Voz y Voto en línea

Las apariencias engañan

Mujeres en el poder

Por: Dania Paola Ravel Cuevas*

 “Un enorme y turbio río subterráneo ha venido fluyendo a través de toda la historia humana, contaminando las ciencias, la ley, la religión, la filosofía, las expresiones artísticas, la vida cotidiana, con feroz pertinacia. Se trata de la idea de que hombres y mujeres están fabricados de diferente modo y calidad y para fines distintos”, escribió Yadira Calvo.

En efecto, ser mujer, aún hoy en día, implica enfrentar diversos y grandes obstáculos para el goce y ejercicio de nuestros derechos humanos debido a que las ideas sobre las cuales se ha construido el pensamiento occidental están encaminadas a justificar nuestra exclusión de los espacios públicos y de poder pues se considera que, de manera “innata”, somos inferiores, incapaces de razonar por nosotras mismas y, por lo tanto, de ejercer cualquier tipo de responsabilidad en esos ámbitos. De forma tal que, en este paradigma al servicio del patriarcado, nosotras no encajamos; por ello, reconozco y celebro la lucha de nuestras ancestras, aquellas que resistieron desde distintas trincheras y lograron, con su labor, abrir las puertas que nos fueron injusta y arbitrariamente cerradas.

Por supuesto mi camino profesional, como el de cualquier mujer, no ha estado exento de obstáculos derivados de los roles y estereotipos que persistentemente impone la cultura machista y, por ende, la sociedad. Por ejemplo, el día de mi designación como Consejera Electoral del Instituto Nacional Electoral (ine), en redes sociales se escribieron frases y comentarios como reacción a una fotografía que publicó el ine de mi toma de protesta. Los comentarios se referían a mis “encomiendas en el ine”, haciendo referencia a que seguramente me encontraba subordinada a las decisiones de los hombres, cuestionando la “forma” en la que llegué a dicho cargo público, aludiendo a mi aspecto físico –decían que no me “veía” apta–. Fui descalificada de inmediato a través de una fotografía y mi trayectoria académica y experiencia profesional simplemente fueron ignoradas.

Experiencias como esta son cotidianas para las mujeres. Alcanzar cargos de toma de decisiones o directivos no sólo es un reto mayor debido a pensamientos e ideas machistas sino que, además, las mujeres al estar sujetas a una descalificación automática e irreflexiva sienten una necesidad imperiosa de demostrar que sí pueden, recayendo en sus hombros una exigencia desmedida, aparentemente autoimpuesta; así, hacen un esfuerzo doble o triple para demostrar que fueron sus conocimientos, trayectoria y experiencia los que las llevaron a ocupar los cargos que desempeñan. Todo lo anterior, además, con amabilidad, dulzura, siendo maternales y siempre con una sonrisa para cumplir con el rol de género impuesto a las mujeres.

Por ello, es importante resaltar la urgencia de erradicar las ideas de que las mujeres no pertenecemos a la política, normalizar y fortalecer nuestra presencia en todos los espacios de toma de decisiones, así como impulsar liderazgos femeninos libres de estereotipos de género. El mayor desafío radica en definir y construir esta nueva forma de liderazgo al mismo tiempo que enfrentamos y combatimos el menosprecio que la garantía de nuestros derechos suele implicar.

La idea que tenemos sobre alguien que es líder, generalmente y de forma inconsciente, nos remite a un hombre. Por eso no es extraño que las mujeres que ocupan cargos directivos, para ser tomadas en cuenta, lleguen a mimetizarse en la cultura machista empleando los mismos métodos de sus pares masculinos. Esto coloca a las mujeres en dos posiciones: por un lado, se busca que cumplan con los estereotipos de género, sin embargo, no son consideradas como iguales frente a sus compañeros varones y, por otra parte, una vez que adoptan el modelo de liderazgo masculino o tradicional suelen ser tachadas de agresivas y amenazantes, situación que no sucede con sus colegas.

De ahí la importancia por reformular las características que, según el imaginario colectivo, debe tener una lideresa, para evitar que siga ocurriendo lo que Sabina Berman señalaba al escribir: “Cuando se trata de quien da las órdenes, mujeres y hombres tienen en la mente una imagen distinta a una mujer de pelo largo”. Esta forma de pensar debe cambiar; es momento de que nosotras mismas nos reconozcamos, con nuestras propias características y particularidades, en los cargos de toma de decisión.

Debemos entender el liderazgo como un proceso dinámico, como una capacidad que todas y todos podemos desarrollar y potenciar, no como una característica innata de algunas personas o sólo atribuible a los hombres. Podemos construir liderazgos a partir del aprendizaje colectivo en donde sea posible generar una visión conjunta de nuestras fortalezas y áreas de oportunidad para así alcanzar nuestras metas, esto a partir del diálogo y el convencimiento antes que la imposición.

