BLOG Y VOTO

“¡Ganando, como siempre!”

Noviembre 04, 2020 | Por: Pablo Estrada Rodríguez

La elección a la Cámara de los Ciudadanos de la Colonia de Virginia de 1757 fue, literalmente, una parranda. George Washington, uno de los candidatos (que participó de nuevo tras su derrota de 1755), hizo lo que muchos otros contendientes hacían: compró litros y litros de muchas variedades de alcohol, contrató a violinistas, mandó preparar barbacoa y organizó un baile y un concurso de lucha, todo para beneficio de sus vecinos, sus posibles electores. Días después, según las reglas electorales, los habitantes de esa comunidad se reunieron en la plaza pública y, uno por uno, frente a los candidatos, anunciaron por quién votarían. Washington ganó y todos quedaron contentos.

La elección presidencial de Estados Unidos de 2020 ha sido, cuando menos, un embrollo. El ambiente festivo de la primera victoria electoral de Washington parece quedar bastante lejano. Thomas Edsall, del New York Times, resume dos posturas sobre el ambiente de esta campaña y elección. Una es la de cierta normalidad política. La polarización que se ve ahora es un proceso de reajuste (o, más bien, redefinición) de las coaliciones de derecha e izquierda que prevalecerán en las siguientes décadas. A fin de cuentas, los partidos siguen proponiendo candidatos que representan diversas posturas, los electores votan, alguien gana y se implementa su agenda. La otra postura es una más preocupada. Se inquieta de los riesgos a la democracia y al Estado de derecho que puede representar Trump, así como del antagonismo que se genera entre los muchos grupos sociales de Estados Unidos. Evidentemente, este proceso electoral está muy lejos de la fiesta que organizó Washington hace casi 250 años. ¿Qué puede querer decir eso sobre la democracia en Estados Unidos?

Llama la atención que incluso en la tarde del día siguiente a la jornada electoral aún no se conozca al ganador. Los principales medios impresos y televisivos reportan a Biden con entre 227 y 248 votos electorales, y a Trump con entre 213 y 214; de este modo, habría entre 76 y 97 votos por asignar.

En suma, Biden lleva la delantera. Él mismo dice que está confiado, pero que hay que esperar. Al escribir esto, está pendiente la información de 9 estados. Sorprendentemente, Biden lleva la delantera en Arizona, que desde 2000 es republicana; sin embargo, están pendientes de cómputo al menos 15% de sus votos. En Michigan y Nevada (que en 2016 fueron, respectivamente, para Trump y para Clinton), Biden tiene una ventaja de menos de 1%. Por su parte, Trump dijo en la madrugada del día posterior a la jornada electoral que los demócratas querían robarle la elección, porque seguían emitiéndose votos en los estados aún sin ganador proyectado. Eso es falso; lo que sí ocurre es que, de acuerdo con las leyes de algunos estados, siguen recibiéndose votos postales y contándose todos los votos pendientes. Igualmente, Trump ya anunció que impugnará Wisconsin, que perdió por menos de 1% pero que ganó en 2016 (es, hasta ahora, el único estado en el que ha cambiado de ganador entre la elección pasada y ésta), y que buscará detener el cómputo de votos en Pennsylvania y Michigan (donde parece ir ganando y perdiendo, respectivamente).  

No es la primera vez en tiempos recientes que la jornada electoral termina sin una proyección clara del ganador. En la elección de 2000, el recuento en Florida, cuyos votos electorales definirían quién rebasaba los 270 votos del Colegio Electoral necesarios para ganar, hizo que el resultado final tuviera que esperar más de un mes. Ahora, el retraso parece explicarse por la combinación de dos factores.

Por una parte, lo cerrado del cómputo de votos hace que las proyecciones, que se hacen con modelos estadísticos, caigan dentro de los márgenes de error. Además, saber que una casilla puede tener resultados estrechos lleva a que sus funcionarios tengan que ser más cuidadosos en su trabajo, lo que también les lleva más tiempo. 

