en el barrio de nuestro continente.

Es verdad que en el centro de mis decisiones de salida del pan estuvo el desacuerdo y el claro reclamo por la falta de perspectiva ética, por las propuestas demagogas y ocurrentes de una plataforma, por la falta de valores democráticos y éticos en la agrupación a la que pertenecí. Pero la imposición, el desprecio con el que se me trataba fue tal, que saliendo de un penoso momento le pregunté a Fausto: “¿Por qué es tan fácil pasar sobre las mujeres? ¿Por qué nos tratan así a las mujeres y ya?” Fausto me contestó: “Porque se puede”.

Reconozco que esa frase me retumbaba una y otra vez: “porque se puede”. Así es que a las razones que me acompañaron para buscar la candidatura independiente sumé el deseo de no dejarme. Y anuncié mi candidatura independiente a la Presidencia de la República. Iniciamos el proceso de registro de la candidatura con más de 80 postulantes y en medio de iniquidades inimaginables.

Una vez que decidí remar mar adentro de la candidatura, inició una de las mejores aventuras de mi vida –acompañada por hombres y mujeres extraordinarios–. En varios de los debates se notaba la superioridad de quienes me acompañaban y que trabajaron voluntariamente. Muchos jóvenes que, junto con el equipo, sabían que había que dar la batalla e intentar pasar por una grieta que pensamos que un día podría abrirse.

Orgullosa de ser mujer, y de mi decisión, me presenté ante el ine. Hablé de la libertad y particularmente dije lo siguiente:

 

Yo sé lo que cuesta abrirse espacio. Sé lo que es que te nieguen la posibilidad de opinar y de participar, que te cuestionen todo: tus deseos, tu trayectoria, tus decisiones, tu valor. Que se atrevan a quitarte el nombre. Que te minimicen por ser honesta. Que les indigne tu inconformidad. Que les ofenda tu deseo de competir. Que te pidan quedarte callada.

 

La propuesta hacia las mujeres fue –sin duda–, la mejor, y en gran parte no es solo por estar convencida sino por el tiempo que le he dedicado a uno de los temas transversales que aceleran los cambios en las naciones: las mujeres. Sabía muy bien que una de las tragedias que más se iba a agravar era la del feminicidio.

Siempre sentí que las mujeres –independientemente de su partido– podían estar seguras de que estaría del lado de las mujeres, de las que se han abierto paso, de las que han arrebatado oportunidades y de aquellas a las que se les ha negado cualquier posibilidad de superación por el hecho de ser mujer.

Ahora déjenme comentar algo de la campaña. Más allá de las inequidades legales, de la falta de segunda vuelta, es decir, más allá del sistema electoral que perjudica a cualquier candidatura –de hombre o de mujer–, me parece que hubo retos especialmente por el hecho de ser mujer. Me referiré a dos:

 

Imaginarse a una mujer de

presidente de la República

 

Con lo primero que me encontré fue con la discusión de cómo había qué expresar el cargo, si “presidente” o “presidenta”. Hay personas que escriben con faltas de ortografía, que hablan hasta con palabras en inglés, pero para decir presidente y no presidenta les salía el amor al idioma y hasta conocimiento del mismo. Una y otra vez mostré que la Real Academia Española acepta el concepto de las dos maneras y lo acepta desde principios del siglo pasado. No le quiero dedicar tiempo en este artículo a esa discusión –porque me parece bizantina–, pero sí expresa los obstáculos para imaginarse a una mujer en la presidencia de la República en donde todavía se discute –seriamente– cómo nombrarla. ¡Díganle como quieran!

La anécdota que me confirmó que uno de los retos era que el ciudadano no se imaginaba a una mujer en la presidencia de la República fue el comentario de un empresario al referirse a la posibilidad de que yo fuera candidata: “Es como tratar de imaginarme a una de mis hermanas siendo presidente de la República”.  Así es que el problema era un asunto de ¡imaginación! Entonces, había que trabajar en la imagen, porque no era necesario mostrarme en mi familia (eso era obvio) sino más bien en la vida política. Por cierto: las hermanas del empresario son mujeres inteligentes, trabajadoras, con sentido social, honestas; en fin, cualquier de ellas podría haber sido una muy buena presidenta de la República.

Lo cierto es que no se imaginan a una mujer en la presidencia de la República. Me di cuenta que hasta les costaba trabajo preguntarme sobre temas de seguridad o de economía.  Y con esta mención, entro al segundo reto.