Tenemos la oportunidad de democratizar el ejercicio del poder tomando en cuenta la diversidad de opiniones y privilegiando el trabajo en equipo, pero siempre recordando que podemos ser firmes cuando se requiere, que debemos hacer escuchar nuestra voz cuando no estamos de acuerdo, porque para construir lo que significa ser una lideresa tenemos que comenzar por apropiarnos de nuestras identidades, por ampliar nuestra autonomía, por reconocer que la forma en la que decidimos vivir y expresar nuestro género es compatible con nuestra capacidad de agencia.

Así, una de mis preocupaciones como funcionaria pública ha sido erradicar los obstáculos que los roles y estereotipos de género implican para el acceso de las mujeres a los cargos directivos y de toma de decisiones, ya sea en las candidaturas a un cargo de elección popular, dentro del Servicio Profesional Electoral Nacional (spen) o en la estructura administrativa del Instituto Nacional Electoral (ine), y aunque las acciones afirmativas han sido un paso fundamental para garantizar su plena participación, nos seguimos enfrentando a un problema social y culturalmente arraigado: la indiferencia social ante la violación a los derechos de las mujeres.

Por ello es importante pasar del discurso inclusivo a la igualdad sustantiva, para que al designar cargos directivos se contribuya efectiva y materialmente a la erradicación de las desigualdades de género, favoreciendo integraciones paritarias, incluyendo mujeres en los cargos en donde no las hay. Al momento que escribo estas líneas, la Junta General Ejecutiva del ine (jge) está conformada por 12 integrantes de los cuales solo una es mujer, y aunque existía la posibilidad de designar a otra, esto no ocurrió y quizá uno de los aspectos más alarmantes es que esta situación no generó ninguna desaprobación social.

Llama la atención que, a pesar de que durante la discusión en Consejo General resalté la necesidad de designar a una mujer más, los medios de comunicación que dieron cobertura decidieron retomar otros pronunciamientos pero nunca hicieron mención de la brecha de género existente en la jge, incluso cuando esto implica una violación a la reforma constitucional que ha sido denominada coloquialmente como Paridad en todo –publicada en junio de 2019–, la cual establece como una obligación para los organismos autónomos, entre otros, observar el principio de paridad en su integración.

En el discurso escuchamos constantemente que los derechos de las mujeres son una prioridad para todas las fuerzas políticas, pero hasta ahora y a pesar de que se han presentado varias iniciativas para regular la violencia política contra las mujeres en razón de género a nivel federal ninguna ha prosperado, pese a que durante el proceso electoral 2017-2018 pudimos constatar que es uno de los más grandes obstáculos a los que se enfrentan las mujeres para ejercer sus derechos político-electorales a plenitud. En ese sentido, y de cara a las próximas elecciones de 2021, es indispensable subsanar este vacío normativo con la finalidad de que, una vez iniciado dicho proceso electoral, todas las autoridades tengamos atribuciones específicas establecidas para la atención oportuna y adecuada de estos casos.

Ahora bien, si realmente es importante el tema de género para las y los actores políticos, se debe prever una Comisión Permanente de Igualdad de Género y No Discriminación en el ine ya que de esta forma se aseguraría que, con independencia de la voluntad de las personas que integren el máximo órgano de dirección, exista una Comisión encargada de dar seguimiento puntual y realizar una evaluación integral de las acciones que, en la materia, tiene que realizar esta autoridad electoral.

Definir en la ley las atribuciones de una comisión de igualdad de género sería otra virtud de establecerla como permanente ya que, aunque actualmente existe la Comisión Temporal para el Fortalecimiento de la Igualdad de Género y No Discriminación en la Participación Política, se han presentado situaciones en las que algunas Comisiones Permanentes tratan temas relacionados con la inclusión o con la participación política de las mujeres sin que se incluya o prevea la intervención de la Comisión Temporal en esos trabajos, aun cuando ésta podría considerarse como la instancia más apropiada para su procesamiento, debido a la naturaleza transversal de las temáticas que se abordan y a la pluralidad de su integración. Sin embargo, al no tener definidas sus atribuciones legalmente, se deja espacio para la interpretación respecto de las problemáticas y los documentos que deben pasar por el tamiz de la Comisión Temporal, lo que ha puesto en riesgo el análisis adecuado y con perspectiva de género de las acciones relacionadas con la garantía de los derechos políticos de las mujeres y con el fortalecimiento de la participación política en igualdad de condiciones.

Así, no podemos negar que las temáticas de género han cobrado importancia y, como se suele decir, hemos podido avanzar en materia de paridad a golpe de sentencias, pero aún tenemos grandes retos para alcanzar la igualdad sustantiva pues, como Marcela Lagarde ha escrito: “La igualdad consiste en reconocer igual valor a cada ser humano y actuar en consecuencia, plasmar en la sociedad, en el Estado y en la cultura lo conducente para realizar dicha igualdad”. De forma que debemos construir desde cada uno de nuestros espacios una realidad en la que los derechos humanos de las mujeres sean garantizados y sus voces escuchadas, ya que solo así lograremos el fortalecimiento y la consolidación de nuestra democracia.


* Consejera Electoral del Instituto Nacional Electoral (INE).

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