martes, mayo 22, 2018

No por nada con frecuencia se acepta por sinónimo de campaña electoral, el de contienda. Vocablo que, en su primera acepción –según el diccionario–, significa lidia, pelea, riña o batalla.

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En cuanto arranca una campaña o contienda electoral, partidos y candidatos se esmeran en marcar cuán distintos son uno de otro. En esa arena y en ese momento, las coincidencias entre unos y otros se borran o diluyen. Así sea de manera real o artificial, eso ocurre. El empeño se concentra en subrayar las diferencias y, de ser necesario, en colocarse el cuchillo entre los dientes. Se genera, entonces, la incertidumbre en torno al resultado final de la contienda. Ese tramo del proceso electoral, esa incertidumbre –sobre todo, cuando hay competencia entre los contendientes– los analistas la califican como síntoma de salud de una democracia. Es la sana incertidumbre, dicen.

Durante la campaña, el electorado rebota en la duda. No es para menos, de elegir se trata. Y, en esa tesitura, menester es comparar y contrastar las ofertas y, por lo mismo, distinguir una de otra y, en su momento, privilegiar alguna de ellas con el voto. Sufragio que, en principio, tras emitirse y contarse, debe arrojar por principal resultado –más allá del ganador– el de la certeza política, la noción de lo que podrá ocurrir en el porvenir mediato, por cuanto que el electorado ha tomado una decisión.

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El problema viene cuando, en una democracia, se pasa de la incertidumbre electoral a la falta de certeza política.

Más de una vez, esa conclusión ha caracterizado a las elecciones mexicanas. Candidatos y partidos muestran destreza, bien o mal habida, para ganar elecciones, pero no habilidad y condición para conquistar gobiernos. Acceden al poder para no ejercerlo. Y, en la contraparte, la oposición no siempre digiere la derrota ni se apresta apoyar al ganador a partir de la resistencia. Las elecciones así definen, pero no aseguran.

Sea producto del mal diseño del entramado jurídico que norma la contienda, de la falta de solidez e imparcialidad de quienes encabezan las instituciones que administran o sancionan de cabo a rabo el proceso electoral, de la tentación gubernamental de intervenir en los comicios a favor su partido más allá del límite establecido o, incluso, de la inmadurez de partidos y candidatos concursantes, la jornada electoral y la calificación de ésta no concluye en la imprescindible certeza política que todo país requiere para tomar o retomar su curso.

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El concurso electoral de estos días se perfila en la dirección señalada, amenaza con pasar de la incertidumbre a la falta de certeza e inquieta que, al concluir la contienda, surja otra vez una administración, incapaz de constituirse en gobierno.

Se podría decir, entonces, que a lo largo del siglo el país ha realizado cuatro elecciones pero no ha consolidado un solo gobierno.

René Delgado

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