 

La seguridad

 

El tema de seguridad era uno de los temas en los que yo me sentía mejor preparada: era abogada, había estado en la Comisión de Defensa, estuve cerca de la Procuraduría de Atención a Víctimas, estuve en capacitación para policías, acompañé –sin prensa, sin medios, sin redes– a víctimas de la violencia, habíamos realizado unos protocolos para la atención de niños y niñas en escenarios de crimen organizado, conocía la administración de justicia, participé en la creación de alerta de género así como en la descripción del tipo feminicidio. Sin embargo, revisamos un estudio de opinión y resultó que ante la pregunta ¿es mejor que un hombre o que una mujer maneje el problema de seguridad?, la respuesta fue abrumadoramente a favor de los hombres.

Recuerdo a una señora diciéndome: “¿Pero de veras los vas a enfrentar?” O un hombre bien intencionado diciéndome: “Seguro no vas a poder porque son muy malos, pero muy malos …” y le expliqué que conocía el tema, que era la más preparada de todos los candidatos, que tenía un gran asesor, que conocía muy bien las fuerzas de seguridad y las leyes, etc. Pues no hubo manera de quitarle esa cara de que estaba convencido de que las mujeres no tenían por qué meterse ahí y todavía terminó: “Pero si tú, eres muy dulce” … ya ni se lo tomé a mal.

Así es que tuvimos que hacernos de algunos trucos (como Mary Beard señala): fui más seria, hablé más de seguridad –de hecho, inicie la campaña en Ecatepec, que era el municipio con el mayor número de feminicidios–, usé más los pantalones, dejé de sonreír en las entrevistas y todo porque creían que yo iba a “dar abrazos y no balazos”.

Un dato curioso –que no me sorprendió– fue que los temas que nos daban mucha más credibilidad a las mujeres que a los hombres eran: mejorar la educación, manejar la economía, administrar los recursos y mejorar la imagen de México … Nada mal.

 

Mujeres

 

Escribo también con gratitud por las mujeres que acompañaron mi candidatura y ahora por el esfuerzo que hemos hecho en la construcción de una nueva opción política. En la campaña, pero sobre todo ahora como parte del movimiento de México Libre que está por convertirse en un partido político, las mujeres son alma y corazón del movimiento, y encuentro también una gran cantidad de hombres que acuden sin ningún trauma a la convocatoria de las mujeres para participar en la política de nuestra patria.

Sé muy bien que las mujeres vamos abriendo paso unas a otras y que depende de todas el que no se nos cierren las puertas. Al final de cuentas, para marzo de 2018, nueve partidos políticos fueron incapaces de dejar pasar a una mujer; vaya, ni siquiera nos dejaron competir. La campaña permitió poner una historia más en la boleta.

El objetivo de ganar la presidencia de la República no se dio. Quizás si hubiera conocido las inequidades que se dieron en el proceso, lo volvería a pensar; pero sé que al final de la historia de la vida de la campaña valió la pena, porque México vale toda nuestra generosidad, porque es importante ser escuchada y escuchar. Y porque la política debe ser dignificada con la participación de los mexicanos y –particularmente hoy en día– con la participación de las mexicanasnicio con un agradecimiento especial a Voz y Voto por permitirme escribir estas líneas. Escribo sobre la última campaña presidencial en la que tuve el honor de ser la primera candidata independiente para la Presidencia de la República (semanas después se aceptó el registro de un hombre).

Durante la etapa previa a la campaña para la Presidencia de la República –y durante la campaña electoral–, ¿saben cuántas veces me preguntaron los jóvenes que si era un obstáculo ser mujer para lograr ser presidente de la República? ¿Saben cuántas? Ninguna. En dos años asistí a más de 30 universidades y preparatorias y en ninguna ocasión me hicieron esa pregunta. Para los jóvenes ese no era tema, ni siquiera se lo planteaban.

Pero, durante ese mismo tiempo, ¿saben cuántas veces me hicieron esa misma pregunta los mayores de 50 años?  Siempre, de verdad. En cada reunión, cada plática, cada conferencia… había un hombre o una mujer cuestionando el hecho de ser mujer. Algunas veces era la experiencia la que hablaba, pero en la mayoría de las ocasiones se escondía un rechazo a la idea de que una mujer pudiera enfrentar los problemas de un presidente de la República. Y eso que era 2018. Supongo que en la época de Josefina Vázquez Mota, Patricia Mercado, Marcela Lombardo, Cecilia Soto y de Rosario Ibarra de Piedra, era peor.

