Voz y Voto en línea

Lo personal es político

Mujeres en el poder

Por: Janine M. Otálora Malassis*

Cuando era pequeña, mi madre nos llevaba a mis hermanos y a mí a su oficina. No había estancias infantiles ni guarderías que hicieran compatible la vida laboral de mi madre con sus roles de cuidado. Nunca me imaginé que yo tendría la posibilidad de cambiar esa realidad a otras mujeres y hombres integrantes del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

Mi experiencia como hija de una madre que enviudó muy joven y se hizo cargo de tres hijos, desde luego marcó mis expectativas de vida, mis exigencias, mis deseos y mi forma de ejercer el poder. Así, mi acercamiento al poder se encauzó como una responsabilidad para el cambio, en un contexto hostil para las mujeres en general y para las mujeres que se desempeñan en el ámbito del Derecho y la política, en particular.

La vida me ha enseñado que ejercer el poder, como mujer, es mucho más difícil. Abrir brechas en un mundo de hombres tiene cargas que a veces ni siquiera se ven, lo que las hace más resistentes e inmutables.

Se debe aprender bien cuáles son las formas en que ellos ejercen el poder, las dinámicas que obedecen a su repartición, los consensos no verbalizados y los acuerdos sobrentendidos entre quienes siempre monopolizaron los espacios públicos de deliberación y toma de decisiones.

Así pues, tenemos que aprender cómo son esos espacios, dinámicas y consensos para incursionar en ellos y después reflexionar sobre nuestras propias formas de ejercer ese poder monopolizado, así como la manera de lograr que nuestras propuestas sean escuchadas, respetadas y atendidas. Es mucho trabajo, requiere de varios frentes y de varias generaciones.

Los hombres, por ser hombres, ya tienen avanzado un buen tramo y cuentan con toda una infraestructura que los impulsa y que los concibe como seres valiosos en el mercado de las ideas y la deliberación. Las mujeres, por el contrario, tenemos que demostrar que tenemos algo que aportar, que somos valiosas en términos de meritocracia para así intentar introducirnos en el ámbito público para luego ajustarlo a las necesidades de todas y todos e, incluso, deconstruirlo. Debemos cambiar el imaginario colectivo respecto al ejercicio del poder.

Quizá todo esto haga que algunas mujeres tendamos más a buscar el consenso y el diálogo, así como compartir el poder, sin que ello implique debilidad alguna ni cesión del mismo.

Asimismo, las mujeres tenemos que enfrentarnos a lo que se espera de nosotras: que seamos guapas; que nos guste que nos lo digan; que no hagamos líos (lo que muchas veces se traduce en que no opinemos); que peleemos con otras mujeres; que llevemos el café a las reuniones; que renunciemos cuando nos embaracemos; que propongamos ideas que sólo se escuchan cuando las repite un hombre… en fin.

El poder pesa, funge como fuerza de gravedad y, al mismo tiempo, te aleja de donde debes tener los pies y la cabeza. El poder da claridad y al mismo tiempo nubla, enmudece y da rienda a tu voz y a la de otras personas. De ahí la importancia de las alianzas, los medios de comunicación, los equipos, la familia, las amigas y los no tan amigos. Te interpelan, te ayudan a encontrar el equilibrio.

Ejerciendo el poder me di cuenta de que a veces las decisiones se toman por el bien de una institución y que también hay decisiones que trascienden una institución ya que afectan al país. Ni qué decir de aquellas que impactan en la vida de las personas, por ejemplo, de mujeres indígenas a quienes no dejan ejercer sus cargos, de mujeres que no fueron electas por sus partidos para ser candidatas y de mujeres violentadas en su campaña.

Ejerciendo el poder aprendí que vale la pena aguantar, porque después se cosechan logros. Aprendí que las alianzas hermanan y que a veces no superan el desgaste. Aprendí que es inevitable vivir crisis, que tienen costos profesionales y personales, pero que debemos crecernos ante ellas. Aprendí que lo personal es político.

Constantemente me pregunto si debí tomar decisiones profesionales distintas. Pero el balance me indica que no: ser abogada, estudiar un doctorado, haber dedicado años al trabajo legislativo y judicial, en particular al Derecho Electoral –incluida la defensa de comunidades indígenas–, hicieron de mí la persona que soy.

Espero que todos estos años este desgaste, este aprendizaje, esta dicha, trasciendan a mi trayectoria e impacten a otras mujeres.

Por mi parte, siempre estaré profundamente agradecida con todas aquellas mujeres que me precedieron en vida y lucha o que me acompañaron en ellas, ya que su paso por el mundo y por mi mundo, hicieron posible que yo estuviera en condiciones de decidir mi profesión y ejercerla. Desde las anónimas sufragistas hasta las que hoy recorremos el mismo sendero.

 


* Magistrada del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

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