Voz y Voto en línea

Derrumbar muros

Mujeres en el poder

Por: Malú Micher*

En el libro Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia se describe el proceso que experimentó esta indígena guatemalteca en el tránsito –siempre inacabado– de encontrar su papel histórico frente a la problemática de injusticia y violencia de nuestra Latinoamérica, y representa un buen espejo de reflexión para que se responda a las preguntas: ¿Cuáles son los procesos sociales que se fueron convirtiendo paulatinamente en formas de vivir y pensar? ¿Qué obstáculos se debieron vencer en este camino de rupturas con las ideas patriarcales?

En mi caso, como en el de muchas personas, las decisiones vitales están signadas por una continua reestructuración de valores que se ponen en juego de acuerdo a los compromisos elegidos.

Por fortuna, en mi caso, tanto en la casa paterno-materna como en mi familia nuclear, formada por mi esposo y mis tres hijos –ahora enriquecida por mis nueras–, no encontré ni violencia ni impedimentos mayores pues en ambos espacios crecí con la idea de igualdad y de justicia como elementos centrales en la coexistencia social. 

Esta aceptación personal de la inhumanidad que encierra la desigualdad social se gestó en el ámbito de acciones de mi padre y de mi madre, en su generosidad por ayudar de distintas maneras, tanto a las personas marginadas como a causas sociales y religiosas. Mi tránsito escolar por el Valle del Mezquital y, posteriormente, por el Cerro del Chiquihuite en tareas de alfabetización, fortaleció un horizonte que se esclareció –no sin rupturas– en una parte de mi círculo social pautado por el individualismo y la competencia. Recuerdo de forma clara a compañeras y compañeros del Conservatorio Nacional de Música que ensayaban después de haber comido alguna cosa bajo los árboles de esta institución cultural. Se necesitaba una piel de elefante para no sensibilizarse ante las diferentes clases sociales que acudíamos a formarnos musicalmente.

Hacia mediados de los años setenta retomé de la línea de la Teología de la Liberación la opción por las y los pobres, vinculada al trabajo de inserción en comunidades rurales de León, Guanajuato. Me inicié en el mundo de las comunidades eclesiales de base (ceb) y junto a David, mi esposo, vivimos en una casita de la comunidad rural de Los Sauces que medía no más de 30 metros cuadrados. En las ceb, y junto con otras mujeres de las ahora llamadas ong, comencé a escuchar algo que me resonó profundamente en mi interior y que me hizo total sentido: entre las diferencias sociales más graves se encuentran las de género. Aún antes de la maduración de las teorías de género y de la construcción de plataformas intelectuales sólidas como fruto de la línea feminista, comenzamos a poner en la agenda pública la necesidad de emancipación de las mujeres de toda forma de violencia y de opresión.

Trabajamos con la idea de acompañar a las y los campesinos en la construcción de una organización regional que pudiera gestionar acciones públicas efectivas frente a sus precarias condiciones de vida. Junto con un equipo de jóvenes de izquierda –compañeros y compañeras de vida– iniciamos el camino por las dificultades que devienen de la estructura capitalista y el entonces régimen corporativo de signo priista.

 

Mi candidatura a la gubernatura

 

Esta labor y mi quehacer activo en las organizaciones civiles guanajuatenses me llevaron a ser invitada a participar en el año 1995 como candidata externa -no afiliada- a la gubernatura de Guanajuato por el entonces partido de izquierda, prd.

Para aquel momento éramos escasas mujeres en la política y menos aún quienes hablábamos de los derechos humanos de las mujeres y la responsabilidad que tiene el Estado en ello. Mi discurso y el empuje de estos temas fue lo que llamó la atención al partido para invitarme como candidata.

Fui objeto de violencia encubierta por parte de los medios de comunicación y me percataba que también –al interior del partido– surgían comentarios como: “debes demostrar que haber decidido por una mujer, estuvo bien”. U otro que tengo muy presente de un compañero campesino que tomó el micrófono en una asamblea y dijo: “vamos a votar por la compañera Malú para que sea candidata, no le hace, aunque sea vieja”. Reflexiono en retrospectiva y si bien no parecían ataques directos o “graves”, sí constituían expresiones emanadas de una cultura machista y misógina.

Tuve un equipo plural constituido por personas preocupadas y ocupadas en los derechos humanos de las mujeres: pobreza, acceso a los servicios, violencia contras las mujeres, entre otros. Sin embargo, eventualmente me preguntaban si no era necesario hacer énfasis en temas como la seguridad, a lo que yo respondía: “sí, pero la seguridad también es un tema de mujeres”. Esto me parece importante ponerlo en contexto porque estamos hablando del año 1995, en uno de los estados más conservadores del país, con una candidata mujer a la gubernatura y a punto de celebrarse la Conferencia Mundial de las Mujeres en Beijing, lo cual representaba un hito. Formé parte de la delegación mexicana a esta Conferencia Mundial y representó un salto cualitativo en mi fortalecimiento, no sólo intelectual, sino en mis convicciones sobre los derechos humanos de las mujeres. Corroboré que estaba frente a un fenómeno social tan desigual que me invitaba a integrarlo como algo a lo que valdría la pena orientar mi existencia. La experiencia de desigualdad de género que había observado en las comunidades rurales se resignificaba.

