AMÉRICA LATINA

[Eligiendo] hombres fuertes

Marzo 16, 2021 | Por: Flavia Freidenberg

La elección

El Salvador celebró las décimas elecciones legislativas y municipales desde la transición pactada a la democracia, que se firmó con los Acuerdos de Paz de 1992 y tras doce años de guerra civil (1980-1992). El proceso electoral realizado el domingo 28 de febrero de 2021 fue una jornada pacífica, en medio de una pandemia, donde la ciudadanía pudo expresar sus preferencias sin complicaciones aunque en un clima de tensa tranquilidad. En un país caracterizado por una cruenta historia de violencias, polarización ideológica y la dificultad crónica para generar consensos, esto no es una cuestión menor. En estos comicios se elegían 84 diputaciones de la Asamblea Legislativa (para un período de 3 años con posibilidad de reelección mediante sufragio universal directo), 262 concejos municipales y 20 diputaciones del Parlamento Centroamericano (para un período de 5 años).

 

Una vez más los votos fueron contados por la ciudadanía y se dieron los resultados preliminares el mismo día de la elección (un par de horas después del cierre de urnas), a pesar de lo complejo del sistema electoral, de las denuncias por inequidad de la contienda por el uso de recursos públicos a favor de los candidaturas gobiernistas o por el comportamiento del Presidente Nayib Bukele al desconocer la veda electoral; manifestar su desconfianza hacia el Tribunal Supremo Electoral (TSE) los días previos a los comicios o al llamar a la “Operación Remate” de movilización masiva de la ciudadanía a dos horas del cierre en pleno día de la elección.

 

Dos datos claves. El primero: la alta participación. De los más de 5 millones de electores que integran el padrón y en un escenario donde no está prevista la obligatoriedad del voto, acudió -según datos oficiales- casi el 51 por ciento de la población. Este es uno de los mayores niveles de votantes en una elección legislativa (junto al 54,2% del 2009 y el 54,09 del 2012); cifra cercana a la de la primera vuelta presidencial de 2019 (55,3%) y cuatro puntos menos que en la de 2014. El segundo: el partido del Presidente consiguió la mayoría de los votos, supera la mayoría simple en la Asamblea Legislativa (necesita 43 y consiguió más de 50 escaños) y, en caso de que necesite, podría convertirse en mayoría calificada si alcanza los 56 escaños solo (ahora tiene 55) o al aliarse con otras agrupaciones cercanas (como GANA). El electorado premió a un gobierno que irrumpió en el sistema para transformarlo de raíz o, al menos, es lo que ha dicho una y otra vez que pretenden poner en práctica (aunque no queda muy claro a qué se refieren ni como esperan hacerlo).  

 

Bukele ocupó el centro (que estaba vacío)

Uno de los problemas históricos del sistema de partidos salvadoreño ha sido el de la polarización ideológica, donde la lógica amigo-enemigo, la dinámica centrífuga y la ausencia de actores capaces de ocupar el centro ha generado una competencia discursiva de exclusión mutua. Durante décadas, dos fuerzas políticas, la derechista Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) y el izquierdista Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) articularon el cleavage ideológico que venía desde antes de la Guerra Civil condicionando las relaciones interpersonales, la vida política y el funcionamiento de las instituciones democráticas. Luego de diez años de gobiernos de izquierda (FMLN) y de veinte de gobiernos de derecha (ARENA), ambas agrupaciones han perdido capacidad representativa; han visto licuarse su legitimidad ante sus propios seguidores por diversos casos de corrupción e ineficacia y han fracasado en generar mínimas condiciones de bienestar para la comunidad.

 

En diversas investigaciones previas[1] hemos descrito cómo las principales transformaciones de los sistemas de partidos europeos y latinoamericanos se han dado por el vaciamiento del centro del espectro político. Hemos evidenciado cómo los partidos de “centro-y-algo” han tenido dificultades para acumular votos, han gestionado mal las políticas económicas (asumiendo incluso algunas veces los costos de las medidas de ajuste) y no han podido evitar que se escapen votantes hacia uno y otro lado de los extremos ideológicos. A diferencia de este diagnóstico, el caso salvadoreño ha sido atípico porque históricamente ese centro ha estado vacío, dado que tanto el electorado como las dirigencias partidarias han ocupado los extremos. Lo interesante de este caso es que, desde el triunfo de la “aplanadora Bukele”[2] en 2019, el centro se ha ocupado.

