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El testamento y la herencia

En esta ocasión quiero compartirles sobre uno de los más grandes compositores de todos los tiempos, Ludwig van Beethoven, y, entre su excelsa producción musical, el Concierto para violín en re mayor, Op. 61. 

Recuerdo una publicación de hace algunos años que decía: “Beethoven vence a Mozart”. Este encabezado me hizo pensar en un imaginario campo de batalla que se dibujaba para coronar al más grande compositor de todos los tiempos, siempre habitado por estrellas que, utilizando la música como armamento, desplegaban su arte para obtener el derecho al trono. Este escenario de guerra que, año con año, celebra vivas por la continuidad de un reinado o, bien, nos confirma la muerte de algún monarca, ya ha puesto en alguna ocasión en la cima al que, para mí, es y será el más grande de todos, Beethoven. 

Pero… ¿por qué Beethoven y, por qué su Concierto para violín en re mayor, op. 61? Son tantas las referencias biográficas de Beethoven que podríamos escribir un gran tratado que dé cuenta de su vida y su obra. Centraremos entonces la mirada exclusivamente en uno de sus tres testamentos… y en una de sus maravillosas herencias. 

Como es bien sabido, Beethoven, el compositor de la sinfonía más famosa del mundo –Sinfonía n.º 9 en re menor, op. 125 declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO en 1991, símbolo de la Unión Europea, adoptada en el subconsciente de la humanidad como un homenaje innegable a la fraternidad universal y que incorpora la Oda o Himno a la Alegría– tuvo una vida por demás atormentada llena de enfermedad, dolor y desesperación.

Durante 1798 o 1799, aproximadamente a la edad de veintisiete años, el gran Beethoven empezó a sufrir un deterioro auditivo que en pocos años lo dejaría completamente sordo. Algunos de sus biógrafos señalan que, en 1802, a los treinta y dos años –tras haber transcurrido solamente cinco años desde el inicio de la enfermedad– ya había perdido alrededor del 60% de la capacidad auditiva total. Múltiples médicos trataron de atender las dolencias del gran maestro… muchos de ellos solamente empeoraron su condición. Justamente en 1802 uno de los galenos tratantes le aconsejó reposo, por lo que Beethoven se trasladó al campo en la localidad de Heiligenstadt, cerca de Viena. Este reposo terapéutico que, en esencia, buscaba mejorar el oído del maestro y, sobre todo, darle un poco de serenidad ante la desesperación que vivía por el progresivo e imparable avance de la sordera, terminó por darle una triste certeza sobre su inminente e irremediable camino al mundo del silencio. Ante tal dolor, escribió su Testamento de Heiligenstadt; en el testamento –un documento de unas tres hojas de extensión–, Beethoven expresaba: “…mi corazón y mente han estado llenos de los más tiernos sentimientos de buena voluntad, y siempre estuve dispuesto a consumar hazañas. […] durante seis años me he visto afectado de un mal incurable […] obligado a la postre a aceptar el prospecto de una enfermedad duradera…”. En otra parte el testamento expresa: “[¿Cómo admitir] que sufro una dolencia en un sentido que, en mí, debe ser más perfecto que en los demás, en un sentido que alguna vez poseía en la mayor perfección, con una perfección tal que pocos en mi profesión disfrutan o han disfrutado jamás?”, y también: “…me veo obligado a vivir como un proscrito, […] me abruma un terror desolador, porque temo estar en peligro de que se conozca mi condición. Así ha sido mi vida durante este último semestre que he pasado en la campiña. […] ¡cuánto me humillaba que estuviesen cerca de mí y escuchasen en la distancia una flauta que yo no podía oír, […] Tales experiencias me han llevado al borde de la desesperación; un poco más y habría puesto fin a mi vida. Solo mi arte me ha detenido. ¡Ah! Me parecía imposible dejar este mundo antes de haber creado todo aquello que soy capaz de crear; por ello he decidido prolongar esta miserable existencia”.

El manuscrito y la intención del maestro de acabar con su vida por propia mano quedaron como un documento histórico que no tuvo otro destinatario que el olvido –solamente sería conocido tras su muerte en marzo de 1827–. Contrario a toda lógica, con el 60% de pérdida auditiva a ese momento, la etapa de Heiligenstadt supone un periodo de gran creatividad en la que el maestro revolucionó su estilo musical y creó grandes obras, entre ellas, el Concierto para violín en re mayor, op. 61.

Son muchas las versiones que se han grabado de este concierto… cinco de las versiones que más me gustan son: en la posición número cinco, la interpretación al violín de Daniel Lozakovich y Valery Gergiev dirigiendo a la Orquesta Filarmónica de Múnich, de 2020, para la Deutsche Grammophon; en la posición número cuatro, la versión con Anne-Sophie Mutter y Herbert von Karajan dirigiendo a la Orquesta Filarmónica de Berlín, de 2008 para la Deutsche Grammophon; en la posición número tres, la versión con Pinchas Zukerman y Zubin Mehta dirigiendo a la Orquesta Filarmónica de los Ángeles de 1992 para RCA Víctor; en la posición número dos, la versión con Itzhak Perlman y Carlo María Giulini dirigiendo a la Philharmonia Orchestra de los Ángeles de 1981 para EMI y en la posición número uno, la versión con Gidon Kremer y Neville Marriner dirigiendo a la Academy Of St. Martin In The Fields de 1982 para Philips. 

Dijo Beethoven en su Testamento de Heiligenstadt que –palabras más, palabras menos– …solamente su arte, y la imposibilidad de dejar el mundo sin haber creado todo aquello que estaba llamado a crear, habían detenido su mano de un terrible desenlace. Pues es precisamente este concierto una de las obras que salvaron la vida al maestro, y uno de los más bellos conciertos para violín que se han escrito y que, además, se constituye en una invaluable herencia para la humanidad.

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Fernando J. Molinar Bustos

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