Brasil: ganar no es gobernar
A la izquierda latinoamericana le fascinan sus propios mitos. Suele asumir que la historia avanza en una sola dirección y que la devoción popular hacia un caudillo basta para garantizar una hegemonía eterna. Sin embargo, el poder real no se alimenta de nostalgias ni de épicas revolucionarias; se sostiene en la fría evaluación que la ciudadanía hace de sus condiciones materiales de vida. Luiz Inácio Lula da Silva concibió su regreso al Palacio del Planalto como una redención personal y la derrota definitiva del abismo autoritario. A pocas semanas de las elecciones del próximo 4 de octubre, el panorama es muy distinto: presenciamos el crepúsculo defensivo de un liderazgo que ya no seduce, sino que apenas resiste. La democracia no es una batalla moral entre héroes y villanos, sino un sistema de reglas procesales y rendición de cuentas donde el desgaste gubernamental pasa facturas implacables.
El balance de la administración petista muestra un país hastiado. De acuerdo con el sondeo de la firma Datafolha levantado el pasado 11 de septiembre, la desaprobación a la gestión del presidente Lula alcanzó el 50 %, frente a un 47 % de aprobación ciudadana. Este empate en la percepción social de su mandato no representa un bache coyuntural, sino el agotamiento del capital simbólico de un presidente que ya no cuenta con el viento a favor del ciclo económico de las materias primas de hace dos décadas.
Creer que la campaña electoral servirá como un espacio de persuasión cívica para revertir estas cifras es ignorar la petrificación del electorado. Según la encuesta nacional de la firma CNT/MDA, difundida el 15 de septiembre, el 79.8 % de los brasileños asegura que su decisión de voto ya es definitiva y no cambiará bajo ninguna circunstancia. Solo un raquítico 20.2 % de los ciudadanos admite que podría reconsiderar su sufragio en la recta final hacia las urnas. La arena pública está congelada; no hay margen para la elocuencia ni para los discursos redentores.
En este tablero, el arbitraje institucional enfrenta su mayor prueba de estrés. El Tribunal Superior Electoral (TSE) pondrá a prueba, una vez más, la incuestionable solvencia técnica de sus urnas electrónicas, pero la verdadera fragilidad del régimen no radica en el conteo de los sufragios, sino en la fractura social que los divide. La polarización brasileña ya no es un síntoma febril de temporada electoral; es una fractura estructural que cancela cualquier posibilidad de gobernabilidad democrática.
Dos visiones de país
frente al espejo de las urnas
El gran error de cálculo de la izquierda institucional fue suponer que una resolución judicial bastaba para decretar la muerte política de un movimiento social. Al inhabilitar a Jair Bolsonaro mediante los fallos del tribunal electoral, el oficialismo creyó haber desactivado la amenaza; en realidad, solo obligó al conservadurismo a descentralizarse y mutar. Lejos de evaporarse, esa base encontró en el senador Flávio Bolsonaro un canalizador más disciplinado y pragmático, capaz de articular a las élites económicas con las bases populares del descontento sin el desgaste retórico de su padre.
La radiografía electoral confirma la fragilidad del liderazgo presidencial. Para la primera vuelta, la encuesta de la firma CNT/MDA coloca a Lula a la cabeza con el 40.5 % de los sufragios frente al 30.4 % de Flávio Bolsonaro, una distancia que la medición de BTG/Nexus calcula en 42 % contra 37 %. Sin embargo, esta aparente ventaja es un espejismo provocado por la dispersión de candidaturas menores de la derecha en el primer turno. Cuando el tablero se reduce al balotaje, el polo conservador se compacta de inmediato. La encuestadora Datafolha registra un empate técnico milimétrico con un 46 % para el actual mandatario y un 44 % para Flávio Bolsonaro. El panorama se torna todavía más adverso en otros sondeos: la firma Quaest sitúa a Flávio Bolsonaro con el 42 % frente al 40 % de Lula, mientras que el monitoreo de Palver le otorga al candidato del Partido Liberal el 46 % frente al 44 % del presidente.
Esta paridad no es una simple competencia partidista; es el choque frontal de dos naciones culturales irreconciliables. El piso de supervivencia de la izquierda sigue anclado en las transferencias directas de la política social. De acuerdo con los registros del Ministerio de Desarrollo Social, el programa Bolsa Família ampara hoy a 18.84 millones de familias —alrededor de cincuenta millones de ciudadanos—, teniendo como bastión indiscutible al Nordeste. En esa región, según reporta Datafolha, Lula domina con una holgada ventaja del 53 % contra el 25 % de su contendiente.
Sin embargo, ese dique territorial choca de frente contra una mutación demográfica que la izquierda no supo leer a tiempo: el ascenso del voto evangélico, que representa entre el 31 % y el 33 % del padrón electoral del país. En las periferias urbanas del centro y el sur de Brasil, el templo sustituyó hace años al sindicato obrero como el espacio primario de comunidad, solidaridad y pertenencia. En este electorado, según la encuesta de Palver, Flávio Bolsonaro aplasta a la izquierda con el 63 % de las preferencias frente a un raquítico 27 % de Lula. Las ayudas del Estado garantizan un piso de supervivencia material, pero es el púlpito el que hoy define los valores y la identidad política de una mayoría silenciosa.
