Encrucijada a la peruana
El próximo 12 de abril de 2026, Perú no solo acudirá a las urnas; quizá esté ante su última oportunidad para reconciliarse con la democracia y recuperar la estabilidad institucional. Aunque el calendario electoral marca la renovación de la Presidencia de la República y del Congreso —con el regreso de la bicameralidad tras la reinstalación del Senado, así como la elección de los integrantes del Parlamento Andino como principales novedades—, la realidad es mucho más compleja: parafraseando a Gargarella, podríamos decir que la “Sala de Máquinas” de la democracia peruana está en llamas.
Esto se evidencia en la alta rotación en la titularidad del sillón presidencial —también conocido como el sillón de Pizarro—, el uso indiscriminado que hace el Congreso de la figura de vacancia moral para destituir presidentes a su antojo y la ausencia de liderazgos capaces de brindar seriedad y altura a la vida institucional del país andino.
1. Las cifras no mienten: Perú y el récord de los nueve presidentes en los últimos diez años
Para comprender la complejidad de la vida política peruana, basta observar un dato tan escandaloso como imposible de ignorar: nueve presidentes en los últimos diez años. Mientras en México debatimos sobre posibles signos de fragilidad institucional, atizada por los señalamientos del vecino del norte, en Perú la pregunta central es si el presidente logrará mantenerse en el cargo, al menos hasta el siguiente lunes o, mejor aún, hasta el momento en que leas estas líneas.
Incluso hoy, con José María Balcazar como presidente sentado en el sillón de Pizarro, nadie puede asegurar con certeza que será él quien entregue la banda presidencial el próximo 28 de julio de 2026. Esta inestabilidad ha transformado a la política peruana en una competencia de canibalismo extremo, donde el resultado más probable es un pasaporte directo a la cárcel, algo que en México resulta desconocido y, si acaso, se relaciona más con una “visa dorada” en algún país europeo que con un castigo real. Por eso, a quien en México afirme que estamos al borde del canibalismo político o que ya se ha normalizado el dicho “al diablo con las instituciones”, se le puede responder que siempre hay alguien —o algún país— en una situación de mayor fragilidad institucional.
2. Hiperfragmentación: El Laissez-faire peruano o el tianguis de las siglas vacías de los partidos políticos
Si en México solemos quejarnos de la interminable boleta electoral —o, dicho con ironía, de los “acordeones” que se usaron para elegir a nuestros representantes judiciales—, lo que enfrentará Perú en 2026 será un auténtico papiro de confusión. Allá, el votante no solo ejercerá su derecho, sino que tendrá que descifrar un verdadero jeroglífico compuesto por figuras políticas con historiales extensos y, muchas veces, más cuestionables que los anteriores. Con más de cuarenta partidos en competencia, el electorado no se enfrenta a una oferta realmente plural, sino a una hiperfragmentación que raya en el nihilismo; es decir, en el rechazo a cualquier estructura política establecida, percibiéndola como carente de representación y legitimidad.
Ya no hablamos de partidos en el sentido tradicional, sino de auténticos “vientres de alquiler”, mucho más allá de cualquier interpretación de nuestros jueces constitucionales mexicanos sobre los derechos plenos de las personas. Son franquicias electorales temporales que se venden al mejor postor —y no, no nos referimos a los partidos verdes y ecológicos mexicanos, para que nadie se sienta aludido—. El resultado es una ciudadanía que ya no vota con esperanza, sino con un escepticismo profundo, alimentado por el descrédito de la política y una desesperanza generalizada. Así, en más de una ocasión, en la mente de los votantes surge la consigna: “que se vayan todos”. Basta revisar la encuesta del CPI, donde apenas el 7.7 % respalda la gestión del Congreso y un 85.7 % la desaprueba, cifras que probablemente empeoren en los próximos meses.
3. México y Perú: dos trenes en sentido contrario por la misma vía democrática
Para el lector mexicano que busca acercarse y comprender la realidad política peruana, resulta inevitable hacer una comparación regional. Aunque compartimos raíces históricas, actualmente nuestras trayectorias políticas van en direcciones opuestas:
• México: avanza hacia lo que algunos opositores denominan un modelo concentrador, mientras otros sectores lo consideran transformador. En ambos enfoques se observa un presidencialismo fuerte y un partido que busca la unidad absoluta. Es una apuesta por la verticalidad donde existen indicios que advierten sobre la posible aparición de las facultades metaconstitucionales, aquellas que el profesor Carpizo mencionó y que hacían sonar el temido teléfono rojo, antes ubicado en Los Pinos y ahora, según la perspectiva ideológica de cada quien, algunos aseguran que sigue existiendo y otros lo niegan.
