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Por: Omar Cepeda Castro*

Así como la historia del mundo dio un giro hace veinte años tras los ataques terroristas orquestados por Al Qaeda en territorio estadounidense, nuevamente en este 2021 se vive una reestructura dentro de las relaciones internacionales, aunque hacia un rumbo incierto, tras la retirada del ejército estadounidense de Afganistán y al permitir que los talibanes lo gobiernen.

Desde que los soviéticos abandonaron Afganistán a finales de la década de los 80, derrotados por los muyahidines con apoyo armamentista de Estados Unidos, los talibanes comenzaron a trazar su existencia entre dos realidades, primero, ante un estado fallido supeditados a guerras civiles, y segundo, bajo una fecunda cuna de terroristas.

La sociedad, mientras tanto, se replegaba entre el hambre, el miedo y el abandono. Las mujeres y niñas eran quienes más horrores enfrentaban con prohibiciones irracionales y vejaciones constantes. La sociedad se fue desintegrando en un territorio azolado y sin esperanzas.

Los talibanes se formaron a partir de 1994 por excombatientes de la resistencia afgana que lucharon contra la ocupación de la Unión Soviética entre 1979 y 1989. Desde ese entonces, han buscado imponer la retrógrada ley islámica y eliminar cualquier tipo de influencia extranjera, por ejemplo, la música, el cine o programas de televisión. Gobernaron de 1996 a 2001, después de cuatro años de una violenta guerra civil que dejó más de cien mil muertos.

Mientras tanto, los grupos político-religiosos tribales, comenzaron a desarrollar un férreo y radical credo en contra del occidentalismo, canalizado en decenas de células terroristas, entre ellas, Al-Qaeda, liderada por Osama bin Laden, quién con su liderazgo, visión estratégica, y recursos económicos, logró consolidar alianzas con talibanes y jóvenes generaciones dispuestas a morir por la causa.

Las amenazas terroristas se incrementaron contra intereses occidentales y el gobierno de Estados Unidos, a través de sus agencias de inteligencia, no pudo descifrar todas ellas. Después de una planeación milimétrica y ultra secreta, se dieron los inconmensurables ataques contra las torres gemelas del World Trade Center, en el corazón financiero de Nueva York, y en el armazón de la seguridad nacional, el Pentágono, asentado en el estado de Virginia.

Después del 11 de septiembre de 2001 se redefinieron varias realidades: la vulnerabilidad de occidente ante el terrorismo como una nueva forma de guerra; la consolidación de una ideología islamista radical cuya forma de ejercer el poder queda fuera de la dinámica occidental basada en impulsar sistemas democráticos; y finalmente, la consolidación de que el mundo se encontraba transitando de un mundo unipolar a otro multipolar.

Los veinte años que duró la ocupación del ejército estadounidense en Afganistán para combatir infructuosamente a los talibanes significó un desgaste político, económico y social para Estados Unidos. No fue fácil la decisión de Joe Biden de retirar a su ejército de territorio afgano. No obstante, fue entendible no solo porque aceptó que sus objetivos originales estaban desdibujados, sino porque era tal el empantanamiento en el que se encontraban, que no había rumbo ni para atrás ni para adelante: se incrementaban las muertes de la sociedad civil, la de los soldados y el gasto de manera preocupante.

La milicia talibán y la forma de desplegar a sus hombres armados en todos y en ningún lado, simplemente no pudo ser combatida por un ejército regular porque está entrenado para combatir a otros de sus mismas características. La disyuntiva de defender a una sociedad civil vulnerada, y al mismo tiempo enfrentar a otra sociedad civil armada, nunca garantizó un triunfo por más inteligencia que exista de por medio.

Uno de los pocos logros por parte del ejército estadounidenses durante estos veinte años fue lograr la muerte de Osama bin Laden. Constituyó la reivindicación moral del poder estadounidense, a pesar de que para llegar a dar con el terrorista, en Pakistán, también significó la pérdida de decenas de vidas, la inversión de millonarios recursos económicos y frenéticos ejercicios de inteligencia. La recompensa de este parcial triunfo de Estados Unidos fue mandar una señal al mundo, de que independientemente de las adversidades, pueden cazar a cualquiera de estos sujetos.

¿Ahora qué sigue? Afganistán, enclavado en el centro de Asia, es abrazado por potencias regionales y globales: al este, con China, comparte setenta y seis kilómetros de frontera. Al sur está India, y entre ellos Pakistán. Al norte Rusia, más alejado que China e India al imponerse Kazajstán, Uzbekistán y Turkmenistán. Y al oeste está Irán, que comparte fronteras directamente. Más allá está la península arábica, donde Arabia Saudita e Irak observan con mucho interés lo que sucede.

Del otro lado del mundo se encuentra Estados Unidos. Del territorio afgano lo separa más de un continente y un océano. No obstante, los intereses geopolíticos y la búsqueda por la supremacía mundial que buscó mantener después del fin de la Guerra Fría, le obligó a orquestar una incursión militar con resultados desastrosos.

Afganistán es un país rico por sus recursos naturales y minerales. Posee oro, cobre, hierro, plomo, zinc, mármol, piedras preciosas y reservas de cobalto y litio que, en la actualidad, son muy cotizados por su uso en la fabricación de baterías para teléfonos celulares o en los pujantes coches eléctricos. Además, en el norte del país se encuentran yacimientos de petróleo y gas natural. Incluso ha habido planes que involucran la construcción de gasoductos, como el llamado TAPI, cuyo objetivo era transportar gas natural de Turkmenistán hasta Pakistán e India, vía Afganistán, un revolucionario proyecto que se quedó en el tintero y que ahora China y Rusia buscarán concretar.