 

La ciudadanía ha ido corriéndose de sus lealtades partidistas históricas hacia un nuevo liderazgo que cuenta con el apoyo de las Fuerzas Armadas, el cuerpo policial y, hasta hace muy poco, con el del gobierno de Estados Unidos y el ex Presidente Trump. Bukele se presenta entonces como un político outsider (aunque forma parte del establishment y ha tenido puestos partidistas previos), que tiene a su cargo la definición del contenido del discurso, la selección de las peleas en las que participan su partido y/o sus seguidores, así como también la política de alianzas. Él decide la elección de las candidaturas y el modo en que se relaciona con otros actores (especialmente en el contenido de su narrativa twittera). Pero, a pesar de su viaje al centro, la polarización persiste, erigiéndose un nuevo cleavage que supera el tradicional izquierda-derecha por otro entre “viejos” (partidos tradicionales) y “nuevos” (él y su grupo).

 

Como ha ocurrido en otros países como Venezuela, Bolivia, Ecuador e incluso México, los partidos tradicionales no han sido capaces de dar respuestas a los problemas sociales, políticos o económicos de la ciudadanía, ni tampoco han podido interpretar las demandas de cambio que el electorado pretendía. Bajo este supuesto, las y los votantes eligieron liderazgos diferentes, al margen de la manera de hacer política de siempre, bajo el argumento de que con ello se daba la inclusión identitaria de grupos sociales que se sentían excluidos del sistema. Nadie puede negar que estos liderazgos simbolizan la posibilidad de hacer cumplir los deseos populares o, simplemente, funcionan como una especie de antidepresivo social.

 

Hacer política desde los márgenes para transformar el sistema

Bukele ganó democráticamente las elecciones presidenciales de 2019, con la pretensión de cambiar el status quo, mejorar la calidad de la representación y alcanzar la equidad social. Lo hizo con el apoyo de muchísimos salvadoreños y salvadoreñas ilusionados con ese cambio, pero también agotados de los políticos (y los partidos) de siempre y conscientes de que esos objetivos eran sumamente necesarios y urgentes. Lo mismo ocurrió con las elecciones intermedias de hace unas semanas: la gente le dio masivamente el apoyo, conscientes de que están reforzando el poder del Presidente. Ya no tendrá una Asamblea opositora -contra quien despotricar porque no consigue los apoyos necesarios para las transformaciones que necesita impulsar- y tendrá más herramientas frente a un Poder Judicial o una Corte Suprema que le han hecho frente. La gente sabe eso e, igualmente, le dio un cheque en blanco.

 

Su liderazgo emerge (al menos en su narrativa alternativa) desde los márgenes del sistema, con una clara intención de transformar el sistema político. Eso es lo que le convierte en un “liderazgo populista”, como he descrito en mi libro La Tentación Populista (Síntesis, 2007), caracterizada por la relación directa y paternalista entre líder-seguidores, sin mediaciones organizativas o institucionales, que habla en nombre del pueblo y potencia su oposición a los otros, donde los seguidores están convencidos de las cualidades extraordinarias del líder y creen que gracias a ellas, a los métodos redistributivos y/o al intercambio clientelar, conseguirán mejorar su situación personal o la de su entorno.

 

Bukele busca representar al “pueblo bueno”, jaloneando a las instituciones y enfrentándose a los actores tradicionales. Su estrategia, como la de otros líderes populistas, parecería ser: incluir-excluyendo, para impulsar un proyecto político que tiene legitimidad de origen pero que en el ejercicio cotidiano del poder parecería ser autoritario y personalista. El Presidente frecuentemente atiza con sus mensajes la tensión, el odio y la intolerancia entre los diversos sectores sociales. El mismo día de la elección, hizo gala de ese discurso polarizante.  De este modo, la relación de Bukele con la democracia resulta ambivalente. Por un lado, emplea las elecciones (y confía en ellas sólo si gana) como un instrumento plebiscitario y, por otro, ataca a las instituciones, ejerce el poder de manera personalista y arbitraria y busca una conexión directa con ese “pueblo bueno”, apelando a lo que les diferencia de los otros como un instrumento para reforzar la identidad de su grupo.

