lunes, julio 23, 2018

René Delgado

Más allá de la conclusión del concurso electoral prevalece, una duda: ¿cómo queda la política?
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La interrogante no la despeja el resultado porque, incluso, está por verse si el ganador, aun con la victoria electoral en el bolsillo, conquista o no el gobierno y cuánto tiempo tomará la recuperación y la convalecencia de los perdedores. Vamos, falta por ver si los pilares de la democracia tienen la solidez necesaria para sostenerla y repararla.
Ante la crisis por la cual atraviesan el gobierno y los partidos y en previsión del concurso electoral se echó mano de recursos que, en principio, deberían atemperar esa circunstancia. Hoy, sin embargo, no queda claro si la aplicación de esas herramientas atemperó o profundizó esa crisis. A título de mera ilustración, unos ejemplos.
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Homologación de la fecha electoral. En la idea de ensanchar el periodo y margen de gobierno, nada mal sonaba concentrar el mayor número de comicios en una sola jornada. Así, la acción de gobierno no se vería contaminada, afectada, chantajeada o distraída por los procesos electorales estatales o municipales salpicados en el calendario a lo largo del sexenio.
Buena la idea, no se calculó un efecto colateral. Al jugarse en una sola fecha infinidad de posiciones, la conclusión puede colocar en una desastrosa circunstancia a los perdedores, sobre todo, si el arrastre de un candidato o partido provoca un voto en línea, dejando a la intemperie a los otros concursantes.
Cierto, no todo se gana ni se pierde en una elección, pero cuando es mucho lo que está en juego, la derrota supone una enorme dificultad para reponerse, convalecer y concursar de nuevo.
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Independientes y simpatizantes. A fin de animar la participación ciudadana en la política, el gobierno y los partidos ampliaron, no sin trampas, los canales de participación y, ¡sorpresa!, la consecuencia fue –por decir lo menos– curiosa.
En la escala presidencial, ningún independiente pudo aparecer como candidato en la boleta electoral y sí, en cambio, se beneficiaron del recurso cuadros partidistas emproblemados con la organización donde militaban o habían militado. Los independientes resultaron dependientes. Y lo peor, en mayor o menor medida, trasladaron los vicios partidistas a ese nuevo campo de participación. En esa categoría, el único que logró estampar su nombre en la boleta, Jaime Rodríguez Calderón, hoy debe rendir cuentas de la forma que alcanzó su efímera gloria.
A su vez, conscientes de su desprestigio, los partidos –destacadamente, el Revolucionario Institucional– abrieron a los simpatizantes la posibilidad de postularse a un puesto de elección. El tricolor fue aún más lejos, privilegió a los simpatizantes por encima de los militantes y, ahora, se encuentra en un problema mayor al que pretendía resolver: causó malestar a cuadros y militantes, no cayó bien el simpatizante a la estructura partidista y, ahora, al desprestigio, el tricolor suma el desmadejamiento.
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De la coalición a la desunión. A partir de su debilidad o, si se quiere, del frágil y artificial crecimiento de las organizaciones políticas generado por el subsidio a sus actividades, los partidos perdieron base militante y ciudadana y advirtieron la imposibilidad de alzarse con la victoria por sí solas. Todos los partidos tejieron o inventaron coaliciones que, en la paradoja, en vez de perfilar su ideología y postura, las desfiguró. El pragmatismo fue la divisa de las alianzas.
Sin imaginar el enredo supuesto en integrar un gobierno con socios desasociados, el laberinto mayor es de los partidos que, derrotados, entrarán en pleito por los restos del naufragio. Es difícil imaginar el paisaje después de la batalla, cuando lo que se ve venir es una guerra intestina en los partidos derrotados.
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De la política patrimonial a la familiar. Quizá, por el calor y la intensidad de la refriega electoral, desapercibido pasó un asunto: el recrudecimiento de la endogamia política que en vez abrir, cierra aún más la participación.
Si antes se criticaba el concepto patrimonialista y excluyente de la política por parte de los interesados en el poder y la regencia de los asuntos públicos, ahora no tuvieron empachó en imprimirle un sello monárquico y familiar. Si el círculo de participación política era estrecho, lo hicieron más cerrado.
No era infrecuente toparse con linajes y dinastías en el quehacer político, ahí está el gobernador del Estado de México, Alfredo del Mazo, cuyo padre y abuelo ocuparon el Palacio de Gobierno donde él ahora despacho. No era inusual, pero tampoco costumbre. Hoy, sin embargo, la práctica de impulsar, apoyar y amparar las ambiciones de poder de la esposa, el hermano, el hijo o el nieto se recrudeció.
La ley no prohíbe la endogamia política, pero cómo exigirle rendir cuentas al antecesor, si se trata del papá, la esposa, el hijo o el hermano.
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Por eso y por lo que viene, vale preguntar: Y la política… apá, ¿dónde queda?

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