Voz y Voto en línea

Mandar obedeciendo

Mujeres en el poder

Por: Nadine Gasman Zylbermann*

A lo largo de los siglos, el feminismo y la lucha de las mujeres nos han demostrado que lo personal es político y que la experiencia de las personas es susceptible de transformaciones a partir de la exigencia y la lucha por obtener mejoras en las condiciones de las propias vidas. Así lo han demostrado las mujeres, así lo ha impulsado el feminismo.

No debemos olvidar que, históricamente, los derechos de las mujeres han tratado de ser obstaculizados, pero los hemos conquistado mediante la lucha y el impulso de muchas mujeres que han abierto caminos para quienes les seguimos. Debemos recordarlas y recordar que cada paso que damos hacia la igualdad vale la pena, porque nuestro avance pertenece también a las mujeres del futuro.

Tampoco debemos olvidar que nuestro movimiento por la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres ha sido, esencialmente, pacífico. Las mujeres hemos demostrado al mundo que es posible ser guerreras y ser militantes y ser combatientes sin armas y sin violencia. Hemos demostrado que se puede conseguir el derecho a la educación, al trabajo, a la salud, al voto y un largo etcétera, sin herir a nadie en el camino.

Nuestro movimiento es y será recordado por ser persistente, tolerante y, además, triunfante; por luchar al lado de otros y otras para ayudar a visibilizar también otras causas y otras injusticias.  Y esto debe enorgullecernos.

Personalmente, he tenido la fortuna de colaborar en distintas instituciones –con mujeres de diferentes ámbitos y orígenes– con el común denominador de continuar en busca del reconocimiento pleno de los derechos de las mujeres en igualdad de condiciones.

En México, el gobierno de la Cuarta Transformación nos ha proporcionado las herramientas para emprender un cambio sin precedentes con el mandato de no dejar a nadie atrás y no dejar a nadie fuera. El año pasado iniciamos la construcción de esta nueva realidad para las mujeres en México, recorriendo el país y escuchando sus voces, las problemáticas, sueños, historias y demandas de las mujeres mexicanas.

Integrar la visión de todas las mujeres ha sido una tarea compleja; sin embargo, escucharlas nos ha proporcionado luz y nos ha mostrado la ruta a seguir. Ahora ese es el reto que tenemos como funcionarias y funcionarios públicos: brindar respuestas que atiendan a sus demandas y que aporten –de manera integral– a la mejora de sus condiciones de vida, trabajando con responsabilidad, pasión y transparencia.

Durante años trabajé como funcionaria internacional por los derechos humanos y la equidad de género.  Pero volver a México y poder contribuir al bienestar de las mujeres y niñas siempre estuvo entre mis expectativas. Por eso, el día que supe que tenía esta oportunidad, acepté ilusionada.

Me percaté del privilegio que significaba poder participar en escribir esta etapa de la historia de México, con la que inició un cambio profundo y una transformación que no es un simple cambio de gobierno, sino un cambio de régimen. Y en ese cambio, desde el principio tuvimos la convicción de que las mujeres somos centrales para lograr la transformación del país, para su crecimiento, para su pacificación.

Bajo estos principios, es impensable construir un país que no escuche a más de la mitad de su población. La participación de las mujeres construye la ciudadanía y es indispensable para alcanzar una verdadera democracia donde quepamos todas y todos. Pero, ¿cómo construimos esa participación? ¿Cómo impulsamos que más mujeres jóvenes se involucren en la política y en las decisiones que nos afectan a todas? ¿Cómo hacemos que la política –y la realidad– se parezca más a lo que sueñan las mujeres?

La política no se limita ni debe limitarse a la llamada política partidaria o al ejercicio de los derechos ciudadanos en el sentido de capacidad para escoger el gobierno, afiliarse a partidos políticos, ser elegida o elegido representante mediante comicios. Por el contrario, entendemos que la política excede –por lejos– este sentido. La política, en un sentido amplio, debe entenderse como todas aquellas tareas que tienen consecuencias públicas y, por ende, hacen y construyen sentidos políticos.

La realidad de hoy en día nos advierte que uno de los principales obstáculos con los que se enfrentan las mujeres al momento de involucrarse políticamente no están tanto en leyes o prohibiciones legales, sino en el campo de lo subjetivo, es decir, de cómo nos percibimos en relación a este ámbito de lo público y de nuestra relación subjetiva con el poder, con la idea generalizada que nos dice que las mujeres se masculinizan al acercarse a la política.

Desde los tiempos de la pionera feminista Mary Wollstonecraft, en los albores del siglo xix, se percibía como poco femenino y nada natural que una mujer se involucrara en política. Aun así, ella construiría su legado en A Vindication of the Rights of Woman, proponiendo no sólo que las mujeres deberían poder participar en igualdad de condiciones que los hombres sino que, en tanto seres racionales –igual que los hombres–, deberían recibir la misma educación y poder desarrollarse en sus intereses y habilidades. Su legado más revolucionario (y que aún no se ha conseguido) fue que hombres y mujeres debían de compartir en igualdad las tareas de crianza y educación de niños y niñas.

En la construcción del proigualdad, eje rector de la política nacional para la igualdad entre mujeres y hombres, dialogamos con casi cinco mil mujeres de todo el país. De norte a sur. Una de las principales preocupaciones de las mujeres era que quienes requieren cuidados reciban servicios de calidad, y que puedan salir a trabajar de manera remunerada sabiendo que sus seres queridos están seguros.

El tema del cuidado y la forma en que el Estado lo apoya y procura para menores, personas adultas mayores y personas con discapacidad, es crucial para liberar el tiempo de muchas mujeres y permitirles tener autonomía económica y desarrollarse a plenitud.

Desde el Inmujeres hemos desarrollado alianzas con otras dependencias, algunas encabezadas por otras mujeres que hacen de su actuar cotidiano la máxima de que “cuando avanza una, avanzamos todas”. Pero también con los hombres aliados que saben que el crecimiento económico y el bienestar de este país no se logrará sin la participación y el desarrollo individual de las mujeres.

Estas alianzas se harán realidad en el Sistema Nacional de Cuidados que impactará directamente en las vidas de miles de personas. Una política pública palpable y real, pero sobre todo, necesaria, que traduce en acciones no sólo lo que desean las mujeres mexicanas, sino lo que ha sido un largo anhelo desde los orígenes de los feminismos.

Esa es la responsabilidad y el compromiso, pero también la inmensa satisfacción de ser funcionaria pública en este gobierno: que, día a día, nuestro trabajo haga de la vida de las personas un lugar mejor.


* Presidenta del Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres).

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