 

Una y otra vez, el contenido de su discurso es contrario al pluralismo. El líder está por encima de las reglas formales, por lo que no necesita preocuparse por el Estado de Derecho ni por las instituciones. Enfrenta a las y los periodistas independientes de manera directa en las ruedas de prensa, también a través de ataques y campañas de desacreditación, a la vez que fortalece a los medios estatales que sostienen la posición del gobierno. Se ampara en los resultados de las urnas para tensionar la dimensión pluralista de la democracia mientras que gobierna a través de Twitter, desde donde hace nombramientos o destituye funcionarios, gira órdenes a sus ministros o anuncia sus políticas más importantes.

 

¿Dejar de ejercer la ciudadanía?

La gestión de la pandemia durante este año evidenció la tensión entre gobierno y oposición.

En nombre de la crisis, se han limitado derechos y avasallado libertades, lo que ha sido ampliamente cuestionado por la comunidad internacional y por sectores de la ciudadanía.[3] Si bien no todas las decisiones tomadas supusieron alteraciones constitucionales o violaciones de derechos humanos e incluso algunas de ellas han sido eficientes en cambiar situaciones dramáticas,[4] mucho de estos dos años han supuesto encrucijadas para la gobernabilidad democrática. Un ejemplo de ello ha sido la ocupación de la Asamblea Legislativa por parte del Ejército, para presionar a las y los legisladores para que aprueben un préstamo de 109 millones de dólares solicitado por el Presidente para su plan de seguridad. Evidentemente, el hecho de no contar con una mayoría que le respaldara en el Legislativo tensionó al sistema político, una peculiaridad de los gobiernos divididos en sistemas presidencialistas.

 

Esta pandemia enseña la relevancia de un buen liderazgo para gestionar cualquier crisis. La ciudadanía ha renovado su confianza con una amplia mayoría al partido “Nuevas Ideas” del presidente Bukele, para que éste pueda gobernar mejor en esta crisis. Este año hemos aprendido que los países más eficientes en la gestión de la pandemia se han caracterizado por contar con líderes/as capaces de actuar con empatía, pedagogía, creatividad, transparencia y acceso libre a la información pública. Estos líderes entendieron la situación de fragilidad y los miedos de la ciudadanía, de ponerse en la situación del otro, de explicar las decisiones que se debían tomar apelando a los sentimientos, a la responsabilidad cívica de cada uno y no a una concepción de seguridad nacional y militarista de la misma.

 

Estamos ante una nueva oportunidad para poder evaluar ante qué tipo de liderazgo nos encontramos. La experiencia nos enseña que lo lideres populistas no operan en un vacío. Junto al líder populista, hay ciudadanos y ciudadanas convencidos de la excepcionalidad de ese liderazgo. Son personas que prefieren la representación delegativa antes que la democracia pluralista. Por tanto, la manera en que se ejerce ese liderazgo y las razones que lleva a la ciudadanía a legitimar este modo de inclusión subordinada a la voluntad del líder, que dificulta la convivencia y la autonomía de las instituciones democráticas, son claves para comprender la dinámica política actual. Una vez más la experiencia comparada nos muestra que la ciudadanía puede elegir en las urnas a líderes fuertes y también que eso a corto y largo plazo tiene consecuencias sobre la institucionalización y la convivencia democrática.



[1] Cuando se vacía el centro: el ascenso de partidos y políticos outsiders en América Latina y Europa. (2014). eldiario.es. Disponible: https://www.eldiario.es/agendapublica/nueva_politica/politicos-outsiders-america-latina-europa_1_4616064.html https://www.eldiario.es/agendapublica/nueva_politica/politicos-outsiders-america-latina-europa_1_4616064.html

[2] La ‘aplanadora’ Bukele. (2019). Agenda_Pública. Disponible: https://agendapublica.es/la-aplanadora-bukele/

[3] La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos de El Salvador recibió 581 denuncias entre detenciones arbitrarias y violaciones a los derechos de la salud, el trabajo y la libertad de información, entre otros. En Luis Mario Rodríguez. “COVID-19 y vocación democrática”, publicado en El Salvador.com el 22 de abril de 2020. Disponible:  https://www.elsalvador.com/opinion/editoriales/democracia/708191/2020/ [Consulta realizada el 26 de abril de 2020, 14:19 hs.]. También en Beatriz Benítez. Historias Sin Fronteras (2020). Coronavirus en Centroamérica. El Salvador. Disponible en https://www.conexioncentroamericana.historiassinfronteras.com/el-salvador.html

[4] El Salvador es el país con la reducción más importante de homicidios (45%) en Centroamérica, pero continúa siendo el tercer país más violento. La tasa de homicidios es de 19,5 por cada 100,000 habitantes.

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