El anuncio previo de mi intención de buscar la presidencia me permitió ir construyendo una red que, si crecía, podría colocarme arriba en las encuestas. Y lo logramos. Fui la única persona que llegó a estar arriba de Andrés Manuel López Obrador. Estábamos listos para la precampaña.

Para mí, el proceso de construcción de mi candidatura fue muy difícil. Me llenó de dudas respecto a la posible influencia de mi condición de ser mujer. Siempre me pregunté qué hubiera pasado si yo hubiera sido hombre y el presidente del Partido Acción Nacional (pan), mujer. En fin.

El proceso interno en la organización política nunca se pudo dar porque quien decidía todo en mi organización también quería la misma candidatura y decidió que le estorbaba la competencia, así que logró que todos se fueran para jugar solo. Pero ese ridículo democrático, que parece no tener que ver con el hecho de ser mujer, escondió una serie de actitudes y conductas verdaderamente machistas como las últimas que tuve que experimentar. Enviaron al mejor negociador del pan para decirme: “no hay nada para ti ni para tu equipo, a lo más, te puedo contratar a tus muchachos (estaba lleno de jóvenes)”.  “¿Y qué hago?”, le pregunté, a lo que respondió: “Te repliegas elegantemente como dama que eres, y ni modo, te tocará ver el cine desde la butaca de atrás. …”. Pero dejaré para otra ocasión la lista de agravios y verdaderos actos de poder ilimitado, de manipulación y de imposición que ya desearía tener cualquier dictadorsucho y dictadorsote en el barrio de nuestro continente.

Es verdad que en el centro de mis decisiones de salida del pan estuvo el desacuerdo y el claro reclamo por la falta de perspectiva ética, por las propuestas demagogas y ocurrentes de una plataforma, por la falta de valores democráticos y éticos en la agrupación a la que pertenecí. Pero la imposición, el desprecio con el que se me trataba fue tal, que saliendo de un penoso momento le pregunté a Fausto: “¿Por qué es tan fácil pasar sobre las mujeres? ¿Por qué nos tratan así a las mujeres y ya?” Fausto me contestó: “Porque se puede”.

Reconozco que esa frase me retumbaba una y otra vez: “porque se puede”. Así es que a las razones que me acompañaron para buscar la candidatura independiente sumé el deseo de no dejarme. Y anuncié mi candidatura independiente a la Presidencia de la República. Iniciamos el proceso de registro de la candidatura con más de 80 postulantes y en medio de iniquidades inimaginables.

Una vez que decidí remar mar adentro de la candidatura, inició una de las mejores aventuras de mi vida –acompañada por hombres y mujeres extraordinarios–. En varios de los debates se notaba la superioridad de quienes me acompañaban y que trabajaron voluntariamente. Muchos jóvenes que, junto con el equipo, sabían que había que dar la batalla e intentar pasar por una grieta que pensamos que un día podría abrirse.

Orgullosa de ser mujer, y de mi decisión, me presenté ante el ine. Hablé de la libertad y particularmente dije lo siguiente:

 

Yo sé lo que cuesta abrirse espacio. Sé lo que es que te nieguen la posibilidad de opinar y de participar, que te cuestionen todo: tus deseos, tu trayectoria, tus decisiones, tu valor. Que se atrevan a quitarte el nombre. Que te minimicen por ser honesta. Que les indigne tu inconformidad. Que les ofenda tu deseo de competir. Que te pidan quedarte callada.

 

La propuesta hacia las mujeres fue –sin duda–, la mejor, y en gran parte no es solo por estar convencida sino por el tiempo que le he dedicado a uno de los temas transversales que aceleran los cambios en las naciones: las mujeres. Sabía muy bien que una de las tragedias que más se iba a agravar era la del feminicidio.

Siempre sentí que las mujeres –independientemente de su partido– podían estar seguras de que estaría del lado de las mujeres, de las que se han abierto paso, de las que han arrebatado oportunidades y de aquellas a las que se les ha negado cualquier posibilidad de superación por el hecho de ser mujer.

Ahora déjenme comentar algo de la campaña. Más allá de las inequidades legales, de la falta de segunda vuelta, es decir, más allá del sistema electoral que perjudica a cualquier candidatura –de hombre o de mujer–, me parece que hubo retos especialmente por el hecho de ser mujer. Me referiré a dos:

 

Imaginarse a una mujer de

presidente de la República

 

Con lo primero que me encontré fue con la discusión de cómo había qué expresar el cargo, si “presidente” o “presidenta”. Hay personas que escriben con faltas de ortografía, que hablan hasta con palabras en inglés, pero para decir presidente y no presidenta les salía el amor al idioma y hasta conocimiento del mismo. Una y otra vez mostré que la Real Academia Española acepta el concepto de las dos maneras y lo acepta desde principios del siglo pasado. No le quiero dedicar tiempo en este artículo a esa discusión –porque me parece bizantina–, pero sí expresa los obstáculos para imaginarse a una mujer en la presidencia de la República en donde todavía se discute –seriamente– cómo nombrarla. ¡Díganle como quieran!

