Voz y Voto en línea

Gafas violetas

Mujeres en el poder

Por: Wendy Briceño Zuloaga*

Nosotras, las de siempre, ya no somos las mismas, porque somos más, muchas más; porque tenemos un aprendizaje histórico que en los últimos años hemos tejido en una red extensa por todo el mundo; porque nuestro cansancio y nuestro hartazgo son un capital político insobornable y porque hemos trabajado lo suficiente como para argumentar con contundencia que el modelo político, económico, social y cultural de la supremacía blanca y occidental no es sostenible.

 Feminismo La Cuarta Ola, Nuria Varela.  

 

Formar parte de una contienda y ser electa por un amplio margen siempre trae impresiones agradables, pensamientos y vientos de cambio, planes de cómo avanzar en nuestros objetivos; pero en ese inicio, también debemos ser conscientes que a veces ni las victorias son momentos sencillos para las mujeres que ejercen el poder en el espacio público y es cuando más necesitamos fortalecer sinergias entre nosotras.

Reconfigurar nuestra participación política después de una elección conlleva –en gran medida– la administración de recursos humanos, capacidad de negociación para ser considerada en encomiendas históricamente asumidas por hombres, cumplir con el mandato popular y, sobre todo, decodificar las demandas sociales; es decir, mediar entre lo cotidiano y lo legislativo aquello que nos permita construir nuestra propia agenda y hacer valer nuestra voz.

Además del hecho de provenir de un estado aparentemente lejano respecto al centro, en el norte del país, y desde una perspectiva no solo feminista sino de amplia defensa de los derechos humanos, trae consigo una responsabilidad mayúscula, incluida una perspectiva de izquierda que ha fluido de forma distinta a la del centro y sur de México. 

En mi caso, recorrí mi municipio (Hermosillo) y mi distrito en un primer momento como candidata local en el proceso de 2015, donde la fuerza del movimiento de Morena era distinta, pues vivir como oposición no es lo mismo que actuar como mayoría responsable.

En ese entonces, los resultados de la contienda no me favorecieron. No gané. Pero tampoco tardé en desarrollar resiliencia al respecto. Afinamos la estrategia entre muchos y muchas, hicimos los Comités de Protagonistas del Cambio Verdadero a lo largo de Sonora, como se dice “haciendo partido con sudor, suela y saliva”, dando el impulso a esta base organizativa y debatiendo aquello que nos fortalecería rumbo al 2018, y planteando en ese contexto lo que sería mi propia participación como militante y mujer política.

Ya en 2018, como candidata ahora a nivel federal, mi equipo llegó a sufrir intimidaciones de las cúpulas en el poder, y ahí nos quedó más que evidenciada la batalla nada sencilla a la que hacíamos frente: por un lado, la visibilidad de todo el caminar de Andrés Manuel López Obrador y el gran movimiento junto con él, pero, por otro, desde las raíces de un México herido, dañado, lastimado en su tejido social y de lo cual nos reconstruíamos de fondo o no avanzaríamos.

Con la victoria de la 4T con índices históricos de participación electoral y votación a favor de una coalición, y después de haber tomado protesta como legisladora, decidí al frente de mi equipo priorizar los temas de igualdad de género, no solo por mi militancia feminista, siempre pública y siempre en construcción colectiva, sino por la grave emergencia por violencia feminicida a nivel nacional que vivimos y en lo cual me sentía con la responsabilidad de actuar y de sumar, junto con otras muchas compañeras/os, a favor de las mujeres mexicanas.

Soy comunicóloga y estudié una maestría en Estudios de Género, por lo tanto, desde hace años en mi quehacer profesional en diferentes medios, emergentes, comunitarios y alternativos, en el debate y la deconstrucción, a través de la voz en la radio, la pluma en revistas o en la academia, me dediqué a mirar desde otro enfoque –con gafas violetas– las desigualdades estructurales a las que las mujeres políticas nos enfrentamos. Pero en cierta medida, mi incidencia era desde la opinión, el análisis y registro de datos, hechos y fenómenos o también desde mi activismo en lo cotidiano: haciendo alianzas en movimientos autogestivos de apoyo a otras, aprendiendo de grandes guerreras y desde lo escrito por las especialistas de los estudios feministas.

La responsabilidad que acarrea un encargo público abre un nuevo panorama de posibilidades y también algunas frustraciones, pues vemos que las necesidades de la población no se resuelven con dádivas y despilfarro, pero que al mismo tiempo muchas de estas estrategias deben respaldar y subsanar derechos sociales y, precisamente por ello, esta vez el Estado Mexicano toma la tarea de asumirlos en primera persona y, en sentido crítico diríamos, no sin dificultades.

