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Austeridad electoral: el límite institucional

En los últimos tiempos, el federalismo electoral mexicano ha experimentado una profunda transformación institucional. Los Organismos Públicos Locales Electorales (OPLE) se han consolidado como actores fundamentales para la organización de elecciones, la promoción de la educación cívica, la inclusión política y el fortalecimiento de la democracia en las entidades federativas. Sin embargo, el contexto actual plantea una interrogante relevante: ¿es posible mantener la calidad y confiabilidad de los procesos electorales cuando las responsabilidades institucionales aumentan, mientras los recursos humanos, financieros y tecnológicos enfrentan restricciones cada vez mayores?

Esta reflexión busca analizar algunos de los desafíos que enfrentan los OPLE en un escenario caracterizado por políticas de austeridad, una creciente polarización política y social, así como una complejidad normativa que demanda mayores capacidades técnicas y operativas. Los Organismos Públicos Locales Electorales constituyen la columna vertebral de la democracia federal en México, garantizando la certeza y legalidad de los comicios en cada estado; sin embargo, en los últimos años, su labor se ha convertido en un complejo acto de equilibrio institucional. En la actualidad, estos organismos se enfrentan a la dura paradoja de tener que “hacer más con menos”, mientras sus responsabilidades legales y operativas se multiplican desde la implementación de acciones afirmativas, los llamados bloques de competitividad, paridad de género y consultas indígenas.

Lo anterior es así, puesto que al tiempo de atender una agenda democrática cada vez más robusta y exigente, sus recursos sufren recortes drásticos bajo la narrativa de la austeridad presupuestaria, por lo que se examinan los desafíos derivados de esta tensión, ya que no solo comprometen la capacidad técnica y operativa de los OPLE, sino que vulneran su autonomía y ponen en riesgo la estabilidad democrática en los estados.

 

Un federalismo electoral cada vez más exigente

 

La función electoral contemporánea dista mucho de limitarse a la instalación de casillas y el cómputo de votos. Actualmente, los OPLE desarrollan actividades permanentes relacionadas con la educación cívica, la promoción de la participación ciudadana, la implementación de acciones afirmativas, bloques de competitividad, la paridad de género, los procedimientos especiales sancionadores de violencia política contra la mujer en razón de género, consultas indígenas, la transparencia institucional y la operación de sistemas tecnológicos especializados.

Es por ello que, como lo señala Montoya Zamora (2015),1 la práctica del federalismo, en el plano electoral significa la potestad de cada entidad federativa de hacer su propio marco jurídico en la materia y, conforme a este, configurar y designar a las autoridades electorales, administrativas y jurisdiccionales, así como desarrollar el proceso electivo correspondiente tendente a renovar los poderes públicos locales, esto, sin contravenir la Constitución federal. A ello se suman nuevas demandas derivadas de la transformación digital, la necesidad de combatir la desinformación y la creciente expectativa ciudadana de contar con procesos más accesibles, inclusivos y eficientes.

En consecuencia, la labor de los OPLE se ha vuelto más especializada y compleja, requiriendo personal capacitado, infraestructura tecnológica y mecanismos de innovación permanentes. De igual manera, como se documenta en la obra académica Los irreductibles del sistema electoral,2 las reglas aprobadas en la reforma de 2014 nunca buscaron invalidar ni suprimir la operación técnica de los institutos electorales locales. Por el contrario, los insertaron en una exigente configuración nacional que implicó un aumento considerable de atribuciones. Esto representa una realidad técnica y operativa que hoy choca frontalmente con los recortes presupuestales y los discursos de austeridad impuestos desde el ámbito político local (Guadarrama Cruz, 2024).3 Analizar este desequilibrio resulta fundamental para comprender los riesgos actuales que enfrenta la democracia mexicana a nivel estatal.

 

La tensión entre austeridad y capacidad institucional

 

Paralelamente al incremento de responsabilidades, diversos OPLE han enfrentado reducciones presupuestales o limitaciones financieras que impactan directamente en su capacidad operativa. La austeridad, entendida como una política orientada al uso eficiente de los recursos públicos, constituye un objetivo legítimo dentro de cualquier administración pública. Sin embargo, cuando las reducciones presupuestales no consideran el crecimiento de las funciones institucionales, pueden generarse tensiones que afectan principalmente las actividades sustantivas, incluso la planeación, la profesionalización del personal, el desarrollo tecnológico y la implementación de programas estratégicos.

En teoría, la austeridad busca eliminar el derroche y optimizar el gasto público; sin embargo, cuando se aplica de manera mecánica y sin un diagnóstico técnico, entra en un choque frontal con la capacidad institucional, aquel conjunto de recursos que se necesitan para cumplir a cabalidad con el mandato Constitucional. Se exige una democracia de máxima calidad, pero se le somete a una dieta presupuestal. Ante ello, los OPLE han logrado absorber el impacto inicial optimizando procesos y maximizando el esfuerzo de su personal.

