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Trump y Bolsonaro

No es exagerado afirmar que la mayor amenaza para la paz mundial y el mayor riesgo para la democracia en Estados Unidos de América es la posibilidad de que Donald Trump sea el candidato republicano y en enero de 2025 regrese al Salón Oval de la Casa Blanca. Para México sería la peor noticia y el inicio de una segunda pesadilla en la relación bilateral. En el mejor interés nacional y popular está que Trump fracase.

Las revelaciones que sobre las acciones golpistas de Donald Trump han tenido lugar en las audiencias de las dos cámaras del Congreso estadounidense sobre el asalto al Capitolio, ocurrido el 6 de enero de 2021, dan cuenta de la magnitud y responsabilidad de quien en ese momento era aún presidente de esa nación. Trump intentó realizar no solo el mayor fraude en la historia de las elecciones en Estados Unidos, sino que alentó de manera directa el asalto al Capitolio, en lo que pudo haber desembocado en un golpe de Estado, maquinado desde la propia Casa Blanca.

Queda la interrogante si Donald Trump es un accidente, un desvío casual, en la democracia estadounidense, o un producto del deterioro de los valores y reglas que por décadas han permitido la civilizada alternancia entre los dos partidos que hegemonizan el escenario electoral en ese país. En particular, cabe la pregunta por el desarrollo, presencia e influencia que las corrientes de extrema derecha, no solo la del Tea Party, tienen en el Partido Republicano.

Remito a los interesados en el tema del deterioro de la democracia en Estados Unidos al libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, “Como Mueren las democracias” (Editorial Ariel). De su lectura desprendo que las democracias se deterioran y colapsan no solamente por la aparición y éxito de políticos antisistema, que pueden o no identificarse con el impreciso término de “populistas”, sino también por la pérdida de aprecio social hacia la democracia misma, a la que mucho se exige, tanto que se le carga de tareas que, en sentido estricto, no le corresponde atender y menos aún resolver.

Trump es un caso extremo, paradigmático, de cómo se puede atentar contra la democracia usando sus instrumentos e instituciones. Pero no es el único. En América Latina son varios lo casos en donde los presidentes utilizaron y utilizan los medios de la democracia para cancelarla. Chávez y Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua, Bukele en El Salvador, son ejemplos de esa lamentable realidad. No incluyo a Cuba en la lista porque desde el triunfo de Fidel Castro la democracia ha estado ausente en la Isla.

Leí en la versión en español del semanario internacional de The New York Times (Reforma, 18.06.22) un interesante artículo del reportero Jack Nicas en el que describe la peligrosa utilización que el presidente de Brasil, Jair Mesias Bolsonaro, está haciendo, con fines electorales, de las fuerzas armadas de ese país, en el que habrá elección presidencial en octubre de este año y las encuestas dan como favorito al ex presidente Luis Ignacio Lula.

Los riesgos de la intromisión de los militares en el próximo proceso electoral brasileño se ejemplifican con las declaraciones de Bolsonaro sugiriendo que el día de las elecciones aquellos deberían realizar su propio conteo de votos, a lo que el comandante de la Armada, reaccionó en apoyo, afirmando “el Presidente de la República es mi jefe, es mi comandante, tiene derecho a decir lo que quiera”. 

Bolsonaro quiere hacer lo mismo que Donald Trump: interferir desde el poder en la competencia electoral, y si pierde la votación intentar descarrilar la democracia brasileña, con el respaldo de los militares. Trump fracasó, pero sigue amenazado con volver. Jair Bolsonaro puede tener éxito en su amenaza golpista y regresar a Brasil a la negra etapa de la dictadura.

Involucrar desde el poder civil a los militares, o a los cuerpos de policía, en procesos electorales es una amenaza, un riesgo inminente, a la existencia misma de la democracia.   

Frente a esas realidades, la mejor contribución a la democracia, a su preservación y expansión, es la revisión crítica de las reglas, instituciones y prácticas que han dejado de ser funcionales y se convierten en lastres que dañan su valoración y aprecio por los ciudadanos, y por la sociedad en general.   

  


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Jorge Alcocer V.

Director fundador de Voz y Voto. 

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