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Vuelta a la derecha

El cerrado triunfo, en la segunda vuelta del pasado domingo 21 en Colombia, del candidato presidencial de la ultraderecha, Abelardo Gabriel de la Espriella, se suma a la cauda de resultados similares que hemos visto en años recientes en el subcontinente, a los cuales no es ajeno, sino todo lo contrario, el activismo de la Casa Blanca desde el regreso de Donald Trump a esa residencia.

Argentina, Chile, Perú, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Honduras, Costa Rica, Panamá, ahora Colombia, han experimentado una vuelta a la derecha, lo que en el segundo semestre de 2026 dejará aislados a los gobiernos de Brasil y México, que se ubican en la izquierda. Si en Brasil gana la derecha, en las elecciones presidenciales en octubre de este año, México quedaría como solitario salero en ese lado de la mesa. Considerar a Cuba y Nicaragua en la lista de gobiernos latinoamericanos de izquierda es una falacia, o un autoengaño.

Europa Occidental no ha sido ajena a la derechización. A Italia, Suecia, Grecia, Portugal y Bélgica, podrían sumarse, en 2027 o antes, victorias de la derecha en Francia y en España. En Gran Bretaña todo apunta al retorno del Partido Conservador este mismo año En los países de Europa del Este hay un panorama complejo e inestable. En Rusia la casi dictadura de Putin no parece tener un fin cercano.    

La vuelta a la derecha tiene sus principales causas en la situación de cada país, pero no parece haber duda en que estamos ante una tendencia global en la que el fracaso de los gobiernos y partidos identificados en el lado izquierdo de la recta polito-métrica no solo da lugar a las tradicionales alternancias, sino a cambios protagonizados por personajes de corte populista, conservador, de extrema derecha. La llegada de tales personajes conduce por regla general a la destrucción de instituciones fundamentales para el Estado constitucional democrático y la implantación de regímenes de corte autoritario y concentración del poder político en manos de quienes habiendo obtenido el poder por medios democráticos proclaman su derecho a destruir la democracia en aras de la supuesta voluntad del pueblo.     

Polarizar al electorado, dividir a la sociedad, ha sido un bumerang para los partidos y gobiernos que desde la izquierda han hecho de esa práctica una vía para ganar elecciones y mantener su popularidad. Una vez que el populismo dadivoso agota las escasas reservas en las finanzas del Estado es imposible que la izquierda se rebase por la izquierda, menos aún en sociedades que padecen los estragos de la inseguridad pública y la rampante corrupción de funcionarios públicos o dirigentes políticos. En tales contextos, el rebase siempre es por la derecha, que ofrece “poner orden” y “meter a la cárcel a los corruptos”.

El fracaso de los gobiernos de izquierda para ofrecer a la sociedad condiciones de seguridad pública, combinado con la corrupción rampante y además en sociedad con el crimen organizado, han sido letales para la continuidad de esos proyectos. Pero también lo están siendo para que las alternancias sean protagonizadas por los partidos de viejo cuño y sus gastados liderazgos.

Lo que estamos viendo, en todo el orbe, no es solamente una vuelta a la derecha, sino un dramático cambio en las condiciones de la competencia electoral. La irrupción de candidatos carismáticos -antisistema- encuentra en el aún inquilino de la Casa Blanca a su mejor aliado, al que no detendrán con discursos soberanistas ni prevenciones para anular elecciones a pretexto de supuesta o real injerencia externa.

Por cierto, es altamente probable que, con independencia del resultado de las elecciones del primer martes de noviembre de este año, desde la casa Blanca se mantenga, hasta el término del segundo mandato de Trump, el activismo en favor de los proyectos y candidatos más conservadores en cualquier nación del mundo, sin importar otros factores o consideraciones.        

Regreso a nuestro continente. Para la izquierda brasileña la posibilidad de reelección del presidente Lula es la única tabla a la que puede asirse. Para fortuna de Lula y su partido, el discurso y práctica del experimentado presidente ha estado lejos de la estridencia de su colega mexicana y de su inmediato antecesor. La polarización será buscada desde la derecha, que sigue lidereando el expresidente Jair Bolsonaro, impedido judicialmente para postularse en las elecciones de este año.

De triunfar Lula, las dos naciones de mayor importancia en América Latina seguirán con gobiernos de izquierda hasta 2030, año en el que ambas naciones tendrán comisiones presidenciales. Ese será un hecho relevante que dará a la región cierto equilibrio, al contrapesar la vuelta a la derecha que estamos presenciado, cuyos efectos apenas estamos empezando a ver. En cambio, la derrota de Lula dejaría al gobierno de México en aislamiento casi total. Sería el peor escenario desde los años 60 del siglo pasado.  

Frente a las vueltas a la derecha, lo principal desde el campo democrático es defender y preservar las instituciones y reglas electorales que hacen posible la alternancia. En democracia, quien gana no obtiene todo, ni para siempre. Que así siga siendo.  

 


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Jorge Alcocer V.

Director fundador de Voz y Voto.


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