#OBSERVATORIOREFORMAS

¿Por qué hacer elecciones?

Agosto 16, 2021 | Por: Flavia Freidenberg

Uno de los últimos libros del profesor Adam Przeworski tiene un título provocador que genera incomodidad: ¿Por qué tomarse la molestia de hacer elecciones?[1] Esta pregunta, que a muchos les horroriza y desafía, adquiere mucha más relevancia cuando se trata de la vida democrática en medio de una crisis sanitaria generada por el brote pandémico del SARS-COV-2 en 2020. Dado que la celebración de elecciones es condición necesaria para la existencia de un régimen democrático, la continuidad de estos procesos resultaba fundamental para la supervivencia de unas democracias que -además- habían sido fuertemente cuestionadas por sus magros resultados en términos de bienestar e igualdad. Y aunque sabemos que las elecciones solas no resuelven todo, sin ellas es imposible la convivencia pacífica.

 La crisis sanitaria golpeó a las democracias cuando estas ya estaban golpeadas. En un contexto de gran incertidumbre, uno de los tantos desafíos a resolver fue qué y cómo hacer con las elecciones. Es más, no se trataba sólo de hacerlas, sino que éstas debían respetar una serie de condiciones básicas que garantizaran su integridad mientras se aseguraba la salud de la población. La capacidad de innovación y adaptación institucional de la gobernanza electoral frente a esta crisis nos debe dar pistas sobre la salud de las democracias. Desde que comenzó la pandemia en febrero de 2020, se realizaron más de 20 elecciones competitivas en la fecha programada (Ecuador, El Salvador, Honduras, Perú, Suriname y Venezuela), otras se reprogramaron (Bolivia, Brasil, Chile, República Dominicana, México, Paraguay y Uruguay) y, a diferencia de otros contextos regionales, en ningún país latinoamericano se cancelaron. Y ésta no es una cuestión menor.

 A pesar de que la institucionalización, profesionalización y capacidad operativa de los órganos electorales de los países latinoamericanos son diferentes entre sí, la mayoría de ellos enfrentaron airosos los desafíos sobre cómo hacer procesos electorales, dieron cuenta de sus capacidades para enfrentar la crisis y generaron una serie de aprendizajes que pueden ser retomados para fortalecer nuestras democracias y dar cuenta de su resiliencia. 

Los desafíos críticos

La crisis sanitaria supuso una serie de retos sobre cómo reducir las posibilidades de contagio en el marco de un proceso electoral, organizar la elección en un contexto de austeridad y/o crisis económica e incluso ajustar a unos presupuestos que no estaban preparados para hacer frente a esta situación catastrófica. Las decisiones tuvieron que atender cuestiones tan diversas como garantizar la libre expresión en campañas electorales que debían cambiarse porque ya no se podían permitir movilizaciones masivas; hacer la logística y cuidar la salud dentro de los recintos y en los espacios cercanos a ellos; garantizar el derecho al voto de las personas contagiadas; y, además, atender las acciones de desprestigio institucional que diversos actores políticos lideraron desde los medios y/o las redes sociales contra la autoridades electorales. 

Desafío #1: Hacer elecciones competitivas garantizando el derecho a la salud y el derecho al voto. Hubo que desmontar el mito de que existía una “colisión de derechos” entre el derecho a la salud y el derecho a elegir y de que uno no estaba antes que el otro. Ambos son derechos humanos fundamentales. Las elecciones no podían suspenderse ni reprogramarse indefinidamente y, al mismo tiempo, si se hacían, debían cumplir con una serie de condiciones básicas como ser libres, plurales, competitivas, con certeza, equitativas y transparentes.

Dado que el principal riesgo que imponía la pandemia era la ampliación de los contagios, la respuesta fue redefinir los procedimientos y crear protocolos biosanitarios sobre los cuales se desarrollaría cada etapa de la elección, muchas veces apoyados en Comités sanitarios creados ad hoc, lo que supuso cambiar las estructuras de procedimientos y flujos de decisiones de la gobernanza electoral.[2] Además, debían contemplarse nuevas acciones para la comunicación de las medidas adoptadas bajo una nueva normalidad. Los resultados fueron favorables. Los datos indican que la celebración de elecciones no necesariamente profundizó la pandemia. Si bien en algunos países se incrementaron los contagios diarios (como en Uruguay, Brasil o Rep. Dominicana), en otros disminuyeron (Bolivia o Chile).[3] El examen fue superado y la percepción de eficiencia de las instituciones electorales incluso se incrementó.

