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Venezuela y el retorno imperial de Trump

El Derecho Internacional ha confirmado hoy su irrelevancia. La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses no debe leerse bajo la óptica simplista de una "liberación", sino como la evidencia de un colapso sistémico. Presenciamos la prueba de que, cuando las normas jurídicas se vuelven ineficaces y las instituciones carecen de peso real, la historia regresa a su estado más primitivo: la imposición de la voluntad mediante la fuerza.

La caída del régimen chavista, carente de legitimidad tras el fraude de las últimas elecciones, no fue producto de la justicia internacional, sino de su ausencia. La OEA y la ONU demostraron ser estructuras estériles, incapaces de frenar la tiranía. Ese vacío de autoridad legal fue ocupado inevitablemente por la intervención militar de Washington. La tragedia radica en que, para celebrar el fin del dictador, aceptamos una premisa peligrosa: el Derecho Internacional ha sido sustituido por la discrecionalidad del poderío militar. La soberanía nacional ha quedado reducida a una sugerencia que las potencias pueden revocar cuando se agota su paciencia.

Nos enfrentamos a una paradoja ética. El escenario es contradictorio: María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz, valida una incursión armada porque el ordenamiento global la dejó en la indefensión; mientras Donald Trump, galardonado irónicamente por la FIFA con un premio de paz, ejecuta una invasión que responde más al espectáculo mediático que a la justicia universal. Este texto no es una apología al tirano caído —quien dinamitó su propio Estado de Derecho mucho antes—, sino un análisis riguroso de esta nueva realidad geopolítica.

El silencio estéril de la ONU y la OEA

Para entender la irrupción militar en Venezuela, es necesario analizar el fallo del sistema multilateral. La intervención estadounidense es el síntoma terminal de un orden inoperante. La comunidad internacional, entre la burocracia de la ONU y la retórica de la OEA, permitió que la crisis se perpetuara, demostrando una capacidad de incidencia mínima frente a conflictos de alta intensidad donde los actores locales no negocian.

El punto de quiebre yace en las últimas elecciones presidenciales. Cuando el régimen fabricó resultados ilógicos frente a una oposición movilizada, el mundo observó la muerte de la democracia procedimental. En ese momento crucial, la respuesta internacional se limitó a comunicados de "profunda preocupación" y resoluciones tibias que Maduro utilizó para ganar tiempo.

La OEA quedó atrapada en debates estériles mientras se violaban derechos fundamentales. La ONU, paralizada por el veto en el Consejo de Seguridad, optó por ser un notario pasivo de la desgracia. Se confirmó la tesis del realismo: el Derecho Internacional Público, sin mecanismos coercitivos, es solo una sugerencia elegante para las naciones civilizadas y un chiste para los autócratas.

Al no existir una vía institucional para canalizar la voluntad popular, se validó la tesis de que la política había muerto. Y cuando la política muere, la guerra toma su lugar. La inacción de estos organismos no fue neutral, fue cómplice. Crearon un vacío de legitimidad tan grande que la única "solución" restante fue la fuerza externa. Estados Unidos no pidió permiso; simplemente ocupó el espacio que la legalidad dejó vacante.

Premios de paz y tambores de guerra

Lo ocurrido en el terreno simbólico nos arroja a una crisis de valores sin precedentes. Los conceptos de "paz" y "democracia" han dejado de ser imperativos categóricos para convertirse en franquicias de marketing político. En ningún lugar es esto más evidente que en la grotesca ironía de los galardones que sirvieron de preámbulo a esta invasión.

Por un lado, María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz, se ha visto obligada por la realidad a aplaudir el desembarco de tropas extranjeras. No es un acto de traición, es pragmatismo de supervivencia. Su postura confirma que el pacifismo institucional es inviable frente a una dictadura criminal consolidada. En la Venezuela de Maduro, la única forma de alcanzar la paz era, irónicamente, a través de la guerra.

En el extremo opuesto, Donald Trump ostenta el "Premio de la Paz" otorgado por la FIFA. Que una organización deportiva legitime moralmente a un líder político nos habla de la decadencia cultural de Occidente. Trump recibe un premio en un evento y acto seguido lanza misiles. Esta dualidad representa la quiebra ética de nuestro tiempo: una "paz" de estadio vacía de contenido frente a una "paz" trágica que requiere violencia. Trump no invadió Venezuela solo con soldados; la invadió amparado en una legitimidad mediática. La lección es aterradora: la paz ya no es la ausencia de conflicto, sino la victoria del bando con mejor publicidad y mayor poder de fuego.

De Bagdad a Caracas y la amenaza a México

La historia no se repite con exactitud, pero rima con una precisión macabra. Quien observe la operación en Caracas y no sienta un déjà vu recordando la invasión a Irak en 2003, no está prestando atención a los ciclos geopolíticos. Al igual que entonces, la narrativa oficial de la Casa Blanca está envuelta en el celofán brillante de la "liberación", la "restauración democrática" y los derechos humanos. Pero bajo esa superficie discursiva se mueven las placas tectónicas de los intereses estratégicos y energéticos. Estados Unidos, como cualquier imperio en la historia, no tiene amigos, tiene intereses; y Venezuela, casualmente, flota sobre la mayor reserva probada de petróleo del planeta.

