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Monty Python

Cultura y lectura

Por: Fernando Dworak

Se dice que en las antiguas sociedades celtas la persona que más miedo inspiraba no era el guerrero, sino el bardo. La razón, dominaba el arma más poderosa conocida en esos días: la sátira. Como se puede leer en la épica de Cúchulainn, llamado también el “Aquiles irlandés”, se paraban frente a las murallas de las ciudades asediadas mientras cantaban coplas sobre los monarcas y sus cortes hasta que estos, con los rostros desfigurados del coraje, salían a atacar –y eran así masacrados por los ejércitos sitiadores.

 

Aunque sus efectos no son tan sanguinarios como antaño, la sátira sigue siendo una de las armas privilegiadas contra los poderosos. Sin embargo, en vez de consistir en ataques frontales, recurre hoy a sacar de contexto declaraciones o personajes, haciendo que cuestionemos los argumentos al mostrarlos en su más descarnado absurdo, abriendo posibilidades para entender una situación que no tendríamos de otra forma. Lo anterior implica que hay un método creativo antes que ocurrencias, por lo cual uno de los retos que debería tomarse en serio en toda democracia es educar en el humor. Incluso diría que esa asignatura sería más importante que Civismo en la formación de ciudadanía.

 

De hecho, hace muchos años vi en una entrevista que le hicieron a un ejecutivo de la BBC, que uno de los grandes aciertos de los ingleses fue abrir espacios a sus talentos jóvenes para crear programas cómicos en vez de marginarlos y orillarlos a que se fueran al monte a organizar guerrillas. ¿Polémico? Dejemos a un lado que la entrevista tuvo lugar durante los años setenta: ¿a dónde han llevado la sátira inteligente y a dónde las armas?

 

Tal vez por eso los líderes autoritarios odian la sátira mientras permiten que abunde un humor ramplón cuyos principales recursos son las falacias, la caricaturización directa de los rasgos personales de los políticos y la explotación del lugar común. ¿Los gobernantes tienen la capacidad de reír de sí mismos? Vean los referentes y verán cuán verídica es la afirmación. Por eso es necesario tener siempre presentes a los grandes maestros del humor, como los Monty Python.

 

Antes de entender el humor Python hay que hablar de sus antecedentes. Cierto: la condición de la Gran Bretaña como isla ha sido desde siempre un refugio para el individualismo, la excentricidad y el humor negro. También los clubes de teatro y comedia de las universidades inglesas, como el Club Footlight de Cambridge, fueron semilleros para los grandes cómicos de los sesenta y setenta. No ignoremos que los cinco británicos del grupo tuvieron educación Oxbridge: John Cleese es abogado, Terry Jones y Michael Palin, historiadores, Eric Idle, filólogo en lengua inglesa y Graham Chapman era médico. El estadounidense Terry Gilliam venía del underground de su país. Esa situación dotó de cultura y sofisticación a la irreverencia y sátira de sus programas, películas, discos, actuaciones en vivo y publicaciones.

El método creativo nunca fue de sketch lineal (introducción, punchline, risas), como estamos acostumbrados. Los equipos creativos (Cleese y Chapman, Jones y Palin e Idle y Gillam, por separado) crearon el equivalente a un cadáver exquisito del surrealismo: las ideas fluían como escritura automática, a menudo eran contrapunteadas por los miembros del grupo, se ramificaban hasta el absurdo, y con frecuencia eran paradas en seco ya sea por una animación o algo más bizarro, como un gendarme diciendo que la situación se había vuelto demasiado tonta mientras detenía la grabación. Así transcurrieron las cuatro temporadas del programa Monty Python’s Flying Circus, que se transmitió de 1969 a 1974, donde llegaron hasta a deconstruir la estructura de los programas, como poner los créditos en medio y, el inicio, al final.

 

Salvo que se tratara de papeles de bomba sexual, que los tomaba por lo general Carol Cleveland, y de niña buena, asumidos por Connie Booth, los seis Python interpretaron todos los papeles. En la cuarta temporada del Circo Volador apareció aquí y allá Douglas Adams, autor del clásico contemporáneo The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy y, en la película Monty Python and the Holy Grail, tuvo un papel destacado el músico Neil Innes, de The Bonzo Dog Band.

 

La sátira de Monty Python siempre fue demoledora, pero nunca contra alguien en particular si dejamos a un lado a cierto conductor de programas cómicos que se valió en su momento de sus sketches. Un ejemplo del humor subversivo: durante la primera temporada hicieron un segmento llamado The Mouse Problem, donde se hablaba de la homosexualidad como si se tratase de personas que hacían fiestas clandestinas para disfrazarse de ratones (recordemos que en 1969 esta condición era considerada como trastorno psiquiátrico). Fue escrito por Graham Chapman, quien era gay.

 

A menudo la sátira de los Python estuvo al borde de la censura, ya sea por políticos, religiosos o defensores de la decencia. Sólo hay un sketch que fue censurado, donde se muestra a políticos dando un discurso mientras realizan una rutina de ballet, guiados por un coreógrafo amanerado.

 

Pero a todo esto, ¿sigue siendo vigente Monty Python? Les propongo una tarde de Netflix: pongan La primera tentación de Porta des Fundes, seguido por The Life of Brian y comparen los métodos satíricos. Se darán cuenta que lo único ofensivo y escandaloso del primer programa es ver cómo el humor y nuestra capacidad para reírnos de nosotros mismos han involucionado en los últimos 40 años.

 

Cultivemos el humor y la sátira como formación del ciudadano. Una persona que sabe reírse de todo es menos vulnerable a las trampas de los demagogos, pues sabe identificar los absurdos a través de la duda constante. Es más: debería haber una materia de humorismo a nivel primaria y secundaria. El civismo qué

 

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