Ahora compartía la mesa de deliberación con aquellas de las que antes leía y hacía investigación social, con luchadoras, con activistas, con mujeres políticas que llevan años en la arena pública y ante medios, buscando respuestas efectivas y contundentes sobre las agendas.

Como una de mayor discusión recuerdo la asignación del Presupuesto de Egresos de la Federación (PEF2019), en la cual diputadas federales integrantes de la Comisión de Igualdad de Género refrendamos nuestra facultad legislativa de observancia, fiscalización y eficacia en la planeación presupuestal del ejercicio fiscal con respecto de los recursos etiquetados en el Anexo 13. Esta discusión fortaleció mi convicción: las mujeres, sin importar los colores, podemos coordinar esfuerzos y trabajar por los objetivos conjuntos.

Se acercaron diversas organizaciones y dialogamos sobre cuáles debían ser las prioridades –también entre legisladoras de ambas cámaras–, y nos sentamos a debatir con las y los encargados de la política económica, siendo muy conscientes de esta bisagra de que todo cambio de régimen conlleva transformaciones profundas. Siempre habrá diferencias en ciertos temas y somos conscientes de que los partidos políticos también consideran el costo político de negar derechos a las mujeres, tal como lo hizo en su tiempo Manuel Ávila Camacho, calculando si le favorecería el voto femenino.

En la actualidad, es un riesgo no dar certezas o compromisos claros a la hora de transitar los temas por las repercusiones electorales que pueden tener en sus estados; incluso, muchas mujeres políticas todavía no se manifiestan públicamente a favor de ciertos derechos, aun cuando estén por la progresividad de ellos, por temor a ser expulsadas de sus institutos políticos o por el escarnio público.

Cada vez con mayor frecuencia las mujeres gobernamos y legislamos, por lo que es cada vez más común ver mujeres en la arena política, pero ello no es un sinónimo de que la violencia esté a la baja. Por ejemplo, Sonora es un estado que ha detenido su declaratoria por alerta de violencia de género pese a que los casos de violencia contra las mujeres son cada vez más constantes y más violentos.

Hemos logrado en esta Legislatura, además de crear sinergias, que los temas hacia la igualdad de género sean aprobados por unanimidad. Esto no es menor: es un nuevo fenómeno en la práctica política, hacer eco del consenso más allá de un sentido retórico. Entre estos logros han estado la reforma constitucional en materia de paridad de género, el reconocimiento de la violencia política en razón de género, la violencia obstétrica, la violencia digital, las lesiones en razón de género, reformas al Mecanismo de Alerta por Violencia de Género y, próximamente, una agenda intensiva para cerrar la brecha salarial entre hombres y mujeres.

Una de las grandes dificultades que enfrentamos desde el poder legislativo es que los argumentos transiten y lleguen a discutirse en la máxima tribuna del país, pues puede haber muchas iniciativas, pero el tiempo de análisis, dictaminación y su posible consecución a favor es un arduo trabajo donde intervienen muchos factores, incluidas la viabilidad presupuestal, las alianzas y diálogos que se hayan establecido, incluso a veces lo intransitable, álgido o irrenunciable de ciertos temas. En mi opinión, es momento de quitar la etiqueta de tabú o difícil a algunos, como lo puede ser el avance de los derechos sexuales y reproductivos.

Desde mi experiencia, uno de los obstáculos más importantes que tenemos al buscar dignificar la política con perspectiva de género y priorizar una visión igualitaria en materia de derechos humanos es que la igualdad sustantiva sigue viéndose, en algunos sectores, como un elemento estético o secundario, cuando debe ser transversal para la toma de decisiones y al armonizar y homologar las legislaciones.

Ante ello, tanto en el equipo de Cámara de Diputados y Diputadas como en el territorio, contamos con personas comprometidas, muchas de ellas desde la conciencia feminista, de izquierda y de defensa de los derechos humanos, con quienes desde sus prácticas cotidianas rompen con estereotipos, rebasan esa visión acartonada de hacer política de una figura hegemónica al frente, construyen en horizontalidad, se conducen con respeto y empatía avanzando a favor de la ciudadanía, no solo del distrito V por el que fui elegida (ellos y ellas acompañándonos), sino por niñas, adolescentes y mujeres mexicanas que requieren vivir con todas sus garantías salvaguardadas. Es por ellas, y por todas, la urgente necesidad de que el derecho a votar y la responsabilidad de ser votada se traduzcan en prácticas positivas que repliquen a favor de las que vendrán y, de hecho, de las que ya están aquí.

 


* Diputada Federal de Morena por Sonora y Presidenta de la Comisión de Igualdad de Género en la Cámara de Diputados y Diputadas.