Habrá que ser extremadamente ingenuos para creer que los Marines desembarcaron en el Caribe impulsados únicamente por un imperativo moral kantiano. La "Operación Libertad" tiene un aroma inconfundible a crudo pesado. En un mundo sediento de energía y con la competencia feroz de China, el control sobre la Faja del Orinoco es el botín estratégico que garantiza la hegemonía energética estadounidense por medio siglo más. La democracia es el pretexto perfecto y necesario; el petróleo es la razón de Estado. Y la experiencia histórica nos dicta que las democracias impuestas a punta de fusil, gestionadas por contratistas y tuteladas por potencias extranjeras, rara vez florecen. Irak no se convirtió en un faro de libertad en Medio Oriente; se sumió en décadas de caos sectario e inestabilidad. ¿Por qué Venezuela sería la excepción a esta regla? Corremos el riesgo de haber cambiado un dictador local por un virreinato corporativo transnacional.

Pero lo más inquietante de este renacimiento del intervencionismo duro no es lo que ya pasó en Caracas, sino lo que se perfila para el resto de la región, y específicamente para México. El éxito militar envalentona al conquistador. Donald Trump, embriagado por la eficacia y rapidez de su golpe en el sur, ya ha girado la vista hacia su frontera inmediata. Sus recientes declaraciones, recogidas por la prensa internacional, donde afirma ominosamente que "algo tendrá que hacerse con México" tras la operación contra Maduro, deberían helar la sangre en los pasillos del Palacio Nacional.

Esta amenaza directa hace pedazos la ilusión de seguridad y cooperación que el gobierno mexicano intentó proyectar horas antes. La diplomacia de la sonrisa y los acuerdos de seguridad pragmáticos de la administración de la presidenta Sheinbaum se revelan insuficientes ante un Washington que ha redescubierto la utilidad de la fuerza unilateral como herramienta de política exterior. La frase de Trump implica que la "buena vecindad" está condicionada a la sumisión total a los intereses de seguridad estadounidenses. Si la soberanía venezolana fue sacrificada en el altar de la "seguridad hemisférica" y el petróleo, ¿qué garantías reales tiene México de que su propia soberanía no será cuestionada cuando al vecino del norte le resulte conveniente alegar que la inseguridad o el narcotráfico en México son una amenaza existencial para Estados Unidos?

La declaración de Trump no es un exabrupto; es un aviso de navegación para toda América Latina. Al aplaudir o tolerar la caída de Maduro por la fuerza externa, se ha abierto una caja de Pandora. Hemos validado la premisa de que cuando un país es considerado "problemático" o un "Estado fallido" por la potencia hegemónica, su soberanía es revocable unilateralmente. Hoy es el "narco-estado" venezolano; mañana podría ser cualquier nación que no se alinee lo suficiente con los dictados de la Casa Blanca. El precedente jurídico y militar está sentado: la frontera de la intervención se ha movido miles de kilómetros al sur, y ahora, peligrosamente, toca nuestras propias puertas.

La ilusión soberana y el futuro hipotecado

Cuando se disipe el impacto mediático de la operación, quedará una verdad incómoda: la soberanía nacional se ha revelado como un adorno retórico que se desmorona ante la realidad del poder hegemónico. La caída de Maduro era necesaria; su permanencia era una afrenta a la dignidad humana. Pero la forma en que ocurrió deja una lección brutal: América Latina ha demostrado ser incapaz de limpiar su propia casa. Al depender de una invasión extranjera para restaurar el orden, la región confiesa su minoría de edad política, reactivando de facto una versión posmoderna de la Doctrina Monroe.

Venezuela no amaneció más libre; amaneció hipotecada. Lo que viene no es una democracia idílica, sino una administración colonial donde las decisiones cruciales sobre el petróleo y la justicia no se tomarán en Caracas, sino en despachos corporativos en Houston y Washington. La "libertad" ha llegado con una factura impagable de autonomía política.

No debemos engañarnos sobre la naturaleza de esta transición. Venezuela se perfila como el laboratorio de un nuevo modelo de gobernanza regional: estados funcionalmente operativos pero políticamente tutelados. La reconstrucción del país, financiada y dirigida desde el exterior, generará una deuda moral y financiera que atará de manos a cualquier futuro gobierno electo. Se corre el riesgo de instaurar una "soberanía de papel", donde las decisiones estructurales están predeterminadas por los "liberadores", reduciendo la política nacional a una mera gestión administrativa de intereses ajenos.

Para México, el espejo es aterrador. El precedente que instaura esta intervención es una amenaza directa a su propia estabilidad. Si el mundo acepta que la falta de democracia justifica una invasión, quedamos a merced de quien define esos estándares. Hoy el objetivo fue Maduro, pero con la doctrina Trump reactivada y su mirada puesta en la frontera sur, la definición de "riesgo de seguridad" se vuelve peligrosamente elástica. La soberanía no se defiende con discursos, sino con instituciones sólidas y Estado de Derecho.

La historia nos juzgará no por haber celebrado la caída del tirano, sino por haber permitido que el Derecho Internacional se convirtiera en una caricatura. Hemos cambiado un despotismo local e ineficiente por una sumisión imperial eficiente. Quizá nos hemos librado de la pesadilla chavista, pero a cambio, hemos despertado en un mundo donde la ley es, una vez más y sin disimulos, simplemente la voluntad del más fuerte.


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Octavio Mancebo del Castillo

Experto en gobernabilidad democrática y derecho electoral con más de trece años de experiencia en procesos electorales, rendición de cuentas y justicia electoral. Ha trabajado en instituciones clave como el Instituto Nacional Electoral (INE), el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), el Instituto Electoral de la Ciudad de México (IECM), así como en proyectos de investigación nacional e internacional.

 


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