Particularmente recibí tantas muestras de cariño y apoyo de mujeres que organizaron diversas actividades en mi candidatura –foros, desayunos o reuniones– que me permitió confirmar la capacidad y la energía propia de las mujeres, tan minusvalorada políticamente por la estructura patriarcal, defendida también por un gran sector de la izquierda partidaria.

Me acerqué al partido para solicitar financiamiento en un par de ocasiones que nos quedamos sin gasolina para los traslados durante la campaña y su respuesta fue que no había presupuesto para ello. Quizás eso sí constituía un hecho de discriminación que no percibí así en ese momento. En fin, no ganamos la gubernatura, pero, sin duda, la campaña representó toda una hazaña que pasó a la historia.

 

Ya nadie nos para,

la apuesta son las mujeres

 

Para 1997 logré ocupar el primer lugar de la lista de diputadas plurinominales para el Congreso de Guanajuato; fui impulsada por muchas mujeres y compañeras del partido en aquel entonces como Laura Itzel Castillo, Rosario Robles y Amalia García. Durante los 3 años que fui legisladora enfrenté muchas resistencias que provenían de un par de vías: por ser oposición en una entidad panista en donde se aceptaba la violencia familiar como una característica propia del ámbito privado, así como la normalización de actitudes machistas y, en segundo término, por parte de mujeres alineadas completamente al liderazgo de los hombres.

Aun cuando el reto era mayúsculo, mi convicción y obligación se centraban en representar los intereses de las mujeres y lograr que nada de esto fuera obstáculo para sacar adelante una agenda por los derechos humanos de las mujeres y las niñas. Fue así que conseguimos evitar la modificación del Código Penal estatal que buscaba criminalizar con cárcel a las mujeres que abortaran, incluso si su embarazo era resultado de una violación. Así, también promoví la aprobación de la Ley de Atención y Prevención de la Violencia Intrafamiliar, triunfo histórico que representaba el primer paso para reconocer que las mujeres vivíamos violencia al interior de los hogares y que es un ámbito para el cual –y sin violentar la privacidad–, el Estado debería de presentar políticas públicas pertinentes.

Con la llegada del nuevo milenio y con la renovación de la dirección nacional del partido, para el año 2000 fui invitada por Amalia García a presidir la Secretaría de la Mujer, cargo que ocupé hasta el año 2002.

Una vez más, en 2003, impulsada por mujeres feministas y compañeras muy solidarias, logré encabezar la lista para diputaciones federales plurinominales por la quinta circunscripción. En mi paso por la Cámara de Diputados viví expresiones de desprecio y ataques principalmente por ser oposición y por las posiciones conservadoras que me consideraban una “radical feminista que quería destruir a la familia”.

En esa etapa hubo claroscuros. Logramos avances fundamentales, como incluir en la ley las diversas violencias que viven las mujeres, y retrocesos, como el rechazo a las iniciativas que buscaban eliminar las cuotas de género y arribar a la paridad. Pasé por tragos amargos porque un par de veces fui agredida física y verbalmente por grupos de Pro-Vida; una vez me jalonearon a la entrada de la presidencia municipal y otra ocasión en un sanatorio, en donde una pareja –visiblemente enojada– me dijo: “usted no tiene derecho a acudir a que la curen porque está a favor de que maten niños”. Dos veces llamaron a mi casa amenazándome de muerte por mi actividad a favor de las mujeres. Pero, ante la adversidad, las feministas nos transformamos en insistencialistas.

En el año 2006 fui llamada por el entonces Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Marcelo Ebrard Casaubón, para presidir el Instituto de las Mujeres de la capital del país. Durante mi encargo puedo afirmar, categóricamente, que por parte del gobierno no recibí expresión alguna que atentara contra mi persona; por el contrario, existía una enorme apertura para incorporar la perspectiva de género en las políticas públicas del entonces Distrito Federal. Incluso, puedo asegurar que ha sido la etapa en la que más se avanzó en los derechos de las mujeres en la ciudad. Sin embargo, la reestructuración e innovación de las acciones de gobierno sí enfrentaron múltiples retos propios de una cultura patriarcal socialmente normalizada y naturalizada.

 

La Cuarta Transformación

 

Para el año 2018, previa mi renuncia años antes al prd, fui invitada a participar en la campaña de Andrés Manuel López Obrador como candidata a senadora. Lo acompañé como diputada en su primera candidatura del 2006 y también en el 2012. Acepté, porque siempre he estado del lado de las causas justas de la historia, de esas que siempre enarboló electoralmente el Ing. Cárdenas desde 1988. Junto con ellos y con Marcelo Ebrard, confirmé la importancia de que las mujeres estemos bien preparadas para comunicar, convencer, concientizar, capacitar y sensibilizar a los hombres en los temas de género. Mi doble militancia –en el movimiento feminista y en la izquierda partidaria– me ha permitido comprender la necesaria vinculación entre ambas pues atienden los derechos humanos de las mujeres desde distintos ámbitos. Como diría Pierre Bourdieu: no hay política social sin movimiento social. Y en los dos espacios he encontrado apoyos y obstáculos en este largo y sinuoso camino de construir una vida libre de violencia para las mujeres.