Pero hay que iniciar de cero. Afganistán, en estos momentos, no solo es un estado fallido, sino que no cuenta con infraestructura, servicios, carreteras, aeropuertos. La sociedad vive entre el hambre y la urgencia de comenzar a recibir ayuda internacional. Mientras tanto, los talibanes han comenzado a gobernar con una comunidad internacional dividida y aterrorizada ante la incertidumbre del futuro que les depara y sobre todo, el inimaginable sinsentido de comenzar a dialogar con los radicales islamistas.

Hasta hoy, la economía afgana se desarrolla entre un mercado de armas ilegal y producción de droga sufragada por las más de 300 mil hectáreas sembradas de opio, una de las principales fuentes de financiamiento de los talibanes. Para desarrollar la minería y explotar los yacimientos se requiere de inversiones y entrada de tecnología internacional.

Como si lo anterior no fuera el colmo, ahora el enemigo frontal de los talibanes no son los ejércitos del mundo, sino el grupo terrorista Estado Islámico, que se ha encargado de detonar varios ataques desde que Estados Unidos decidió dejar el país. El más letal fue apenas en agosto pasado cuando murieron 177 personas en el aeropuerto de Kabul, entre el caos generado por la retirada de tropas estadounidenses. Murieron trece soldados, lo que significó duras críticas al presidente Joe Biden. Y es que la decisión que representaba un alivio para los soldados y sus familias de terminar esta larga guerra, se vio ensombrecida por estos sucesos. El resto de las muertes fueron civiles inocentes afganos.

Apenas el 18 de septiembre volvieron a atacar Jalalabad, uno de los bastiones del Estado Islámico, dejando un saldo de al menos tres personas muertas y veintiún heridos, entre ellos, tres civiles y dieciséis combatientes talibanes. El Estado Islámico se ha posicionado como la principal oposición al gobierno talibán, que ahora buscará desestabilizar cualquier intento de gobierno de los aún radicales talibanes. El futuro para este país se prevé como un verdadero desastre por más apoyos económicos que China pretenda otorgar. A finales de julio, el ministro de Asuntos Exteriores chino, Wand Yi, recibió a una delegación talibán de alto nivel, lo que significó el primer brazo legitimador desde la comunidad internacional, y un apoyo de veintiséis millones de euros.

Una de las “recomendaciones” del gobierno chino fue que los talibanes rompan lazos con las fuerzas extremistas. No es el único país que teme que Afganistán se convierta en un santuario de terroristas islamistas, también Moscú ha levantado su voz bajo esta posibilidad que, sin lugar a duda, desestabilizaría a Asia en primer lugar y al resto del mundo, también. Para Estados Unidos solo hay un camino, el de la mesa de negociación. Para ellos, Afganistán dejó de ser una prioridad y, aceptando que el mundo ahora es multipolar, va a compartir el problema con sus pares y dejar en Asia, el problema central.

La ONU, por su parte, a través del Consejo de Seguridad, decidió, el pasado 17 de septiembre, renovar por seis meses su misión política en Afganistán. La resolución, adoptada por unanimidad de los quince miembros del Consejo, busca el “establecimiento de un gobierno inclusivo y representativo” y reclama la “participación plena, igual y significativa de las mujeres, la infancia y las minorías”, pero también “la necesidad de redoblar los esfuerzos para proporcionar una ayuda humanitaria a Afganistán” y la “importancia de la lucha contra el terrorismo”.

Una de las grandes dudas por venir y que ya causan zozobra, es de qué forma se va a ir construyendo y constituyendo el gobierno talibán y el establecimiento de su nuevo emirato, tanto en lo político, como en lo económico, y con qué autosuficiencia irá desarrollando las instituciones correspondientes, qué garantías ofrecerá a su sociedad y qué respeto ofrecerá a los derechos humanos.

Aunque han pretendido difundir intensiones de moderar el trato que han dado a las mujeres, y visualizarse como una fuerza política-militar cohesionada y monolítica, es evidente que fracasará sin la intervención de la comunidad internacional; un gobierno como el talibán que se financia del narcotráfico, y de apoyos privados que buscan desestabilizar el mundo, y sobre todo la preocupación de que permitan que Al-Qaeda regrese a territorio afgano como centro de operación. Según información de inteligencia de agencias estadounidenses, en particular de la CIA, existe un intenso debate entre diversos cuadros políticos talibanes de que se les abra las puertas nuevamente a los herederos de Osama bin Laden.

Ni los soviéticos en 1979, ni los talibanes entre 1996 y 2001, ni los estadounidenses hasta ahora han podido desarrollar un Estado estable en Afganistán. Difícilmente lo van a poder hacer ahora los talibanes que tienen nuevamente la oportunidad, ya que este movimiento radical, político-religioso, no responde a las necesidades de la sociedad afgana, y para que un país se defina y desarrolle una nación, debe emanar de los intereses de la gente.

La comunidad internacional se encuentra ante un relevante crucigrama. Para resolverlo se deben establecer más que buenas voluntades. Se requiere mucha negociación entre las potencias y que los ejércitos queden fuera del territorio afgano. Se requiere que los talibanes sean orillados a reconocer que un gobierno como el de ellos no cabe en una sociedad, pero también saber reconocer y respetar la historia, cultura y cosmovisión de un pueblo que lo que quiere es vivir en paz.


Periodista especializado en temas internacionales.

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