Desafío #2: ¿Con qué reglas? Las autoridades debían generar condiciones de certidumbre, previsibilidad y certeza al proceso y, a la vez, redefinir procedimientos y reglas para garantizar el ejercicio del sufragio en condiciones seguras y confiables. De ahí que fuera necesario crear normativa (como en Uruguay), cambiar procesos y adaptar estructuras de toma de decisiones (como en México, Ecuador o Perú) o basarse en lo que definía el órgano electoral sin normativa legislativa (como en República Dominicana). Esta dimensión normativa fue clave para darle legalidad y legitimidad a los cambios que la pandemia exigía, así como también para evitar vacíos constitucionales o de poder. Las estructuras debieron adaptarse para procesar decisiones que debían conciliar los criterios electorales con los sanitarios y evidenciaron su flexibilidad.

Desafío #3: Hacer campañas electorales por otros medios, fake news y desinformación. Las condiciones sanitarias exigían una serie de medidas radicales orientadas a evitar grandes mítines, movilizaciones y campañas puerta a puerta. Las campañas electorales debieron priorizar una mayor comunicación personal, interacciones digitales y una enorme capacidad relacional de la mensajería instantánea. En un contexto donde además la propia autoridad era cuestionada con ataques constantes desde los partidos, los medios o las redes, esto supuso una importante labor de coordinación dentro de los propios organismos electorales y capacidad pedagógica para explicar las nuevas reglas en procesos electorales que ya estaban en marcha. La experiencia mexicana y peruana, por ejemplo, han dado cuenta de los esfuerzos para enfrentar las fake news y la desinformación. En ese escenario, las autoridades electorales debieron generar procesos intensos de concientización, alfabetización digital y generación de confianza ante la ciudadanía.

 Los aprendizajes

Las nuevas decisiones y procedimientos supusieron áreas de oportunidad que pueden contribuir a mejorar el funcionamiento de los sistemas democráticos. La pandemia exigió cambios y ejercicios de reestructuración o aceleración de la redefinición de muchos componentes esenciales sobre los cuales están concebidos los procesos electorales. Esto generó una serie de buenas prácticas que podrían emplearse para fortalecer el funcionamiento de las elecciones.

Aprendizaje #1: Los derechos no se suspenden bajo ninguna condición ni circunstancia. El Estado debe poder garantizar todos los derechos. La crisis sanitaria desnudó deficiencias estructurales y sistémicas en el diseño institucional, la debilidad del Estado de Derecho, las bajas capacidades estatales para satisfacer derechos (como el acceso a la salud), las desigualdades sociales, económicas y territoriales, la informalidad, las múltiples violencias e incluso la precariedad en la que vive la gente. Nada que no supiéramos, pero que nos cuesta tanto afrontar y solucionar. Una vez más aprendimos que, en estas y otras condiciones, las elecciones siempre son la mejor opción para resolver esos problemas estructurales.

Aprendizaje #2. La ciudadanía se apropia de los procesos electorales. La duda de si las personas irían a votar estuvo presente durante los primeros meses de la pandemia. Los datos evidenciaron que, allí donde el voto es obligatorio, la ciudadanía salió masivamente superando los 75 puntos porcentuales de participación (Ecuador, Bolivia, Uruguay y Brasil). En otros países, donde el voto es voluntario o donde las sanciones no son fuertes, la participación alcanzó los 50 puntos (Chile, El Salvador, México o Rep. Dominicana). Es decir, donde solían votar mucho, lo siguieron haciendo y, donde no lo hacían, tampoco la pandemia cambió ese patrón. Además, la ciudadanía se apropió de las elecciones allí donde su participación era clave para la gobernanza electoral. Las y los vecinos contaron los votos y contribuyeron de manera sustantiva en el éxito de la jornada.

