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Disfrutar del teatro para pensar

Cultura y lectura

Por: Emoé de la Parra*

Tomo con alevosía una frase aislada de la obra La herida y la flecha1 y el subtítulo de la misma para ponderar su incompatibilidad y aventurar algunas ideas: “Deberían de prohibir la libertad de memoria”, dice la alegoría de Rita Macedo, “Réquiem para no olvidarte” reza el subtítulo de la obra. ¿Anhelo de recordar o de olvidar? En este afán desgarrado se asoman muchas inquietudes.

 

Acompañada por Rosario Castellanos, Elena Garro, Leonora Carrington, Pita Amor y Helena Paz, Rita Macedo rememora su vida y se fatiga armando su propia narrativa. Todas estas mujeres existieron, todas han cristalizado en mito y todas desdeñaron la muerte. Como telón de fondo reverbera el suicidio y el tema recurrente es la necesidad de crear, ese intento de burlar el olvido. Ciertamente, el olvido es la única muerte al alcance de nuestro entendimiento y, la creación, la única arma a nuestra mano para mitigar el pavor primigenio de nuestra mortalidad. Cuando perecen los recuerdos, la muerte se impone; de ahí nuestro afán de creación y procreación. Y la creación es tanto asistir al advenimiento de algo inédito como la fundación de un mito. Y uno de los mitos inaugurales es la persona. Los personajes de ficción, las figuras ilustres y –en realidad– todos nosotros somos creaciones que, para existir, se fijan a veces a un cuerpo –casi siempre en un tiempo– y mediante muchos otros anclajes como lo son una historia, una imagen o una palabra en movimiento. En última instancia, todos somos mito por igual.

 

Rita Macedo, personaje mítico del cine mexicano de los años cincuentas y sesentas, ¿se recrea mejor en cine que en teatro? Se ha hablado mucho de teatro dentro del teatro, pero es menos frecuente que se hable del cine dentro del teatro, sobre todo si lo que se representa no son anécdotas del cine sino la vida de personas y mitos que pertenecen a este último con mayor cabalidad.

 

Buñuel, quien despreciaba profundamente el teatro –aunque de él había abrevado–, nos señala enfáticamente las enormes diferencias que lo separan del cine. Entre otras, esa especie de trance en el que salen los espectadores al término de un filme, tan diferente al ánimo bullicioso del espectador de teatro que sale comentando con los otros como al final de una fiesta. El cine nos sumerge sin amparo en vidas ajenas y difumina los contornos de nuestra propia realidad mientras que en el teatro permanecemos atentos, vivos, testimoniando una narrativa que nos hace una barbaridad de cosas (nos conmueve, nos encandila, nos turba, nos enfurece, etc.) pero no nos confunde existencialmente porque nunca dejamos de estar presentes. En cierto modo, el teatro es cine destripado, descuajaringado, redimido del realismo al que normalmente se somete. No cabe duda de que podemos imaginar con más precisión una escena del pasado mediante su recreación fílmica y ahí nos sentimos tan vivos como esos muertos y esos inexistentes, pero, del mismo modo que cuando se nos convida a una cena, debemos “apersonarnos” para estar frente a una escena de teatro; es necesario que se nos tome en cuenta como personas, personas tan vivas como esos muertos y esos inexistentes. En el teatro, a diferencia del cine, los mitos se reconocen mutuamente.

 

Es propio añadir una reflexión sobre el tema explícito de esta obra de teatro, es decir, sobre la lucha feminista. Durante milenios se impuso el canto masculino que todo lo ordenaba y, también durante mucho tiempo, la vida desfigurada de las mujeres se quedó sin voz. Pero un día, que fueron siglos, la mujer puso el nombre exacto de tiranía a ese cabalgar a la sombra de un hidalgo triunfante. A gritos y golpes, enarbolando la obstinación de sus sueños y sosteniendo sus acciones con entereza, la causa feminista se ha erigido en un programa incontenible y fulgurante. Ahora, no obstante la turbulencia abrumadora del feminismo punitivo, ése que lanza en ristre ve en todo hombre un acosador, a veces mueve a pensar que lo que nació como un sueño volandero y un programa de justicia y libertad está perdiendo su rumbo. Creo que es momento de desarrollar cierta resistencia a esa avalancha de improperios que, mezclada con fundadas reivindicaciones, pasa por alto el imperativo de defender a quien se haya injuriado injustamente. La inaceptable violencia contra la mujer no debe olvidar el afán –motivo primordial de la zaga feminista– de hacer realidad aquel sueño cargado de maravillas que se resume en una máxima: igualdad de género.

 

Pero si esta obra da para pensar tantas cosas no es solamente por los temas que aborda. La dramaturgia tiene muy claros sus objetivos y los encauza con mucha pertinencia. La dirección de Martín Acosta es ocurrente y fresca y las actrices nos regalan recreaciones muy cuidadosas y verosímiles de los personajes que encarnan (no es fácil medirse con personas que, de suyo, ya tienen incorporados gestos y giros) y en ello hacen gala de versatilidad y destreza técnica, sin menoscabo del cometido de crear una nueva máscara (dar vida a una persona). Mención especial merece Georgina Tábora. Ella aprovecha –sin empacho y sabiduría– que su personaje fue en vida una máscara patética, graciosa, genial, prolija; en resumen, una máscara enamorada de sí misma, y nos entrega una Pita Amor deliciosa.

 

 

1 La herida y la flecha de Marianella Villa y Servando Anacarsis Ramos. Dirección: Martín Acosta. Actuación: Xóchitl Galindres, Tanya Gómez Andrade, Georgina Tábora y Nicté Valdés. Teatro Benito Juárez (Calzada Manuel Villalongín 15, Colonia Renacimiento, Cuauhtémoc, cdmx). Viernes 20:00 horas, Sábados 19:00 horas y Domingos 18:00 horas (hasta el 22 de marzo).


* Actriz y directora de teatro.

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