Por otra parte, la pandemia de COVID-19 hizo que un número sin precedente de electores (al menos 100 millones, contra 47 millones en 2016) decidiera votar por correo. Esto puede ocurrir de tres formas. Se puede depositar el voto en un buzón normal, que se recoge y procesa según los tiempos habituales del Servicio Postal de Estados Unidos, y llega a la oficina de cómputo de votos. El voto también puede dejarse en un buzón especial, sólo para votos, cuyo contenido se recoge y entrega diariamente en la oficina de cómputo. Finalmente, se puede ir a dejar personalmente a la oficina de cómputo. Una vez que llega ahí por cualquiera de las vías, el sobre pasa por otro proceso para verificar la identidad del remitente y que tenga derecho a votar. Además, las leyes estatales difieren en cuanto a los momentos en que pueden dejar de recibirse votos postales y en que pueden comenzar a contarse (en ambos casos, puede ser antes, durante o después de la jornada electoral). Por ello, se hacen cuellos de botella.

La falta de certeza en los resultados y la polarización no son únicamente en la elección presidencial. En esta ocasión, también se renuevan un tercio del Senado (ahora con mayoría republicana de 53%) y la Cámara de Representantes completa (ahora con mayoría demócrata de 53%). Aunque ya hay información para escaños particulares, ningún medio ha proyectado al partido que tendría la mayoría en cada cámara. De nuevo, hay lugares muy competidos cuyos resultados hasta el momento impiden hacer estimaciones sobre resultados finales. Pero la tendencia parece sugerir que se mantendrán ambas mayorías. Un Congreso dividido, como ha pasado con Trump, podría complicar mucho la vida del presidente, sea quien sea que resulte electo.

Mientras tanto, hay algunos resultados notables. Por ejemplo, Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar, Ayanna Pressley y Rashida Tlaib obtuvieron una cómoda reelección. Todas ellas llegaron por primera vez a la Cámara de Representantes en la elección de hace 2 años, son jóvenes, se han distinguido por posturas “progresistas”, algo cercanas al grupo que representa Bernie Sanders, y tienen antecedentes familiares fuera de Estados Unidos. En el Senado, Sarah McBride es la primera integrante abiertamente transgénero de esa cámara. Es decir, parece que se consolida un mejor reflejo en el Congreso de la diversidad social estadounidense.

Esas viñetas del proceso electoral (una alta participación por correo y presencial, el cómputo cuidadoso -y laborioso- de esos votos, el Congreso como contrapeso al poder ejecutivo, el poder judicial como autoridad para las impugnaciones que se presenten) sugieren que la democracia estadounidense, al menos en su aspecto electoral, funciona como tendría que funcionar. Por esa parte, la primera elección de Washington no es tan lejana.

Pero la democracia no se mantiene sólo por la aplicación de las reglas. Como han notado Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en How Democracies Die y Masha Gessen en Surviving Autocracy, el comportamiento de los políticos, particularmente su respeto mutuo, hacia el público y hacia la verdad, son esenciales para una democracia.

En el siglo XXI no sería aceptable, en ninguna circunstancia, que un candidato pagara la borrachera de sus electores potenciales, como lo hizo Washington hace 250 años. ¿Qué es aceptable ahora? Trump, y una buena parte del electorado estadounidense, creen que lo es enjaular a migrantes sin papeles y torturarlos mediante histerectomías forzadas (no la implementación estricta de las leyes migratorias), tratar de humillar a los oponentes señalando lo que se quiere creer son sus debilidades físicas y mentales (no debatir con el contrincante) y abusar de la fuerza reprimir manifestaciones contra los abusos raciales de la policía (no mantener el orden). Trump podría no ganar la presidencia y dejar la vida pública. Pero quienes lo apoyan no dejarán de ser ciudadanos. Ellos ganaron hace 4 años. Otra parte del electorado estadounidense considera que eso no es aceptable, y está tratando de hacerlo valer mediante las elecciones. Podrían no ganar este año, pero seguramente volverían a intentarlo en otros 4.

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