Voz y Voto en línea

Conciliando

Mujeres en el poder

Por: Beatriz Claudia Zavala Pérez*

Como mujer y funcionaria pública he tenido que enfrentarme de forma cotidiana a las conductas sexistas, estereotipadas y discriminatorias y, en algunas ocasiones, a distintos tipos de violencias que por mucho tiempo fui incapaz de reconocer y catalogar, porque ese tipo de conductas se habían incorporado a los procesos de normalización social.

Al escribir estas líneas, vienen a mi memoria las largas jornadas de los años noventa –y principios de dos mil– en las que me convertí en “Mujer Maravilla”. Mi tiempo lo distribuía en esos roles que nos han sido asignados a las mujeres (labores del hogar, cuidado de hijas/os, de mis padres, por mencionar los más cotidianos) y, paralelamente, cumplía con mis actividades laborales y de formación profesional. En esa época nunca pensé en darme tiempo o espacio para mis cosas personales –siempre las hacía de prisa– y mucho menos me di la oportunidad para los temas de ocio y recreación, porque de inmediato surgía la “culpa” solo al pensar en dejar de lado mi larga lista de pendientes. Y a esas sensaciones un tanto agobiantes se sumaba la presión constante de “demostrar” mis capacidades laborales, sobre todo porque fui una de las primeras mujeres que se incorporó al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación en el área jurídica de una ponencia.

Un recuerdo que ha marcado mi vida profesional y mi trayectoria ha sido la de aquella primera ocasión en que ejercí un “cargo de poder”. Lo primero que enfrenté fue la descalificación anticipada por mi inexperiencia atribuida, principalmente, a mi condición de mujer y a mi juventud. Y no faltó la ocasión para que las “voces experimentadas” cuestionaran las decisiones que tomaba por considerarlas “políticamente incorrectas”, o simplemente diferentes a las de esas “voces experimentadas”, por lo que fui cuestionada a pesar de que la evidencia en no pocas ocasiones me dio la razón.

Estas vivencias son sólo algunas muestras de los obstáculos que la mayoría de las mujeres enfrentamos en nuestra vida de forma cotidiana, lo que refleja con claridad que, a partir de construcciones artificiales que se erigen en la estructura social, las mujeres somos exigidas a cumplir con dobles, triples o cuádruples cargas para obtener un reconocimiento social, profesional o económico, cuando éste debería ser producto del mérito y de las habilidades naturales que demuestra cada persona.

Sin duda, el papel de “Mujer Maravilla” que muchas mujeres hemos representado en algún momento de nuestra existencia debe ser derrocado y sustituido por el de la Mujer que forma parte de una “comunidad corresponsable”. Es decir, un nuevo escenario en el que las responsabilidades se comparten en el hogar, en el ámbito laboral y, en general, en todos los entornos en que nos desarrollamos hombres y mujeres.

Una evidencia más de las sutiles o frontales violencias que sufre una mujer, por el solo hecho de serlo, tiene su expresión más nítida en el momento en que nosotras decidimos entrar en el mundo masculinizado del poder y asumir sus convicciones, a pesar de que ello suponga un reto a lo establecido.

A partir de mi acercamiento a la Teoría de Género, tuve oportunidad de identificar que las características y comportamientos que estructuralmente nos han sido asignados a las mujeres y a los hombres constituyen los principales obstáculos para hacer efectivo el principio de igualdad entre hombres y mujeres, ya que las conductas y roles asignados a los géneros se convierten en un bloque de hierro “casi infranqueable”, que ha invisibilizado a las mujeres que  acceden al ámbito del poder, y ello tiene como resultado la justificación social de la discriminación y la violencia contra nosotras.

Consciente de esa circunstancia, cuando me ha tocado formar equipos y liderar proyectos he intentado construir, en la medida de lo posible, esquemas laborales conciliadores con la vida familiar (aunque debo hacerme cargo de que no siempre ha sido así, ya que en algún momento reproduje esos modelos masculinizados de horarios cotidianamente extendidos en los que desaparecen los días inhábiles por el exceso de trabajo, y en el que todo gira en torno al cumplimiento del deber, subordinando la familia, el esparcimiento y aún la tranquilidad propia, a un esquema de rigidez burocrática).

A partir de la conciencia de género que poco a poco he construido, me he ocupado de proponer o acompañar proyectos tendientes a mejorar las condiciones de trabajo de las mujeres y hombres, tomando en consideración los contextos de desventaja que ordinariamente enfrentamos las mujeres. Por ejemplo, cuando fui Consejera Presidenta del Instituto Electoral del Distrito Federal (ahora Ciudad de México) propicié la elaboración del diagnóstico del clima laboral. Con base en los resultados de ese diagnóstico, las y los consejeros implementamos cambios en el horario laboral y en los procedimientos para obtener licencias o permisos para que los hombres y mujeres pudieran acudir a las juntas o eventos en las escuelas de sus hijas/os. También se aprobó el otorgamiento de la licencia de paternidad como una medida de corresponsabilidad en el cuidado de las y los hijos.