• Perú: se dirige hacia la anomia o ausencia institucional. Según Levitsky, es una “democracia sin partidos”. No existen líderes carismáticos, sino una coalición de facciones parlamentarias que buscan proteger intereses privados y dictan las condiciones al presidente en turno; si este amenaza con desobedecer, es destituido por la espada de Damocles llamada vacancia moral, mecanismo que pone y quita presidentes.
4. Kelsen vs. Schmitt: el ‘round’ definitivo por el control de la democracia
Desde el ámbito académico, resurge el debate sobre quién debe ser el auténtico guardián de la Constitución, lo que nos remite, una vez más, al eterno enfrentamiento entre el derecho y el poder. En nuestra realidad, tanto mexicana como peruana, esto se manifiesta en los siguientes puntos:
• En México, la discusión gira en torno al constitucionalismo popular: la idea de que el pueblo recupere el control sobre jueces y árbitros, permitiendo una participación ciudadana activa en la toma de decisiones. Sin embargo, existe el riesgo latente de que, en lugar de consolidar un verdadero constitucionalismo popular, se instaure un populismo constitucional que concentre el poder bajo argumentos democráticos, dejando que cada quien juzgue, según su posición ideológica, qué está ocurriendo en nuestra realidad política.
• En Perú, prevalece el decisionismo de trinchera partidista: el Congreso utiliza la figura de la “incapacidad moral permanente” como un comodín para destituir presidentes e instalar en el poder a personajes sumisos y afines a sus propios intereses.
En este contexto, el Estado peruano deja de ser un instrumento de transformación para convertirse en un botín de guerra. Mientras que en México el peligro radica en la concentración excesiva de poder en el Ejecutivo, en Perú el verdadero drama es la ausencia de un liderazgo legítimo en el Estado, lo que da pie a que muchos intenten saquearlo ante la falta de figuras que infundan respeto en la vida política peruana, es decir, líderes que prediquen con el ejemplo, una especie en peligro de extinción en el país andino, aunque en México tampoco estamos exentos de esta problemática, sin ánimo de ofender a nadie en lo personal.
5. El Senado como el ‘pulmón’ de la democracia: ¿Bicameralidad para respirar o para asfixiar?
La gran apuesta para el 2026 es el regreso del Senado, presentado como la “cámara de reflexión”. En el diseño institucional, se espera que actúe como el pulmón de la democracia, brindando el oxígeno necesario para contener las pasiones de la cámara de diputados. No obstante, es importante ser cautelosos: en un sistema sin partidos sólidos —es decir, con una hiperfragmentación— el Senado corre el riesgo de convertirse en una simple “segunda ventanilla” para el tráfico de influencias o en un refugio para políticos reciclados, quienes podrían terminar asfixiando o induciendo a la frágil democracia peruana a un coma profundo.
A diferencia de México, donde el descontento social se canaliza —para bien o para mal— a través de instituciones y programas gubernamentales (aunque algunos sostienen que existe una dosis cuestionable de verticalidad, mientras otros consideran que se atiende al pueblo), en Perú la inconformidad se expresa de manera externa y explosiva. La ciudadanía no busca un programa de gobierno, sino un “vengador” que castigue a la clase política y, en pocas palabras, haga justicia por cuenta propia. Esto contrasta con México, donde, pese a múltiples acusaciones, nuestros expresidentes aún gozan de libertad y exilios dorados, sin alusiones al pasado, presente o futuro, pues será el lector quien determine quién se encuentra en el lado correcto de la historia.
6. Conclusión: ¿ocaso o metamorfosis? La democracia en la encrucijada de su propia supervivencia
La democracia liberal en Perú parece estar llegando a su última estación; y si hablamos de América Latina, podríamos afirmar que se trata de una democracia liberal-conservadora. En 2026, el país deberá decidir si recupera el rumbo como una República organizada o si se resigna a convertirse en un archipiélago de intereses en constante conflicto, caracterizado por una fragmentación que dificulta la conciliación de objetivos comunes y genera, inevitablemente, un escenario schmittiano de confrontación entre amigos y enemigos.
Ya no basta con ejercer el voto, porque la urna no puede reparar una maquinaria descompuesta, ni aquella Sala de Máquinas mencionada al inicio en referencia a Gargarella. Es indispensable reconstruir la política con liderazgos sólidos; de lo contrario, Perú será el primer país en demostrar que es posible realizar elecciones sin una democracia genuina, es decir, un simple espejismo utilizado para calmar el ánimo de recuperar América para los americanos.