El parlamento del chantaje
y los límites del poder presidencial
En América Latina solemos cometer el error de analizar la política mirando exclusivamente hacia la banda presidencial. Existe la falsa creencia de que conquistar el Palacio del Planalto equivale a tomar el control absoluto del destino nacional. Nada más alejado de la realidad constitucional brasileña. La Constitución de 1988 diseñó una trampa institucional implacable: el presidencialismo de coalición. Bajo este diseño, quien ocupa la presidencia de la República no es un monarca investido de facultades plenarias, sino un administrador obligado a negociar su supervivencia todos los días frente a un parlamento fragmentado, voraz y profundamente pragmático. Si la izquierda logra retener el Ejecutivo federal este próximo 4 de octubre, se topará de inmediato con un muro legislativo prácticamente insalvable.
La verdadera disputa por la conducción del Estado brasileño no se librará en la boleta presidencial, sino en los pasillos del Congreso Nacional. En esta jornada comicial se renuevan dos tercios del Senado federal, es decir, cincuenta y cuatro de los ochenta y un escaños que integran la Cámara Alta. Según el registro oficial de candidaturas del Tribunal Superior Electoral, el opositor Partido Liberal es la fuerza política con mayor presencia nacional, disputando posiciones en veinticinco de las veintisiete entidades de la federación con treinta y tres fórmulas propias. En la Cámara de Diputados, conformada por 513 legisladores, la Federación Brasil de la Esperanza, que lidera el Partido de los Trabajadores junto a sus aliados, difícilmente logrará rebasar un tercio de representación. Las bancadas que representan al sector agropecuario, al movimiento evangélico y a las fuerzas del orden mantendrán una mayoría cómoda que cerrará cualquier intento de reforma estructural de corte progresista.
Esta asimetría numérica somete la acción de gobierno a un chantaje institucional permanente. Durante el último lustro, el Congreso brasileño despojó al Ejecutivo del manejo discrecional del gasto público mediante la imposición de las enmiendas parlamentarias, arrebatando parcelas multimillonarias del presupuesto federal para canalizarlas a los distritos locales a cambio de votos legislativos coyunturales. El presidente, sea quien sea, gobernará como un rehén de las bancadas del bloque del Centrão. La gobernabilidad democrática en Brasil ya no responde a grandes pactos de Estado ni a mandatos populares surgidos de las urnas; descansa en una transacción financiera continua para evitar la parálisis administrativa o el fantasma de un juicio político. Pretender que la presidencia de izquierda podrá gobernar con soberanía es una ilusión óptica, pues en el Brasil contemporáneo el poder ya no radica en quien promete el cambio desde la tribuna, sino en quienes cobran peaje institucional para permitirle terminar el mandato.
La trampa de un triunfo sin hegemonía
¿Tiene la izquierda posibilidades reales de retener el poder? La respuesta matemática es que sí, pero la respuesta política es desoladora. Si Luiz Inácio Lula da Silva consigue la reelección en el balotaje del próximo 4 de octubre, no estaremos ante el triunfo de un proyecto de transformación social, sino ante un ejercicio de mera supervivencia institucional. Con un electorado congelado donde apenas el 20.2 % de los ciudadanos admite que podría cambiar su voto, según la medición de CNT/MDA, la izquierda depende exclusivamente de la disciplina de su voto duro en el Nordeste y de la retención del voto femenino de menores ingresos. No hay conquista de nuevas voluntades ni expansión hegemónica; hay un repliegue sobre las trincheras conocidas para evitar el regreso del bolsonarismo por una fracción milimétrica de votos.
El dilema de fondo va mucho más allá de quién porte la banda presidencial. Gobernar Brasil a partir de 2027 significará administrar un país sociológicamente conservador con las manos atadas a la espalda. La ilusión de que el progresismo encarna el destino natural de América Latina se estrella contra la realidad de una nación donde el templo dicta la moral pública, el agronegocio marca las prioridades productivas y el parlamento impone el precio de la estabilidad. Si el Partido de los Trabajadores retiene el Planalto, no disfrutará de una victoria política, sino de una tregua precaria. La izquierda no gobernará para transformar; pasará el mandato entero pagando peajes legislativos para eludir la parálisis o el fantasma de la destitución.
El laboratorio brasileño ofrece una lección amarga para toda la región. Las democracias del siglo XXI han entrado en una fase defensiva donde las urnas ya no definen horizontes de futuro ni grandes pactos colectivos, sino que operan como trincheras de contención para aplazar el colapso institucional. La izquierda continental enfrenta una verdad incómoda: ganar la presidencia ya no equivale a tener el poder, y triunfar por un margen microscópico no alcanza para doblegar a las fuerzas sociales que rechazan su visión de mundo. Brasil confirma que el poder no se preserva con la nostalgia del pasado, sino entendiendo que, cuando una sociedad ha transformado sus valores en la base, aferrarse al gobierno sin contrapesos propios suele ser únicamente la antesala de una derrota más profunda.
