Viernes 19 de enero de 2018 7:15 am
NOTA DE LA SEMANA

Cuba, elecciones de Estado

Marianna Lara*

El proceso electoral cubano se inició a finales de 2017, justo un año después del primer aniversario luctuoso de Fidel Castro, con las elecciones para delegados municipales del poder popular (concejales), y concluirá el 24 de febrero, cuando se elija a los diputados que conformarán la Asamblea Nacional del Poder Popular.

A diferencia de los procesos anteriores, en este último existe expectativa sobre quién será elegido por la Asamblea Nacional como presidente del Consejo de Estado, quien a su vez es jefe de Estado y de Gobierno de la República. Desde la Revolución de 1959, los hermanos Castro, Fidel y después Raúl, han gobernado la isla. Sin embargo, el actual presidente ha dado señales de que no buscará su reelección. De ahí la expectativa. Pero ¿expectativa de quién y de qué? Para dar respuesta a estas interrogantes, hay que considerar tres aspectos: el sistema político-electoral, los actores y los factores.

Cuba tiene un sistema político-electoral indirecto y semipresidencial. Las elecciones son organizadas por el Estado, principalmente por el Partido Comunista (PC). Los poco más de ocho millones de votantes empadronados eligen a los concejales por voto directo. De esta manera, las recién conformadas Asambleas Municipales por los concejales eligen a los diputados de la Asamblea Nacional, quienes a su vez eligen a las altas autoridades, incluido el presidente del Consejo de Estado,  por un periodo de cinco años. Para ser candidato a cualquier puesto (concejal o diputado), el ciudadano tiene que ser avalado por el PC, mediante la Comisión de Candidaturas del Consejo de Estado. Los candidatos no hacen campaña, las comisiones del Consejo de Estado difunden las propuestas y el Estado brinda los recursos para ello.

Raúl Castro anunció que se retiraría del gobierno en febrero de 2018,  lo cual ha generado expectativas en Cuba y la comunidad internacional sobre quién sucederá a los Castro. En el mapa político cubano figuran siete actores, dos de ellos hijos de Raúl, los posibles sucesores: Mariela Castro Espín, directora del Centro Nacional de Educación Sexual; Alejandro Castro Espín, jefe del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional; Miguel Díaz Canel, primer vicepresidente del Buró Político del Comité Central del PC; Gerardo Hernández Nordelo, vicerrector del Instituto Superior de Relaciones Internacionales; José Ramón Machado Ventura, segundo secretario del Buró Político del PC; Marino Murillo Jorge, ex ministro de Economía; y Bruno Rodríguez, ministro de Relaciones Exteriores.

Si bien existe una oferta de actores que se perfilan como futuros presidentes de Cuba, ninguno de ellos ha manifestado un replanteamiento del modelo político y económico. Evidentemente no lo harán, el régimen es cerrado, hermético, no permite la pluralidad política, que se considera disidente y sin personalidad jurídica.

En democracia, en condiciones de libertades, pluralidad política y reglas electorales que promueven la equitativa contienda, existe expectativa sobre quiénes conformarán el siguiente gobierno. El proceso electoral, desde el punto de vista del ciudadano, implica, entre otros aspectos, conocer las propuestas de los distintos candidatos mediante espacios libres de diálogo.

Sin embargo, en un régimen de partido único el resultado es predecible. En el caso cubano, el proceso electoral es un mero procedimiento más para legitimar al partido y la Revolución. En febrero cambiará quien ocupe la jefatura de Estado, el poder seguirá concentrado en la misma estructura, en el PC. Incluso, se cree que la figura del próximo jefe de Estado estará opacada por la sombra de Raúl Castro. Fidel cedió la Presidencia a su hermano Raúl, y mientras tuvo lucidez continuó gobernando la isla. Así sucederá con Raúl, ostentará y ejercerá el poder de facto, aunque de jure radique en alguien más. Entonces, ¿por qué habrían de levantarse expectativas sobre el nuevo presidente en un sistema político-electoral controlado por el Partido Comunista? ¿Por qué estas elecciones resultan relevantes más allá de que alguien con apellido distinto a Castro ocupe la Presidencia?

La expectativa se origina en los actores y en cómo se desempeñarán en un escenario internacional desfavorable para la causa revolucionaria cubana, comparado con el que había hace cinco o diez años, en las elecciones presidenciales pasadas. De los actores, el único candidato que pertenece a la generación histórica de la Revolución es José Ramón Machado; en este sentido, hay expectativa de que los otros, si bien hoy conforman y replican el sistema, podrían forjar cambios desde arriba, ya que por su generación podrían tener una mentalidad distinta; así, existe la posibilidad de la renovación de régimen y un cambio político, lo cual únicamente se sabrá a la hora de que ejerzan el poder de jure y de facto. Esta expectativa crece a medida que se descartan candidatos. Al parecer, es altamente probable que Ramón Machado no resulte electo. Si bien no está escrito en la Constitución, el presidente Castro, al igual que limitó los mandatos presidenciales a diez años, indicó que debía haber una edad límite para desempeñar cargos de dirección. En este sentido, los otros seis candidatos, todos en sus cincuenta y tantos años de edad, se convierten en opciones más factibles.

Así como la edad se vuelve un factor de decisión, también lo es el apellido. En política nada está escrito en piedra, pero entre señales, los hijos de Raúl han dejado ver que no están interesados en suceder a su padre. De esta manera, quedan cuatro candidatos: Miguel Díaz Canel, diputado cercano a Castro; Gerardo Hernández, especialista en inteligencia y ex prisionero en Estados Unidos; Bruno Rodríguez, artífice del acercamiento de Cuba con el Papa y el relanzamiento de las relaciones con Estados Unidos durante la administración del presidente Barack Obama; y Marino Murillo, artífice de la “actualización” del modelo económico cubano. Los últimos tres tienen un historial distinto al de Raúl, lo cual alimenta la expectativa sobre un cambio en la economía y la política de la isla.

Por otro lado, la expectativa de renovación del régimen en un mediano plazo también proviene de factores externos. El escenario internacional podría influir en la continuidad o ruptura del régimen.

En el caso de los Castro, en específico durante la transición entre Fidel y Raúl, la coyuntura internacional permitió la continuidad. Pero ahora existen otras condiciones. No es lo mismo tener a Obama como presidente de Estados Unidos, con una política exterior liberal internacionalista, que a Donald Trump con una política exterior (anacrónica) que busca el aislamiento. No es lo mismo tener una Venezuela ejerciendo una diplomacia petrolera en el Caribe en un contexto de altos precios internacionales del crudo, que en un contexto de precios bajos. No es lo mismo contar con el apoyo de Rusia   y China cuando sus economías crecen que cuando se desaceleran e incluso se estancan. Tampoco es lo mismo un país sin internet que con internet, aunque sea limitado y controlado.

La combinación de actores y factores puede jugar a favor o en contra del régimen que lleva vigente casi 60 años. A pesar de que el partido norma y controla todas las estructuras del sistema político-electoral en Cuba, estas elecciones ameritan atención y seguimiento, ya que, sin duda, hay expectativa de cambio en el mediano plazo.

Habrá que ver cómo se van acomodando las fichas y el tablero mismo.

* Maestra en Política Comparada por la London School of Economics and Political Science.
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