La anécdota que me confirmó que uno de los retos era que el ciudadano no se imaginaba a una mujer en la presidencia de la República fue el comentario de un empresario al referirse a la posibilidad de que yo fuera candidata: “Es como tratar de imaginarme a una de mis hermanas siendo presidente de la República”.  Así es que el problema era un asunto de ¡imaginación! Entonces, había que trabajar en la imagen, porque no era necesario mostrarme en mi familia (eso era obvio) sino más bien en la vida política. Por cierto: las hermanas del empresario son mujeres inteligentes, trabajadoras, con sentido social, honestas; en fin, cualquier de ellas podría haber sido una muy buena presidenta de la República.

Lo cierto es que no se imaginan a una mujer en la presidencia de la República. Me di cuenta que hasta les costaba trabajo preguntarme sobre temas de seguridad o de economía.  Y con esta mención, entro al segundo reto.

 

La seguridad

 

El tema de seguridad era uno de los temas en los que yo me sentía mejor preparada: era abogada, había estado en la Comisión de Defensa, estuve cerca de la Procuraduría de Atención a Víctimas, estuve en capacitación para policías, acompañé –sin prensa, sin medios, sin redes– a víctimas de la violencia, habíamos realizado unos protocolos para la atención de niños y niñas en escenarios de crimen organizado, conocía la administración de justicia, participé en la creación de alerta de género así como en la descripción del tipo feminicidio. Sin embargo, revisamos un estudio de opinión y resultó que ante la pregunta ¿es mejor que un hombre o que una mujer maneje el problema de seguridad?, la respuesta fue abrumadoramente a favor de los hombres.

Recuerdo a una señora diciéndome: “¿Pero de veras los vas a enfrentar?” O un hombre bien intencionado diciéndome: “Seguro no vas a poder porque son muy malos, pero muy malos …” y le expliqué que conocía el tema, que era la más preparada de todos los candidatos, que tenía un gran asesor, que conocía muy bien las fuerzas de seguridad y las leyes, etc. Pues no hubo manera de quitarle esa cara de que estaba convencido de que las mujeres no tenían por qué meterse ahí y todavía terminó: “Pero si tú, eres muy dulce” … ya ni se lo tomé a mal.

Así es que tuvimos que hacernos de algunos trucos (como Mary Beard señala): fui más seria, hablé más de seguridad –de hecho, inicie la campaña en Ecatepec, que era el municipio con el mayor número de feminicidios–, usé más los pantalones, dejé de sonreír en las entrevistas y todo porque creían que yo iba a “dar abrazos y no balazos”.

Un dato curioso –que no me sorprendió– fue que los temas que nos daban mucha más credibilidad a las mujeres que a los hombres eran: mejorar la educación, manejar la economía, administrar los recursos y mejorar la imagen de México … Nada mal.

 

Mujeres

 

Escribo también con gratitud por las mujeres que acompañaron mi candidatura y ahora por el esfuerzo que hemos hecho en la construcción de una nueva opción política. En la campaña, pero sobre todo ahora como parte del movimiento de México Libre que está por convertirse en un partido político, las mujeres son alma y corazón del movimiento, y encuentro también una gran cantidad de hombres que acuden sin ningún trauma a la convocatoria de las mujeres para participar en la política de nuestra patria.

Sé muy bien que las mujeres vamos abriendo paso unas a otras y que depende de todas el que no se nos cierren las puertas. Al final de cuentas, para marzo de 2018, nueve partidos políticos fueron incapaces de dejar pasar a una mujer; vaya, ni siquiera nos dejaron competir. La campaña permitió poner una historia más en la boleta.

El objetivo de ganar la presidencia de la República no se dio. Quizás si hubiera conocido las inequidades que se dieron en el proceso, lo volvería a pensar; pero sé que al final de la historia de la vida de la campaña valió la pena, porque México vale toda nuestra generosidad, porque es importante ser escuchada y escuchar. Y porque la política debe ser dignificada con la participación de los mexicanos y –particularmente hoy en día– con la participación de las mexicanas.

 


* Ex candidata independiente para la Presidencia de la República en 2018.

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