Aprendizaje #3: El fortalecimiento del árbitro electoral es sustantivo para las democracias. Ya es hora que quede claro. Árbitros imparciales y profesionales, que tengan experiencia y generen confianza, son piezas esenciales del enroque democrático. En estos contextos críticos, se vio una vez más su relevancia. Ellos han tenido que sortear todo tipo de amenazas discursivas (y de las otras), retos organizativos, desinformación de sectores que buscaban entorpecer los procesos y han debido de desarrollar mecanismos (formales e informales) para evitar las influencias de quienes pretendían hacer implosionar el proceso bajo el relato de fraude. Esas amenazas abarcaron noticias falsas sobre el desarrollo y resultado de las elecciones y también incluyeron ataques personales a las y los jefes de las instituciones electorales en casi todos lados y -aún más- en México, Ecuador, Bolivia o Perú.  En este punto, la cooperación de las instancias internacionales de observación electoral, como las MOE de la Organización de Estados Americanos o de UNIORE, han sido fundamentales para monitorear, pero también para apoyar a las autoridades electorales.

Nuestra experiencia realizando la cobertura de las elecciones desde el #ObservatorioReformas nos ha permitido identificar una serie de buenas prácticas para la gobernanza electoral como el uso de tecnología para profesionalizar los procesos; más recintos electorales para que la ciudadanía esté más cerca de su centro de votación; formas de capacitación virtual para los miembros de mesa; chat bots para coordinadores de recintos; voto escalonado por horarios; adopción de modalidades de voto postal y/o voto anticipado, pago de estipendio para miembros de mesa; portales interactivos de transmisión de resultados que informaban cada 30 minutos de cómo avanzaban los datos y enlace con la cuenta de twitter del organismo electoral anunciando los cambios en ese plazo de tiempo; equipos de respuesta rápida en Twitter como parte de estrategias anti fake news o escrutinios de mesas abiertos a cualquier persona que quisiera observar cómo se cuentan los votos. Todas esas prácticas deben evaluarse y considerarse para el futuro.

Aprendizaje #4: Las democracias no estaban tan maltrechas. Las elecciones mostraron lo eficaces que han sido las democracias para procesar las diferencias y distribuir el poder. Las experiencias recientes se insertan en una intensa discusión teórica sobre la salud de las democracias y abona argumentos a quienes visualizamos la capacidad de resiliencia de las democracias para hacer frente a los desafíos. Esta experiencia también nos enseña que debimos invertir hace muchos años en voto electrónico, tecnologías que reduzcan costos e incluso en formas de voto anticipado. Nuestra rigidez obedece a que sólo sabemos hacer elecciones de una única forma: un día y en papel.

¿Por qué hacer elecciones? Porque la pandemia (o cualquier crisis) no puede quitarnos la calle ni tampoco las urnas. Las autoridades electorales debieron evitar que las democracias entraran en cuarentena. Esta es una nueva oportunidad para repensar cómo mejorar las elecciones, cómo innovar, cómo reducir costos operativos y cómo regenerar el acuerdo democrático. Una vez más, la experiencia evidenció que, como nos enseñó el politólogo español Juan Linz, la democracia (y las elecciones) son el único juego posible en la ciudad.



[1] Przeworski, Adam. 2019. ¿Por qué tomarse la molestia de hacer elecciones? Pequeño manual para entender el funcionamiento de la democracia. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

[2]  Como por ejemplo, el uso obligatorio de mascarillas (Ecuador, Rep. Dominicana, Chile, Bolivia, Perú, El Salvador, Brasil, Perú); distancia física entre votantes (Ecuador, El Salvador, Rep. Dominicana, Chile, México); franjas de horario escalonado por grupos (organizados por edad o por terminación del documento de identidad) (Ecuador, Bolivia, Chile, Perú, Brasil); dos días de votación (Chile); llevar pluma desde casa (Ecuador, Perú, México, Chile, Brasil, Bolivia) y gel desinfectante (Bolivia); control de temperatura a la entrada del recinto (todos los países); pruebas PCR para observadores internacionales, miembros de mesa y representantes de partidos (Ecuador, Perú, México); recomendaciones para que las personas fueran a votar solas y no en familia (Perú, Bolivia); señalética informativa con las medidas e indicando la dirección de circulación (todos los países); ubicación de papeleta y certificado de sufragio en la mesa para que cada uno lo retire (Bolivia); extensión del horario de votación (Chile, Perú) y, entre otros, la prohibición de puestos de comercio cerca de los recintos electorales (Bolivia) y de movilizaciones y mítines (Rep. Dominicana).

[3] Cristhian Jaramillo. 2021. Elecciones durante la pandemia por COVID-19 en América Latina: Un estudio estadístico sobre su impacto en los procesos electorales. Documento de Investigación.

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