En 2018 mi esfuerzo se centraba más en lograr que el proyecto de Andrés Manuel López Obrador ganara la Presidencia de la República y no tanto en llegar al Senado. Una vez más recorrí todo Guanajuato y, gracias al apoyo de hombres y mujeres muy valiosas, y con la enorme fuerza de nuestro candidato –ahora presidente–, ¡ganamos!

En esta etapa existieron diversas manifestaciones de violencia contra mi persona, tanto política como por el hecho de ser mujer. Particularmente, por declararme una férrea y abierta defensora del derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo; fui expuesta en lonas con mi fotografía junto a fetos en las principales avenidas de las ciudades más importantes de Guanajuato. Estas infundadas e indebidas expresiones fueron, para mí, más una sucia jugada política que una ofensa a mi persona. Estoy tranquila porque soy y seré siempre defensora de la maternidad libre y voluntaria, así como del derecho a decidir de las mujeres.

 

Una realidad paritaria

en el Senado de la República

 

Uno de los pasos más importantes para garantizar la participación política de las mujeres en condiciones de igualdad con los hombres lo dimos el año pasado al materializar la reforma constitucional en materia de paridad de género. Construir esta iniciativa no fue tarea fácil; requirió del consenso de todas las fuerzas políticas representadas en el Senado de la República y de muchas senadoras y senadores.

En ese camino me encontré con enormes sorpresas que creía que eran materia superada: expresiones de senadores que nunca creí escuchar, pensamientos de hombres que juraba que ya no existían. Por ejemplo, me preguntaban: “Senadora, entonces paridad es ¿mitad y mitad?”. “Sí, Senador”, respondía yo, “paridad es lograr el mismo número de hombres que de mujeres en espacios políticos”.

Tuvimos que derribar argumentos como aquellos que afirmaban: “Es que no hay suficientes mujeres preparadas para tal o cual puesto” o “¿de dónde vamos a sacar mujeres si no quieren participar”? En fin, resquicios de ignorancia que logramos desmontar gracias al debate fundamentado en los derechos humanos como principio, en la justicia para las mujeres y en los tratados internacionales que abordan este tema.

La reforma en materia de paridad de género ha sido un extraordinario avance. Sobre todo, para aquellas que quieren participar en la política y más para aquellas que quieren usar la política para transformar la vida de las mujeres.

Resultado de mi trayectoria y de estos episodios que ya narré, me han permitido llegar a tres conclusiones:

 

   Presencia de mujer no garantiza consciencia de género. Tenemos que seguir trabajando en que cada mujer, esté en donde esté, trabaje cambiando la vida de las mujeres, transformando el rumbo de las políticas y poniendo en el centro los derechos de las mujeres, niñas y jóvenes.

   No nacemos, nos hacemos. Es decir, nadie nace alcaldesa, regidora, senadora o diputada, nos hacemos. Eso implica, por supuesto, profesionalizarnos, capacitarnos y especializarnos para tener herramientas y argumentos sólidos que nos permitan hacer frente a la ola de expresiones misóginas que nos encontramos día a día.

   La paridad llegó para quedarse. El principio de paridad de género no es una generosa concesión de los hombres, es justicia para nosotras; es abrir oportunidades y brindar condiciones para la igualdad de trato; es garantizar piso parejo en el acceso al ejercicio de los derechos humanos de las mujeres.

 

Aun cuando reafirmo mi compromiso por seguir trabajando en la conquista de derechos de las mujeres, también estoy segura que ya llegaron los relevos generacionales, jóvenes mujeres que darán continuidad a lo que nosotras hemos iniciado. Activistas, políticas, líderes de colonias, funcionarias públicas, académicas, empresarias; en fin, mujeres empoderadas que ya están trabajando en ello.

Tenemos que seguir empujando puertas y derrumbando muros. Hemos de pasar de la igualdad formal a la igualdad sustantiva, es decir, debemos llevar lo que ya establecimos en la ley a la vida de las mujeres. Cambiar las circunstancias que las rodean para que puedan acceder al ejercicio pleno de sus derechos.

Así llegaremos a una igualdad en donde hombres y mujeres seamos equivalentes y tengamos las mismas oportunidades para acceder al ejercicio de los derechos humanos.

 


* Senadora de la República por Guanajuato, integrante del Grupo Parlamentario de Morena. Presidenta de la Comisión para la Igualdad de Género.

PODCAST
BLOGS

Blog y Voto

La lucha contra la discriminación en México

Por: Jacqueline L’Hoist Tapia

Justicia Electoral

La urgencia de los juicios electorales en línea

Por: Rafael Elizondo Gasperín

Elecciones en América Latina

Las elecciones ante el coronavirus

Por: Francisco Antonio Rojas Choza

Designaciones INE 2020

Lista de aspirantes que pasaron a la fase de entrevistas en el proceso de renovación del consejo general del INE

Por: Voz y voto

SÍGUENOS EN TWITTER
SÍGUENOS EN FACEBOOK