lunes, septiembre 24, 2018

Entre la resignación y la desesperanza algunos sectores de la sociedad vaticinan desde hace semanas ya la inminente llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de la República en su tercer intento; como último recurso y para conjurarlo, las clases privilegiadas del país y parte de la comentocracia afín echaron su resto llamando a pensar en el futuro; en conservar lo que se tiene a riesgo de perderlo; empero hay varios factores que hay que entender para que la indeseable (para ellos) victoria se concrete el 1° de julio. Lo primero, que todos somos responsables de lo que resulte.

Partamos si es posible de supuestos más o menos objetivos y en los que nadie, independientemente de su preferencia política, podría estar en desacuerdo:

AMLO en términos generales es el mismo candidato de 2006 y 2012.

Si acaso se asoma un poco de mesura de su parte, ello puede atribuirse más a cuestiones de madurez que los años dan; más que a una estrategia política. AMLO es el mismo solo que más viejo.

Si esto es así, ello quiere decir que mientras que él no ha cambiado sí lo ha hecho el país y para peor; pues desde 2006 a la llegada de Calderón se ha convertido en un lugar cada vez más hostil y donde el Presidente Peña Nieto no lo ha hecho menos, recetando además, sendas bofetadas a la sociedad con el florecimiento, como nunca, de gobernadores y servidores públicos cuya ideología abreva de la cleptocracia.

Luego entonces podríamos decir que los grandes estrategas que tienen a AMLO hoy a las puertas de la máxima magistratura del país son sus propios adversarios políticos; la campaña que se le achaca al tabasqueño desde principios de siglo como Jefe de Gobierno del D.F. ha sido pavimentada por los gobiernos del PAN y del PRI que orillan a elegir a un candidato cuya mayor virtud es no ser del PRI o del PAN; por tanto su elección será el castigo para los partidos que ideológicamente se confunden en el epítome del PRIAN.

El voto de castigo

En la primera transición en el 2000 Fox (PAN) llegó a la presidencia tras haber sembrado esperanza; no hay sin embargo que olvidar que buena parte de su victoria fue un “ya basta” a los gobiernos ininterrumpidos del PRI en la Presidencia. En 2006, tras el fiasco que representó el gobierno foxista que se dedicó a administrar la crisis en condiciones económicas muy favorables, estuvo cerca AMLO de cosechar el desencanto; era entonces la continuidad del panismo frente a la desaprobación del guanajuatense; la laxitud legal hizo que se tambalearan las instituciones con la propaganda negra patrocinada desde la iniciativa privada apoyando a Calderón; “haiga sido como haiga sido” éste se impondría por un apretado margen de poco más de medio punto porcentual. En 2012 Peña Nieto, y no AMLO, fue el ariete que fustigó los gobiernos de la “docena trágica” panista; con una campaña anticipada desde la gubernatura del Estado de México apelando a su guapura y a la leyenda urbana de que los del PRI con todo y sus defectos sí sabían gobernar; la afinidad entre el PRI y el PAN alcanzó para que la candidata panista, Josefina Vázquez Mota, fuera abandonada a su suerte por parte de los suyos, cayó al tercer lugar y el mejor posicionado EPN ganó las elecciones con un margen inobjetable, más de 6 puntos porcentuales frente al tabasqueño; cabe apuntar que esta vez no hubo plantones de protesta; lo mismo que la nueva transición, ahora con el PRI de vuelta, no generó júbilo en las calles como doce años antes. Ahora en 2018 no se trata de una candidatura que destaque por distinta o novedosa sino porque la de AMLO representa ese castigo a los gobiernos precedentes del PRI y sus escándalos mayúsculos así como los del PAN. Es por ello que tanto Meade y Anaya nunca pudieron trascender a su patrocinio el primero y su biografía el segundo.

El peligro para México

Que AMLO podría ser un peligro para México sigue en el ámbito de la hipótesis; es una posibilidad muy bien alimentada si se atiende a la biografía de sus recientes aliados en ámbitos del magisterio y sindical principalmente así como de grupos ultra conservadores. No obstante esto no parece alcanzar para disuadir a una población que otorga más peso a los agravios cometidos que los por cometer y no porque él mismo se conciba como la cuarta transformación del país después de la Independencia, la Reforma y la Revolución. Yo creo que este país requiere de grandeza; quien lo quiera gobernar debe sentirse capaz para ello y abonar en la mística nacionalista; el peligro sin embargo per sé es parte de la cotidianidad; en todo caso por qué monopolizarlo en los gobiernos precedentes que han dilapidado y minado las instituciones de este país; cooptando todo espacio de poder y convirtiendo a funcionarios de alto rango, en los tres órdenes de gobierno, en correas de transmisión de grupúsculos sin más guía e ideología que sus intereses personales.

Dicen bien que el poder corrompe pero que el poder absoluto corrompe absolutamente; quién duda que un poder omnímodo se ha apoderado de este país y que ha sembrado el camino para que otro pueda llegar así sea sobre la premisa del beneficio de la duda.

Ante la inminencia del temido triunfo del cambio de sistema los partidos oponentes echarán su resto y en los últimos días veremos que todo se vale con tal de no perder; si ese miedo tuviera algo de propósito, la pronta oposición toda votaría, en lo que le queda de vida a la legislatura del Congreso de la Unión, por la designación, por ejemplo, del fiscal anticorrupción; una figura autónoma que se impusiera a la llegada de un poder absoluto; ese podría ser el gran legado y acto de patriotismo que podría lavar un poco la cara de quienes hasta hoy tan mal han hecho al gobernar.

COLUMNAS

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