Viernes 19 de enero de 2018 7:14 am
NOTA DE LA SEMANA

Populismos

Jorge Alcocer V.*

Cuando hablamos de populismo, ¿a qué nos referimos? Retomo el hilo de lo que decía María Marván, ¿es lo mismo el populista Trump que el populista Maduro de Venezuela?, ¿caben los dos en el mismo saco?, ¿podemos usar el concepto igual para la derecha que para la izquierda?, ¿hay solo personajes populistas o también hay partidos populistas? Necesitamos interrogar el concepto y para eso debemos recurrir a los clásicos.

En su Diccionario de política, Norberto Bobbio expone lo que se entiende por populismo: “Pueden ser definidas como populistas aquellas fórmulas políticas por las cuales el pueblo, considerado como conjunto social homogéneo y como depositario exclusivo de valores positivos, específicos y permanentes, es fuente principal de inspiración y objeto constante de referencia. Se ha dicho que el populismo no es una doctrina precisa sino un ‘síndrome’. En efecto, al populismo no le corresponde una elaboración teórica orgánica y sistemática. Ordinariamente el populismo está más latente que teóricamente explícito. Como denominación se adapta fácilmente, no obstante, a doctrinas y a fórmulas articuladas de manera diferente y divergente en la apariencia, pero unidas en el propio núcleo esencial por la referencia constante al tema central y por la contraposición encarnizada a doctrinas y fórmulas de derivación distinta”.

Prosigue Bobbio:

“Las definiciones de populismo padecen de la ambigüedad conceptual que el mismo término conlleva. Para Peter Wills, es ‘todo credo y movimiento basado en la siguiente premisa principal: la virtud política reside en el pueblo auténtico que constituye la mayoría aplastante, y en sus tradiciones colectivas’; para Lloyd-Fallers el populismo es ‘una ideología por la cual la legitimidad reside en el pueblo’; para Peter Worsley el populismo es ‘la ideología de las peque-ñas gentes del campo amenazadas por la alianza entre el capital industrial y el capital financiero’; para Edward Shils el populismo ‘se basa en dos principios fundamentales: la supremacía de la voluntad del pueblo y la relación directa entre pueblo y liderazgo’.”

“El pueblo es asumido como mito, más allá de una exacta definición terminológica, a nivel lírico y emotivo. El populismo tiene de ordinario una matriz más literaria que política o filosófica y, en general, sus realidades históricas están acompañadas o precedidas por iluminaciones poéticas, por un descubrimiento y por una trasfiguración literaria de reales o supuestos valores populares; por ejemplo, la poesía de Walt Whitman en Estados Unidos, los eslavófilos en Rusia, la generación del 98 en España, Strapaese en Italia.”1

Recuperemos una idea central de lo que nos dice Bobbio: lo que hace el populismo es reivindicar al pueblo como depositario de la verdad, es decir, “si invoco al pueblo, tengo la verdad”, porque por definición el pueblo es, primero, la mayoría. Aunque parezca obvio, justo la fuerza de la obviedad es lo que tiene impacto: “invoco al pueblo porque es el depositario de las virtudes frente al resto, los que no son el pueblo”. Se trata de una visión casi religiosa.

La postura básica es que hay buenos y malos. Por descontado, los buenos están en el pueblo, y entonces el discurso cobra tintes entre religiosos y míticos: “no necesito explicar más porque el pueblo me da la razón, me ilumina”, es decir, el pueblo como el criterio de verdad. Este es el problema para ubicar el populismo y la razón por la cual no es tan sencillo usar el término igual para ensalzar que para criticar. Pero no siempre fue así, no todos los populismos son los de hoy; de hecho la palabra viene de muy atrás, así que de nueva cuenta hay que preguntarnos si el concepto nos sirve para entender la realidad actual o simplemente la distorsiona.

Por ejemplo, cuando el sociólogo argentino Ernesto Laclau estudió los fenómenos del populismo en América Latina en los años treinta y cuarenta, ¿a cuáles regímenes ubicó como populistas? El de Lázaro Cárdenas en México, el de Juan Domingo Perón en Argentina y el de Getulio Vargas en Brasil. Cárdenas, Perón y Vargas. ¿Tendrán algo que ver estos tres gobernantes de la historia latinoamericana con Donald Trump? ¿El concepto de ayer servirá para explicar el fenómeno de hoy? ¿O más bien lo estamos utilizando para descalificar, no para calificar; para ofender, no para entender? Eso me preocupa del uso tan ligero del adjetivo “populista”. Y si nos acercamos a nuestra época, para nosotros populistas eran Luis Echeverría o José López Portillo. ¿Sería el de ellos el mismo populismo que el de los años treinta y cuarenta? Parece que no.

Y hoy, ¿de qué populismo hablamos? ¿A quiénes calificamos de populistas? Repito, ¿es lo mismo Donald Trump que Nicolás Maduro?, ¿son lo mismo Marine Le Pen de Francia y López Obrador? A este último, ¿hay que incluirlo en la misma categoría? Yo creo que no.

