Mano de obra legislativa

Ante tanta angustia, temor e incertidumbre provocada por el desenlace del concurso electoral, la clase política –en particular los futuros legisladores– debería estar serena y de plácemes, a partir de una certeza: el fiasco de la reforma político-electoral ¡va a generar empleos! Vamos, demandará mano de obra legislativa.

El mazacote legislativo, presentado con el título de una reforma estructural y el subtítulo de un galimatías, terminó por desvertebrar el régimen electoral que, aun con marchas y contramarchas, se había logrado construir a partir de 1994.

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La práctica de canjear una reforma estructural por otra y, en ese esquema, dar manga ancha sin mano firme a la tarea legislativa engendró un problema descomunal en su vertiente electoral.

Recargar de tareas al órgano electoral sin darle el marco jurídico completo y adecuado, gestó a una carambola no de tres, sino de múltiples bandas.

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Las lagunas jurídicas llevaron al Instituto a pretender colmar el vacío con acuerdos y reglamentos que, a la postre, lo confrontó con el Tribunal Electoral, haciendo de las diferencias entre consejeros y magistrados la norma de su relación y restándole autoridad y legitimidad ambas instancias.

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La idea de acortar la duración de la temporada electoral resultó inversamente proporcional al cometido.

Los noventa días de campaña resultaron sumar, incluida la precampaña y la intercampaña, la friolera de más de medio de año actividad. Casi ocho meses.

Y de la disminución del gasto, mejor ni hablar.

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El estreno de las candidaturas independientes a la Presidencia de la República, lejos de garantizar el derecho ciudadano a ser votado, resultó paracaídas de militantes en desacuerdo con su partido original.

En condición ciudadana pero ansiosos por mantenerse en la palestra, ex militantes partidistas se valieron del nuevo recurso y en vez de reivindicar la política, importaron los vicios y las manías de los partidos que han alejado a estos de la ciudadanía.

Los candidatos presidenciales independientes con mayor notoriedad pervirtieron el recurso a la hora de estrenarlo… y, absurdo, ningún ciudadano aparecerá en la boleta, al menos en lo tocante a la elección presidencial.

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La intención de ampliar el periodo de gobierno a partir de homologar la fecha de elecciones federales, estatales y municipales, sin calcular debidamente los efectos colaterales generó un doble efecto colateral inquietante.

Por un lado, los comicios concurrentes complicaron la tarea de organizar, controlar y vigilar el proceso por parte del Instituto Nacional Electoral. El número de posiciones en juego rebasa la capacidad de cumplir debidamente con la función. Por otro lado, jugarse en una sola partida un sinnúmero de posiciones y poderes de distinto calibre hizo aún más encarnizada la lucha por el poder.

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Deshacer el mazacote legislativo y rediseñar el régimen electoral, sin duda, es la mayor y principal certeza derivada de la incertidumbre. La clase política tendrá empleo al emprender la reforma de la reforma político-electoral que, siendo estructural, parió un instituto desvertebrado.

René Delgado

COLUMNAS

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