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¿Cumbre de las Américas o club de democracias?

La novena Cumbre de las Américas, que tuvo lugar del 6 al 10 de junio de 2022 en Los Ángeles, fue tan tibia como las relaciones entre EE.UU. y América Latina/Caribe. Acabó con una declaración que comprueba la regla de que cuánto más largo el texto, este tiene menos sustancia temática. A pesar de sus escasos resultados, la reunión introdujo algo nuevo: una cláusula democrática definida unilateralmente y sin consultar con nadie por parte de EE.UU. y su Presidente Joe Biden que –en la línea del republicano George W. Bush– está reactivando la vieja tesis de la paz democrática. En una región que mira con recelo a EE.UU. por los abusos del pasado, no es bienvenido entender una alianza de democracias como una cruzada contra las autocracias o las que molestan a Washington, ya que Haití, clasificado (en el Índice Democrático del Economist Intelligence Unit, EIU) como autoritario, sí fue invitado a Los Ángeles.

Por tanto, lo interesante de esta “Cumbre” no fue el evento mismo sino la polémica en torno a las ausencias. Contrario a Cumbres anteriores, el anfitrión Joe Biden no invitó a todos los países del continente sino solo aquellos que el Presidente consideró democracias. En protesta por la exclusión de Cuba, Nicaragua y Venezuela y por otros motivos, se ausentaron los Presidentes de Bolivia, El Salvador, Guatemala, Honduras, Uruguay y México, el principal socio latinoamericano de EE.UU. Mientras que, los Presidentes de Argentina y Brasil solo acudieron tras una llamada de Biden y la promesa de encuentros bilaterales.

La “Cumbre” se celebró entre 22 máximos mandatarios, los 13 países restantes enviaron a sus Cancilleres. En su intervención inaugural, el Presidente de EE.UU. subrayó el “increíble poder de la democracia que mejora la vida de la gente”, algo que muchas ciudadanas y ciudadanos latinoamericanos no comparten. Según el Latinobarómetro, en 2020, sólo un 49% de las y los ciudadanos consideró que la democracia es preferible a otro tipo de gobierno. El país donde la democracia recibe menos apoyo, solo un 37%, es Guatemala que fue invitada a la Cumbre, a pesar de estar clasificado, igual que otros invitados de la reunión -Bolivia, Ecuador, El Salvador, Honduras, México y Paraguay- como régimen híbrido según el Índice Democrático del EIU. Este desencanto democrático es de larga data y tiene que ver con dos males endémicos de la región que se profundizaron en democracia: la desigualdad y la inseguridad ciudadana, en este último punto América Latina mantiene un récord mundial. Para los excluidos de la región, que representan un tercio de la población, vivir en condiciones de pobreza, sin oportunidades de ascenso social y en un clima de miedo, el ejercicio democrático se limita al derecho al voto que, además, muchos ni siquiera usan,

El bajo perfil de la Cumbre fue un espejo de las relaciones entre EE.UU. y América Latina/Caribe que llevan más de una década en caída libre. Por suerte o por desgracia de América Latina, según la lectura ideológica, Washington ya no tiene ninguna política o un plan para sus vecinos en el centro y sur del continente. No existe un “Hemisferio Occidental”, acuñado por EE.UU. para sugerir un bloque unido, sino solo una política de vecindad, con México como socio estratégico, Centroamérica, los países del Caribe y, quizás, con los hasta ahora conservadores gobiernos de Colombia por el interés común de luchar contra el narcotráfico y la guerrilla. La zona sur del continente americano se alejó de EE.UU. y giró hacia el Pacífico donde mantiene lazos estrechos con China y otros países asiáticos que para Argentina, Brasil, Chile o Perú se han convertido en su principal mercado de exportación y el origen de sus importaciones.

La división entre el Hemisferio Norte y Sudamérica se ha acentuado por la ausencia de una agenda común en una Organización de Estados Americanos (OEA) politizada, dividida y sin rumbo. El Secretario General, Luis Almagro, personaje controvertido y polémico, ha contribuido a la profunda crisis de la OEA y, en general, del sistema interamericano. La interrupción de una entrevista de Luis Almagro en la Cumbre por un manifestante que denunció el informe de observación electoral de la OEA en Bolivia en 2019 señala que su actuación divide aún más un continente fragmentado. La reforma del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) anunciada por Joe Biden será un primer paso hacia una necesaria reestructuración, pero se requiere algo más que un cambio técnico para recomponer las piezas rotas. El Canciller de México, Marcelo Ebrard, sugirió una completa “refundación del orden interamericano” mediante un grupo de trabajo que elaborará un proyecto de reforma del conjunto de las instituciones interamericanas.

La reunión demostró la debilidad de EE.UU. en su propia vecindad y la oposición a una política exterior comprometida con la vieja promoción de la democracia y la paz democrática que justifica la coerción, la exclusión e incluso la intervención militar en aquellos países que no representan las democracias que acepta Washington. En tiempo de alternativas y contra-poderes como China y Rusia, el retorno al unilateralismo se dirige contra EE.UU. que, además, tiene sus propios problemas con la democracia al ni siquiera pertenecer al cada vez más pequeño grupo de “democracias plenas”.

La novena edición de esta Cumbre ya no merece este nombre al no incluir a los 35 países (desde 2009 participaba incluso Cuba) sino debería rebautizarse como el club de las democracias afines a EE.UU. Con su torpe y poco articulada política hacia América Latina y el Caribe, el Gobierno de Biden ha despertado fantasmas del pasado en vez de proponer acciones concretas en temas de preocupación común. La agenda compartida debería incluir el deterioro de la calidad y del apoyo a la democracia en el continente; la migración con un enfoque de desarrollo y derechos humanos, y no desde la seguridad; la desigualdad y la pobreza (el propio Biden mencionó 21 millones de nuevos pobres en 2021); y la inseguridad ciudadana que se traduce en tasas de homicidios altísimos en América Latina y también elevadas en EE.UU. mediante un debate más sincero sobre el tráfico de drogas y armas. En vez de imposiciones unilaterales que provocan polémicas inútiles que no hacen más que profundizar las diferencias, sería una mejor receta reconocer y afrontar los múltiples problemas comunes. La horizontalidad, el diálogo, el respeto mutuo y aprender a convivir en un continente en diversidad contribuiría, sin duda, a mejorar la imagen y la presencia de EE.UU. en América Latina y el Caribe. 

 

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Susanne Gratius

Profesora de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, Universidad Autónoma de Madrid (UAM); investigadora senior asociado de CIDOB, Barcelona. Su trayectoria profesional incluye la investigación en centros internacionales como la SWP (Berlín), el GIGA (Hamburgo) y el IRELA (Madrid), así como la docencia en diferentes universidades alemanas y españolas. Es doctora en ciencias políticas por la Universidad de Hamburgo y su ámbito de especialización son las relaciones internacionales. Ha liderado y ha participado en múltiples proyectos de investigación de índole internacional y nacional.


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