Si el concepto es tan evanescente que igual cabe el roto que el descosido, entonces algo está mal en el concepto y por lo tanto en nuestra clasificación. Podría convenir en que Andrés Manuel López Obrador sea calificado de populista, no como ofensa sino como un concepto politológico y sociológico, porque para este personaje de la vida política de nuestro tiempo, el pueblo es el que tiene la razón. La invocación al pueblo es el eje del discurso lopezobradorista y se complementa perfectamente con otra noción que en mis tiempos de debate con él yo consideraba de la manera que expongo a continuación.

Eran los finales de los años ochenta y principios de los noventa y en México la izquierda había pasado casi sin tocar baranda –como dicen los que juegan billar– del marxismo-leninismo al lopezobradorismo y a su expresión teórica, que es el “pobrismo”: “primero los pobres, los pobres son los que tienen la razón, los pobres son la fuerza motriz de la historia y del cambio”. De la idea de la clase obrera como núcleo del cambio político, como la habíamos visto en la izquierda, en México esa otra izquierda pasó a profesar que los pobres son el  núcleo fundamental que hará los cambios. Posiblemente allí estemos ante una versión autóctona del populismo.

Hay que discutirlo con seriedad. Quienes están a favor de esas nociones y quienes las criticamos, debemos sentarnos a debatir con respeto, empezando por intentar una clasificación que evite la descalificación. Discutamos si de verdad podemos construir un mundo mejor a partir de la simplificación, a partir de la exclusión y de vender una idea casi religiosa, porque si el pueblo tiene la razón y dentro del pueblo los mejores son los pobres, creo que mal andamos en una visión de un México con modernidad, con democracia y con respeto a las libertades.

La idea del populismo que hace del pueblo el depositario de todas las virtudes, y de los que no estamos ahí, voceros de todos los males, es simplista, dicotómica, y en nada ayuda a entender los retos de hoy. De allí que yo no crea que podamos usar el término sin más para colocar por igual a Trump que a López Obrador. Necesitamos una discusión de fondo; mientras tanto, tomemos con cuidado el concepto. Para terminar, diré que me parece que hay que superar la postura que hace del populismo una simple conducta de reparto de bienes entre los necesitados. Repartir despensas, electrodomésticos o útiles escolares para pedir el voto no es populismo, es una vulgar compra y coacción del voto; no demos categorías sociológicas a lo que no lo tiene.

Dos preguntas

¿Tenemos instituciones consolidadas para hacer frente a liderazgos populistas?
No sé si tengamos instituciones muy consolidadas, porque las hemos desgastado tanto, les hemos pedido tanto, que de pronto creo que son vulnerables y tenemos que fortalecerlas para evitar que la tentación populista –en el sentido que aquí le hemos dado entre todos– vulnere la democracia representativa y a las propias instituciones. Pero veo una fortaleza en otros factores: el populismo tiene su límite en la irresponsabilidad a que conduce en diversos ámbitos, por ejemplo en la economía. De eso vaya que sabemos en México. ¿Cuándo terminó la irresponsabilidad del gobierno de López Portillo, que según su dicho iba a administrar la abundancia? Terminó cuando las finanzas públicas no soportaron más el gasto. ¿Dónde termina el populismo? Allí donde su irresponsabilidad desencadena crisis económicas y desastres en las finanzas públicas.

¿El presidente Donald Trump podría desmantelar el sistema de pesos y contrapesos en Estados Unidos?

Espero que no, que antes de que Trump se acabe al Congreso y a la Suprema Corte ocurra una de dos cosas. Primera, que termine su mandato y no le dé tiempo. La segunda –que no descarto– es que ante la serie de desatinos y la incertidumbre que causa un presidente como Trump, y ante la violación evidente de las más elementales reglas democráticas en que incurrió durante la campaña, el Congreso sea capaz de usar los mecanismos que la democracia estadounidense tiene para enfrentar a las amenazas contra sí misma. Recordemos que en Estados Unidos ha habido varios casos de impeachment al presidente (lo que nosotros llamamos “juicio político”) por violaciones graves a la Constitución o por faltar a sus deberes como gobernante.

Más que de populista, cabe calificar la conducta de Trump de antipopular, autoritaria y antidemocrática. Espero que las instituciones de Estados Unidos en primer lugar y la comunidad internacional en segundo lugar sean capaces de ponerle un dique a esa conducta que amenaza a todos. Creo que hoy el mundo tiene un adversario común, se llama Donald Trump, y la democracia puede fortalecerse también frente a ese tipo de amenazas.
Terminaría diciendo que cuidemos la invocación al pueblo, esa idea de una superioridad moral incuestionable, donde veo el mayor riesgo para la democracia y para la política.

Finalmente, todos los populismos, sean de izquierda o de derecha –no sé si los haya de centro, pero independientemente de su signo–, entrañan siempre conductas intolerantes, que ni siquiera están de acuerdo en admitir que el otro podría tener la razón. Más nos vale, vigilemos al populista que todos llevamos dentro.

* Director de la revista Voz y Voto.
Versión de la conferencia impartida en el “Primer seminario internacional para repensar el futuro ante la era Trump”, organizado por el Partido Nueva Alianza, el Atlantic Council y la Fundación Ortega y Gasset, en la antigua sede del Senado
1 Bobbio, Norberto y Nicola Matteucci (1991). Diccionario de política. México: Siglo XXI Eds., pág. 1247.
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