Aunque hace semanas el rumor corría en los mentideros de la política, el miércoles 2 de mayo por la noche un temblor sacudió los viejos edificios de la sede nacional del aún más viejo PRI en la Ciudad de México (Insurgentes Norte esquina con Violeta). Enrique Ochoa Reza, el primer presidente del PRI que antes había negado, bajo protesta de decir verdad, estar afiliado a ese partido, fue cesado del cargo por quien ahí lo puso.

Sin guardar las apariencias ni las formas, la prensa fue convocada para la despedida, con pena y sin gloria, del señor Ochoa, la auto presentación del ex gobernador de Guerrero René Juárez, como encargado del despacho de la presidencia del PRI y el mensaje del candidato presidencial, José Antonio Meade, en el papel de porrista de sí mismo.

Se rumora que la llegada del también ex subsecretario de Gobernación con Osorio Chong causó en el PRI la misma sorpresa que haber visto un eclipse de luna a esa hora, y un entusiasmo similar al que despertaban las arengas de Enrique Ochoa, capaz de hacer dormir al matraquero más fervoroso.

Solo falta que se reúna el Consejo Nacional del PRI para las exequias anticipadas.

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