Organizar una elección, garantizar la cadena de custodia de los paquetes electorales, auditar los sistemas de resultados preliminares o desplegar personal a zonas remotas para realizar consultas indígenas, no son tareas que puedan resolverse únicamente con voluntad. La capacidad institucional de los OPLE es dictada por leyes federales, locales y sentencias de tribunales electorales que no admiten excusas ni demoras. La organización de elecciones confiables requiere recursos suficientes para garantizar principios constitucionales como la certeza, legalidad, imparcialidad, independencia, objetividad y máxima publicidad. En este sentido, la discusión no debería centrarse únicamente en cuánto cuesta la democracia, sino en cuáles son las condiciones mínimas necesarias para que esta pueda funcionar adecuadamente.

 

Polarización y confianza pública

 

A los desafíos presupuestales, se suma un entorno político cada vez más polarizado. Las autoridades electorales se encuentran sujetas a un intenso escrutinio público y, en ocasiones, a cuestionamientos que buscan desacreditar su actuación institucional. Las redes sociales han ampliado los espacios de participación ciudadana, pero también han facilitado la circulación de información falsa o descontextualizada que puede afectar la percepción pública sobre los procesos electorales. En este contexto, la confianza ciudadana se convierte en uno de los principales activos de las autoridades electorales. Mantenerla exige no solo actuar con apego a la ley, sino también fortalecer la comunicación institucional, la transparencia y los mecanismos de rendición de cuentas.

 

Innovación y profesionalización como condiciones indispensables

 

Frente a estos desafíos, resulta necesario reflexionar sobre las herramientas que requieren los organismos electorales para continuar cumpliendo su función constitucional. La profesionalización permanente del personal, la incorporación estratégica de tecnologías digitales, el aprovechamiento responsable de herramientas de inteligencia artificial y el fortalecimiento de la educación cívica representan elementos clave para enfrentar los retos presentes y futuros. Asimismo, resulta indispensable preservar la capacidad técnica y operativa de los OPLE, pues son estas instituciones las que permiten que la democracia se materialice cotidianamente en cada entidad federativa.

 

Reflexión final

 

La reforma político-electoral de 2014 modificó el sistema electoral mexicano al sustituir un modelo federalista por un sistema nacional electoral. La intención original era estandarizar la calidad de las elecciones en todo el país. Para lograrlo, el INE centralizó sus funciones principales como la fiscalización, el padrón y la pauta en medios, dejando en los OPLE la responsabilidad de la organización directa de las elecciones para renovar gubernaturas, congresos locales y ayuntamientos. Bajo el nuevo diseño electoral, se especulaba que la carga de trabajo y las estructuras de los OPLE se reducirían. Sin embargo, sucedió lo contrario, derivado de que estos no solo tuvieron que adaptar su logística y normatividad a los estándares centralizados en el Reglamento de Elecciones del INE, sino que tuvieron que absorber ciertas obligaciones de alta complejidad técnica y social. Además, se convirtieron en autoridades que deben garantizar la paridad de género en su totalidad, diseñar bloques de competitividad, implementar acciones afirmativas para grupos de atención prioritaria, organizar consultas indígenas como sucede en la actualidad, así como el de ser la autoridad encargada del trámite del procedimiento especial sancionador de violencia política contra la mujer en razón de género.

De esta manera, ante el aumento en el catálogo de funciones y atribuciones en la Constitución Federal, y frente a la disminución presupuestaria y la pérdida de autonomía financiera, los OPLE siguen cumpliendo cabalmente con sus obligaciones electorales constitucionales. Así pues, en la actualidad, la combinación de más atribuciones y menores recursos presupuestales ha comprometido las actividades sustantivas; sin embargo, se ha realizado una labor que ha permitido estabilizar las actividades de los OPLE. El debate sobre el futuro del federalismo electoral no debe reducirse a una discusión presupuestal. En realidad, se trata de una reflexión más profunda sobre la capacidad del Estado mexicano para garantizar procesos electorales confiables, legítimos y cercanos a la ciudadanía. 

Los OPLE enfrentan hoy mayores responsabilidades en contextos cada vez más complejos. La pregunta no es únicamente si pueden hacer más con menos, sino hasta qué punto es posible exigir resultados de excelencia sin fortalecer las condiciones institucionales que los hacen posibles. En una democracia cada vez más digital, más exigente y observada, invertir en instituciones electorales sólidas no constituye un gasto prescindible, sino una condición necesaria para preservar la confianza ciudadana y la estabilidad democrática.

1 Montoya Zamora, R. (2015). Hacia la construcción de un nuevo federalismo electoral. El gran reto del Instituto Nacional Electoral. Justicia Electoral, 16(1), 95-122. Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

2 Guadarrama Cruz, C. (2024). La irreductibilidad de los organismos públicos locales electorales. En La iniciativa presidencial de reforma electoral: análisis técnico. Los irreductibles del Sistema. Instituto de Investigaciones Jurídicas, Universidad Nacional Autónoma de México.

3 Ibídem.

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Marlene Arisbe Mendoza Díaz de León

Licenciada en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México. Maestra en Derecho Electoral con mención honorífica por el Instituto de Formación e Investigaciones Jurídicas de Michoacán. Tiene una especialidad en Justicia Electoral por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, a través del Centro de Capacitación Judicial Electoral. Doctorante en Derecho, actualmente es consejera electoral del Instituto Electoral de Michoacán.


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