Hoy, como Consejera del Instituto Nacional Electoral, trabajo de la mano con la Unidad Técnica de Igualdad de Género y No Discriminación para la construcción de un ambiente laboral más cercano y equilibrado, que no solo tome en consideración las situaciones de desventaja de las mujeres en su desempeño profesional sino que, además, proporcione herramientas a los hombres y a las mujeres de la institución de forma que se provoque un cambio cultural y de consciencia.  Esto con la idea de que sea posible considerar al género como una construcción social que determina la forma de comportarnos –ya que siempre tenemos la opción de transformar los modelos y mejorar los proyectos de vida–, de modo que se adecuen a la identidad que cada uno elija, reconociendo que las demás personas cuentan con el mismo derecho de elegir, pero también de ser diferentes.

También he coincidido con la necesidad de impulsar medidas compensatorias para promover la igualdad entre hombres y mujeres. Por ejemplo, la convocatoria del concurso público 2019-2020 (INE/JGE118/2019) para que las vacantes generadas en el Servicio Profesional Electoral Nacional fueran ocupadas principalmente por mujeres. Asimismo, he acompañado el establecimiento de políticas internas que promuevan mejores condiciones de género, igualdad y espacios libres de violencia a través de dos líneas de acción principales: la creación y operación de la Comisión Temporal para el Fortalecimiento de la Igualdad de Género y No Discriminación y del Comité de Seguimiento de casos de hostigamiento sexual en el ine, con el objetivo de contar con órganos de seguimiento que lleven a cabo acciones de investigación, aplicación y difusión para fomentar que la participación política se realice con igualdad, paridad, no discriminación y sean libres de violencia política y, por otra parte, se cuente con medios oportunos de prevención y atención a las víctimas, para visualizar el impacto en los ambientes laborales en el instituto (ine, Políticas Internas de Género).

Tengo claro que este proyecto es a largo plazo porque supone construir un nuevo modelo de convivencia, de reconocimiento y de respeto a la dignidad humana y, a su vez, deconstruir una estructura social arraigada en la desigualdad y en inercias y taras culturales, siendo este reto el más grande de los que enfrentamos hoy por la resistencia al cambio que se evidencia todavía en muchos sectores de la sociedad.

Situando toda esta problemática en el ámbito político y electoral, en el cual me desempeño desde hace más de veinte años, la construcción de una igualdad sustantiva en nuestro país ha supuesto el desarrollo de un proceso arduo y complejo que ha necesitado décadas para su concreción y esfuerzos continuos por parte de las mujeres para no ceder ninguno de los espacios conquistados a lo largo del tiempo.

Es cierto que en este ámbito no todo es retroceso ya que se han impulsado acciones tendientes a garantizar los derechos de las mujeres; sin embargo, aún persisten brechas de género en los espacios de toma de decisiones. Prueba de ello es que los lugares de representación política siguen siendo menos para las mujeres que para los hombres y, si bien en el plano legislativo y administrativo existen algunos avances notables que promueven la paridad en el acceso y ejercicio de cargos públicos, no se puede dejar pasar que los logros alcanzados pueden revertirse si no existe una acción constante y la “implementación de medidas orientadas a eliminar prejuicios, evitar discriminación y fomentar mayores espacios igualitarios de convivencia  entre hombres y mujeres” (enccívica, 2016: 184).

En esa lógica, un reto constante que ha puesto a prueba a la autoridad electoral han sido los comportamientos ilegales por conductas que podrían configurar violencia de género. Como integrante, y ahora Presidenta de la Comisión de Quejas y Denuncias del ine, he asumido una postura objetiva en aras de analizar todos los elementos de la conducta denunciada y el contexto de realización de la misma para estar en condiciones de resolver, desde una mirada imparcial y con perspectiva de género, todos los asuntos que se ponen a mi consideración, apegada a los parámetros constitucionales, legales y jurisdiccionales que han guiado la interpretación para este tipo de casos. En esta tarea he armonizado mi enfoque jurídico de los derechos –que considero de corte liberal– con mi visión sobre los feminismos y la condición jurídica de la mujer –que considero más cercana a las ideas republicanas sobre la justicia–, lo que ha supuesto conciliar ambas posiciones teóricas a fin de alcanzar una decisión justa.

Comprender que “el poder también es cosa de mujeres” no es fácil en nuestra sociedad. No obstante, continuaré explorando la literatura para construir puentes que faciliten el cambio. Por lo pronto, sigo comprometida con la promesa que frente a un grupo de feministas hice ya hace más de diez años: soy aliada en la lucha y ahora hermana del cambio.

De modo paralelo a mi actividades ordinarias como consejera electoral me he dado a la tarea de analizar los temas de género, paridad y feminismos, con el propósito de participar activamente en este debate que considero vivo y en constante transformación, pero, sobre todo, para estar en condiciones de entender las nuevas problemáticas a las que se enfrenta nuestra institucionalidad democrática, de mano de las preocupaciones de una ciudadanía que desea verse debidamente representada en cada uno de los grupos que integran la comunidad política.

 

 

* Maestra en Derecho. Consejera Electoral del Instituto Nacional Electoral (ine).

 


* Maestra en Derecho. Consejera Electoral del Instituto Nacional Electoral (INE).

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