La llave y la cerradura
Se llega a la adolescencia en medio de dudas, incógnitas y expectativas sobre lo que será el destino, la realidad y la vida. En ese viaje, el niño se enfrenta a los laberintos de su existencia: la escuela, la familia, los amigos, y observa cómo cada uno de esos pequeños universos se convierte en un novedoso obstáculo para su metamorfosis, sí, pero también en un camino posible para llegar al remanso donde se construye la persona, sitio en el que ubica el espejo para observar su luminoso reflejo y su reverso: la sombra.
Llave de mí, debut como novelista de Antonio Santiago Juárez, cuenta la historia de un chico que inicia la búsqueda denodada de sí mismo con la misma emoción que los antiguos filósofos intentaban conocer los fenómenos naturales desde el asombro, pero sin una pretensión de universalismo, sino de individualidad. En esa mirada, observo a un chico que recorre un largo pasillo que pasa de la brillantez a la penumbra y del anhelo a la curiosidad, escenario perfecto para alguien que abandona los linderos de la infancia y se reconoce como alguien que cambia, y en ese cambio modela su mundo interior.
La novela de Santiago se inscribe en la tradición de las novelas de iniciación, en las que el joven intenta diferenciarse del mundo y revelarse como alguien único e irrepetible, no sin pagar una cuota de desencanto, pero también con una extensa ganancia en términos de revelación. En tal periplo, para conocerse a sí mismo, ese joven cuyo nombre desconocemos a lo largo de toda la novela, tendrá que darse cuenta de que la vida está llena de dificultades, de instantes de confusión, de decepciones que serán continuas frente a los contados momentos de felicidad, cuya obtención será una responsabilidad personal y no de quien deja que la vida lo supere en su violento impulso.
Así, en su viaje del héroe entre cuatro paredes, ese chico anónimo que busca encontrarle sentido a la vida y despejar las diversas incógnitas de la realidad, se enfrenta a la incomprensión de los padres, a la competitividad de los hermanos, a las lealtades y deslealtades de los amigos, al autoritarismo de los profesores, a los avatares de la sexualidad. De forma paralela, en su viaje espiritual, el protagonista conoce a los hermanos muertos de su padre, convive con un abuelo espiritista y con una abuela crédula de los fantasmas y los espíritus, así como con un joven yogui que intenta abrirle los ojos al anhelo de encontrar su felicidad al momento que descubra cuál es su llave, hazaña que solo logrará a través de la palabra, de la escritura y, finalmente, de la construcción de una voz.
La palabra escrita es, de muchas maneras, una confesión. La hoja en blanco permite que el escritor se desnude emocional e intelectualmente frente a sí mismo, pero también frente a los lectores. No es extraño, por eso, que el trabajo literario se asimile a un reflejo autobiográfico en el que quien escribe desmenuza de cara a los posibles lectores sus pensamientos y sentimientos más íntimos, acaso, con la intención de que quien lo lea se identifique con su historia y sienta la misma conmoción que sufre quien escribe, mientras el escritor revela su realidad frente al papel, sin ser consciente, acaso, de que es justo en ese instante cuando desvela su alma con el rápido movimiento de sus manos al teclear: momento en el que se encuentra frente a frente con su propia honestidad.
Llave de mí de Antonio Santiago Juárez es una novela honesta en la que lo cotidiano es materia prima de la maravilla y el asombro. El humor y la lectura entrañable, consecuencias que permiten que el lector recorra con soltura los caminos y vericuetos de la infancia o los prolegómenos de la adolescencia, de modo que quiera preguntarse: ¿he encontrado mi llave o, sin saberlo, la olvide y arrojé lejos y, en ese acto de renuncia, cerré con doble chapa la cerradura de la puerta que me llevaba a la libertad?
